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Cómo
Dar |
Por
el Pte. Henry B.
Eyring |
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Era
un día de verano. Mi madre
murió temprano por la tarde;
mi padre, mi hermano y yo
habíamos regresado del hospital
a casa, los tres solos. Nos
preparamos una merienda sencilla
y más tarde recibimos algunas
visitas. Se hizo tarde y anocheció,
y recuerdo que ni siquiera
habíamos encendido las luces.
Alguien tocó el timbre y papá
abrió la puerta; eran la tía
Catherine y el tío Bill, y
vi que él tenía en la mano
un frasco de cerezas.
Aún conservo claro el recuerdo
de esas cerezas maduras, de
un color rojo casi púrpura,
y a tapa brillante y dorada
del frasco. El tío Bill dijo,
señalandol las cerezas: “Pensamos
que les gustarían. Seguramente
no habrán comido postre”. |
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De hecho, así era; los tres
nos sentamos alrededor de
la mesa de la cocina, nos
servimos unas cerezas y las
comimos, mientras los tíos
recogían algunos platos sucios
y los lavaban.
En mi opinión, el hacer y
el recibir un gran regalo
siempre consiste en tres partes,
que son las siguientes, según
lo ilustra ese regalo de cerezas:
Primero, supe que mis tíos
habían percibido lo que yo
sentía. Debieron de haber
pensado que estaríamos muy
cansados para prepararnos
de comer, y que tal vez un
plato de cerezas envasadas
en casa nos haría sentir,
aunque fuera por un momento,
que éramos otra vez una familia.
No recuerdo el sabor de las
cerezas, pero sí recuerdo
que alguien percibió los sentimientos
de mi corazón y se ocupó de
mí.
Segundo, sentí que el regalo
era sincero y generoso. Sabía
que el tío Bill y la tía Catherine
habían decidido de buena voluntad
ir a llevárnoslo y que parecía
que el hacerlo les causaba
gozo.
Y tercero, había en el regalo
un elemento de sacrificio.
Yo sabía que mi tía había
envasado esas cerezas para
su familia, porque de seguro
les gustaban; no obstante,
tomó lo que a ellos les causaría
placer y me lo dio a mí. Eso
es sacrificio; y desde entonces
he llegado a comprender este
maravilloso concepto: el tío
Bill y la tía Catherine deben
haber pensado que tendrían
mayor placer si yo me comía
las cerezas que si se las
comían ellos. |
El
obsequiar regalos con sinceridad
encierra tres elementos: se
siente lo que siente la otra
persona, se da sin esperar
nada a cambio y el sacrificio
se considera una bendición.
Dios el Padre dio a Su Hijo,
y Jesucristo nos dio la Expiación;
dones de incalculable profundidad
y valor para nosotros. Jesús
dio Su don con abnegación
y de buen grado a todos nosotros.
Una de las señales seguras
de que la persona ha aceptado
el don de la expiación del
Salvador es la disposición
a dar. ●
De “El
gozo de dar”, Liahona, diciembre
de 1996, págs. 11–14. |
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| ALGO
EN QUE PENSAR |
1.
Al presidente Eyring le gustó
el regalo de las cerezas porque
lo reconfortó. ¿Cómo puedes
tú reconfortar a otras personas?
2. ¿Has recibido alguna vez
un regalo especial? ¿Qué es
lo que lo hizo especial?
3. Tal vez no siempre sepas
por ti mismo cómo se siente
otra persona. Aun así, ¿puedes
hacer buenos regalos a los
demás? ¿Cómo? |
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