Hace
muchos años leí un libro titulado
The Way to the Western Sea [“La ruta
hacia el mar occidental”], por David
S. Lavender, que presenta un relato
fascinante del viaje de Meriwether
Lewis y William Clark [exploradores
estadounidenses] cuando condujeron
su expedición a través del continente
[por Estados Unidos] en busca de una
ruta por tierra hasta el Océano Pacífico.
Su expedición fue una pesadilla de
penosos esfuerzos, profundos precipicios
que tuvieron que cruzar y largas distancias
que tuvieron que recorrer a pie, cargando
los
botes llenos de suministros de una
corriente de agua a otra para encontrar
el camino. Al leer sobre sus experiencias,
pensé: “¡Ah, si hubieran existido
puentes modernos para atravesar los
desfiladeros o las aguas turbulentas!”.
Me vinieron a la memoria los magníficos
puentes de nuestra época que facilitan
tanto esa tarea: el hermoso “Golden
Gate” [“Puerta dorada”] de San Francisco;
el puente
“Harbour” de Sydney, Australia, y
otros en muchas otras tierras.
En realidad, todos somos viajeros,
exploradores de la vida terrenal.
No tenemos el beneficio de una experiencia
personal anterior, pero debemos atravesar
precipicios
profundos y aguas turbulentas en nuestra
propia jornada por la tierra.
Nuestro Señor y Salvador, Jesucristo,
fue el supremo constructor de puentes
para ustedes, para mí, para toda la
humanidad.
|
Él
ha edificado puentes por los cuales
debemos pasar si queremos llegar a
nuestro hogar celestial.
Jesús nos dio el Puente de la Obediencia.
Él mismo fue un ejemplo infalible
de obediencia al guardar los mandamientos
de Su Padre.
El segundo puente que el Maestro nos
proporcionó y que debemos cruzar es
el del Servicio. El Salvador es nuestro
ejemplo de servicio. Aunque vino a
la tierra como el Hijo de Dios, sirvió
humildemente a todos los que lo rodeaban;
bendijo a los enfermos e hizo que
el cojo caminara, que el ciego viera
y que el sordo oyera; hasta levantó
a los muertos para que volvieran a
vivir.
Y por último, el Señor nos proveyó
el Puente de la Oración, y mandó:
“Ora siempre, y derramaré mi Espíritu
sobre ti, y grande será tu bendición…”
(D. y C. 19:38).
Jesús, el Constructor de puentes,
tendió uno sobre el
vasto abismo al que llamamos muerte.
“Porque así como
en Adán todos mueren, también en Cristo
todos serán
vivificados” (1 Corintios 15:22).
Él hizo lo que nosotros
no podíamos hacer por nosotros mismos;
por consiguiente, el género humano
puede cruzar los puentes que Él construyó
hacia la vida eterna. ● |