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Mensajes de
La Primera Presidencia
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| Los
santos de Dios
han estado siempre
bajo el convenio de
nutrirse espiritualmente
los unos a los
otros, y de nutrir en
forma especial a los
que aún son tiernos
en el Evangelio. |
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| El
Espíritu
Santo será nuestro
compañero; el miedo
de no saber qué
decir y el de ser
rechazado
desaparecerá de
nosotros. Esa
persona no nos
parecerá más una
extraña. |
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Podemos comenzar
hoy mismo a tratar
de ver a quienes
vamos anutrir, de la
misma formaen que nuestroPadre Celestial
los ve y, así,sentir algo delo que Él siente
por ellos. |
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| La
plegariasincera y
constante por la compañía del Espíritu Santo, con
la intención verdadera de
nutrir a los hijos de
nuestro Padre, sin duda traerá bendiciones sobre
nosotros y sobre
aquellos a quienes
amamos y prestamos
servicio. |
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| Mensaje de La
Primera Presidencia |
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Apacentemos
a Sus ovejas
POR
EL PRESIDENTE HENRY B. EYRING
Segundo Consejero
de la Primera Presidencia
Liahona,
febrero 2008, págs. 3 – 7
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El
Salvador enseñó a Pedro y a Sus otros
apóstoles y discípulos por qué tenían
que nutrir a los demás y cómo hacerlo.
Ustedes recordarán que en el relato
de la Biblia, Él los alimentó antes
de enseñarles. Él había sido crucificado
y luego resucitado; sus siervos habían
ido a Galilea; habían pescado durante
toda la noche sin lograr nada. Al
rayar el alba, cuando se acercaron
a la orilla, al principio no lo reconocieron.
Él los llamó y les dijo dónde echar
las redes y cuando hicieron lo
que Él les mandó, éstas se llenaron;
entonces se apresuraron a ir a la
orilla a Su encuentro.
Allí encontraron una hoguera, un pez
asándose y pan. Con frecuencia me
he preguntado quién encendió el fuego,
quién pescó el pez y quién cocinó
la comida, mas fue el Maestro quien
preparó a Sus discípulos para ser
alimentados con algo más que pescado
y pan. Primero les dejó comer y luego
les enseñó acerca del alimento espiritual,
y Él les dio un mandamiento que todavía
se aplica a cada uno de nosotros.
“Cuando hubieron comido, Jesús dijo
a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás,
¿me amas más que éstos? Le respondió:
"Sí, Señor; tú sabes que te amo.
Él le dijo: Apacienta mis corderos”
(Juan 21:15).
Nuestro convenio de nutrir
Los santos de Dios han estado siempre
bajo el convenio de nutrirse espiritualmente
los unos a los otros, y de nutrir
en forma especial a los que aún son
tiernos en el Evangelio. Somos bendecidos
al vivir en una época en que un gran
aumento de esa capacidad de nutrir
a los nuevos miembros de la Iglesia
debe ser y, por lo tanto, será derramada
sobre los santos fieles. Ese poder
se ha dado antes entre el pueblo del
Señor. He aquí la descripción de cómo
el pueblo del Señor lo hizo una vez,
en una época registrada en el Libro
de Mormón: “...eran contados... a
fin de que se hiciese memoria de ellos
y fuesen nutridos
por la buena palabra de Dios, para
guardarlos en el camino recto, para
conservarlos continuamente atentos
a orar, confiando solamente en los
méritos de Cristo, que era el autor
y perfeccionador de su fe” (Moroni
6:4).
En algún momento, todos hemos tratado
de nutrir la fe de otra persona; la
mayoría de nosotros ha sentido la
preocupación de los demás por nuestra
propia fe y, con ello, hemos sentido
su amor. Muchos de nosotros hemos
tenido un hijo que ha puesto los ojos
en nosotros y nos ha dicho: “¿Quieres
ir a la Iglesia conmigo?” o “¿Quieres
orar conmigo?”. Y hemos tenido también
nuestras desilusiones.
Tal vez alguien a quien amamos no
haya aceptado nuestros intentos de
nutrir su fe. Por medio de dolorosas
experiencias, sabemos que Dios respeta
la decisión de Sus hijos de no permitir
que se les nutra. Sin embargo, éste
es un momento de sentir renovado optimismo
y esperanza de que nuestro poder para
nutrir aumentará. |
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Por
medio de Su Profeta viviente, el Señor
nos ha dicho que Él preservará la
abundante cosecha de los nuevos conversos
que están entrando en las aguas del
bautismo. Y el
Señor lo hará por medio de nosotros.
A fin de tener confianza de que al
hacer cosas sencillas, cosas que hasta
un niño las puede hacer, se nos otorgará
un poder más grande para nutrir la
fe tierna.
El lugar para comenzar es nuestro
propio corazón. Lo que deseemos con
todo nuestro corazón determinará en
alto grado si podemos reclamar el
derecho de tener la compañía del Espíritu
Santo, sin la cual no puede haber
una nutrición espiritual. Podemos
comenzar hoy mismo a tratar de ver
a quienes vamos a nutrir, de la misma
forma en que nuestro Padre Celestial
los ve y, así, sentir algo de lo que
Él siente por ellos. Esos nuevos miembros
de la Iglesia son Sus hijos; Él los
ha conocido y ellos le han conocido
a Él en el mundo anterior a éste.
Su propósito y el de Su Hijo, el Señor
Jesucristo, es hacer que vuelvan a
Él y darles la vida eterna si ellos
tan sólo la eligen. |
Él
ha guiado y ha apoyado a Sus misioneros
por medio del Espíritu Santo para
que los encuentren, los enseñen y
bauticen. Él permitió que Su Hijo
pagara el precio de los pecados de
ellos. Nuestro Padre y el Salvador
ven a esos conversos como tiernos
corderitos, comprados a un precio
que no nos podemos imaginar.
Un padre terrenal podrá apreciar,
en ínfimo grado, los sentimientos
de un amoroso Padre Celestial. Cuando
nuestros hijos llegan a la edad en
que deben dejar nuestro cuidado directo,
sentimos inquietud por su seguridad
y preocupación de que aquellos que
les vayan a brindar ayuda no les vayan
a fallar. Podemos experimentar por
lo menos una porción del amor que
el Padre Celestial y el Salvador sienten
por los nuevos miembros de la Iglesia
y la confianza que Ellos depositan
en nosotros para que los nutramos.
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Nuestra
dependencia en el Espíritu
Los sentimientos que tengamos hacia
los nuevos miembros nos servirán para
hacernos merecedores de la ayuda del
Espíritu y, de ese modo, vencer los
temores que nos impidan cumplir nuestra
sagrada responsabilidad.
Es prudente sentir temor de que nuestras
aptitudes sean insuficientes para
cumplir con el mandato que tenemos
de nutrir la fe de los demás. Nuestras
propias habilidades, no obstante cuán
buenas sean, no serán suficientes;
sin embargo, el ver en
forma realista nuestras limitaciones
crea un sentimiento de humildad que
nos puede hacer depender del Espíritu
y, de ese
modo, del poder.
El presidente Brigham Young (1801–
1877) nos dijo que tuviéramos valor
a pesar de nuestras debilidades: “Cuando
un orador
se dirige a una congregación, aunque
sea incapaz de pronunciar más que
una docena de frases, y las construya
torpemente, si su corazón es puro
ante Dios, esas pocas frases entrecortadas
son de mucho más mérito que la más
grande elocuencia carente del Espíritu
del Señor, y de más valor verdadero
a la vista de Dios, de ángeles y de
toda buena persona. Al orar, aunque
las palabras de una persona sean pocas
y torpemente expresadas, si el corazón
es puro ante Dios, esa oración será
mucho más benéfica que la elocuencia
de un Cicerón [orador romano del primer
siglo a. de J.C.]. ¿Por qué le preocupa
al Señor, el Padre de todos nosotros,
nuestro modo de expresarnos? El corazón
simple y honrado tiene más valor para
el Señor que toda la pompa, el orgullo,
el esplendor y la elocuencia que produzcan
los hombres. Cuando Él percibe un
corazón que está lleno de sinceridad,
integridad e inocente sencillez, ve
un principio que perdurará para siempre:
‘Ése es el espíritu de mi propio reino,
el espíritu que he dado a mis hijos’
”1.
Un niño puede hacer las cosas que
nos darán el poder para nutrir la
fe de los demás. Los niños pueden
invitar a un converso reciente a asistir
con ellos a una reunión; pueden sonreír
y dar la bienvenida a un nuevo miembro
que llega a la capilla o a una clase.
Nosotros también podemos hacerlo.
Y, tan ciertamente como lo hagamos,
el Espíritu Santo será nuestro compañero;
el miedo de no saber qué decir y el
de ser rechazado desaparecerá de nosotros.
Esa persona no nos parecerá más una
extraña y el Espíritu Santo comenzará
a nutrirla aun antes de que le hayamos
hablado sobre las verdades del Evangelio.
No se requiere ningún otro llamamiento
más que el de ser un miembro para
nutrir por medio de un acercamiento
bondadoso.
Aquellos de nosotros que no tengamos
un llamamiento para enseñar o para
predicar podemos nutrir por la buena
palabra de
Dios si nos preparamos para ello.
Podemos hacerlo cada vez que hablemos
con un miembro nuevo y cada vez que
participemos en un análisis en clase.
Necesitamos la ayuda del Espíritu
para hablar las palabras que nutran
y que fortalezcan.
Dos claves para recibir ayuda
Hay dos grandes claves para invitar
a que el Espíritu dirija las palabras
que vayamos a pronunciar al brindar
alimento espiritual a los demás; ellas
son el estudio diario de las Escrituras
y la oración de fe.
El Espíritu Santo nos guiará en lo
que digamos si estudiamos las Escrituras
y las meditamos a diario. Las palabras
de las Escrituras invitan al Espíritu
Santo. El Señor lo dijo de esta manera:
“No intentes declarar mi palabra,
sino primero procura obtenerla, y
entonces será desatada tu lengua;
luego, si lo deseas, tendrás mi Espíritu
y mi palabra, sí, el poder de Dios
para convencer a los hombres” (D.
y C. 11:21). Por medio del estudio
de las Escrituras podemos contar con
esa bendición aun en las conversaciones
casuales o en una clase cuando el
maestro nos pida responder a una pregunta.
Experimentaremos el poder que el Señor
prometió: “Ni os preocupéis tampoco
de antemano por lo que habéis de decir;
mas atesorad constantemente en vuestras
mentes las palabras de vida, y os
será dado en la hora precisa la porción
que le será medida a cada hombre”
(D. y C. 84:85).
No sólo atesoramos la palabra de Dios
por medio de la lectura de las Escrituras,
sino también al escudriñarlas. |
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Quizás
nos nutramos más al meditar unas cuantas
palabras y al permitir que el Espíritu
Santo las convierta en tesoros para
nosotros, que al leer en forma rápida
y superficial capítulos enteros de
las Escrituras.
De la misma forma en que la meditación
de las Escrituras invita al Espíritu
Santo, también lo hace la súplica
diaria en oración. Si no lo imploramos
mediante la oración, Él raramente
vendrá a nosotros y, si no se lo pedimos,
es posible que no permanezca con nosotros:
“Y se os dará el Espíritu por la oración
de fe; y si no recibís el Espíritu,
no enseñaréis” (D. y C. 42:14). La
plegaria sincera y constante por la
compañía del Espíritu Santo, con la
intención verdadera de nutrir a los
hijos de nuestro Padre, sin duda traerá
bendiciones sobre nosotros y sobre
aquellos a quienes amamos y prestamos
servicio.
La buena palabra de Dios por medio
de la cual debemos nutrir, es la sencilla
doctrina del Evangelio. No debemos
temer a la sencillez ni a la repetición.
El Señor mismo describió cómo esa
doctrina se introduce en el corazón
del hombre y de la mujer para nutrirlos:
“…ésta es mi doctrina, y es la doctrina
que el Padre me ha dado; y yo doy
testimonio del Padre, y el Padre da
testimonio de mí, y el Espíritu Santo
da testimonio del Padre y de mí; y
yo testifico que el Padre manda a
todos los hombres, en todo lugar,
que se arrepientan y crean en mí.
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“Y
cualquiera que crea en mí, y sea bautizado,
éste será salvo; y son ellos los que
heredarán el reino de Dios.
“Y quien no crea en mí, ni sea bautizado,
será condenado.
“De cierto, de cierto os digo que
ésta es mi doctrina, y del Padre yo
doy testimonio de ella; y quien en
mí cree, también cree en el Padre;
y el Padre le testificará a él de
mí, porque lo visitará con fuego y
con el Espíritu Santo” (3 Nefi 11:32–35).
El Señor siguió describiendo a los
que serían nutridos por esa sencilla
doctrina y de ese modo perseverar,
a aquellos que heredarían el reino
celestial, como a aquellos que fueran
como niños. Es preciso tener el corazón
como el de un niño para sentir los
susurros del Espíritu, para someterse
a esas órdenes y para obedecer. Eso
es lo que se requiere para ser nutrido
por la buena palabra de Dios.
Lo tierno de los corderos
Y esa es la razón por la que podemos
ser tan optimistas en la responsabilidad
que tenemos de nutrir a los nuevos
miembros de la Iglesia. No obstante
lo mucho o lo poco que sepan de la
doctrina, ellos acaban de someterse
con humildad a la ordenanza del bautismo
y han recibido el derecho de tener
la compañía del Espíritu Santo. De
modo que lo mismo tierno de la fe
que poseen, que hace que el Salvador
se refiriera a ellos como corderos,
llega en un momento en el cual han
probado que están dispuestos a hacer
lo que el Salvador les pida.
Si se les han explicado todos los
requisitos de su nuevo estado de miembros
con claridad y amor, si se les da
la oportunidad de prestar servicio
en la Iglesia en forma prudente y
su actuación en ese servicio se juzga
con caridad y se nutre con paciente
aliento, ellos serán fortalecidos
por medio de la compañía del Espíritu
Santo y serán nutridos por un poder
que va más allá del nuestro. A medida
que perseveren, incluso las puertas
del infierno no prevalecerán en contra
de ellos.
El presidente Brigham Young hizo la
promesa de cómo crecería la fortaleza
de la postura de ellos: “Quienes se
humillen ante el Señor y le sirvan
con corazón perfecto y una mente dispuesta,
recibirán poco a poco, línea por línea,
precepto por precepto, un poco aquí
y un poco allí.
‘Un poco ahora y un poco después’,
como dice [el hermano] John Taylor,
hasta que reciban una cierta cantidad.
Entonces, tendrán que nutrir y cuidar
lo que reciban y hacer que se convierta
en su compañero constante, fomentando
todo buen pensamiento, doctrina y
principio y haciendo toda obra buena
que puedan llevar a cabo, hasta que
después de un tiempo, el Señor sea
en ellos una fuente de agua que salte
para vida eterna”2.
Eso es lo que quiere decir en Moroni
al expresar: “...confiando solamente
en los méritos de Cristo, que era
el autor y perfeccionador de su fe”
(Moroni 6:4). Es el Salvador quien
hizo posible que fuéramos purificados
por medio de Su Expiación y de nuestra
obediencia a Sus mandamientos, y es
el Salvador el que nutrirá a los que
desciendan con fe a las aguas del
bautismo y reciban el don del Espíritu
Santo. Cuando siempre se acuerden
de Él y continúen obedeciendo como
niños, Él se asegurará de que siempre
tengan Su Espíritu consigo.
Por medio de pequeños medios, ustedes
y yo podemos ser parte de una grandiosa
obra y llegaremos a serlo. Estudiaremos,
oraremos y prestaremos servicio para
ser merecedores de la compañía del
Espíritu Santo; entonces, se nos permitirá
contemplar a los nuevos miembros como
valiosos y queridos hijos de nuestro
Padre Celestial y seremos guiados
para nutrirlos con amor, con la oportunidad
de prestar servicio y con la buena
palabra de Dios. Y entonces podremos
ver, en nuestra propia época, lo que
el gran misionero Ammón describió
a sus compañeros misionales, tal como
ahora nosotros somos compañeros de
los misioneros que trabajan en todo
el mundo:
“He aquí, el campo estaba maduro,
y benditos sois vosotros, porque metisteis
la hoz y segasteis con vuestra fuerza;
sí, trabajasteis todo el día; ¡y he
aquí el número de vuestras gavillas!
Y serán recogidas en los graneros
para que no se desperdicien.
“Sí, las tormentas no las abatirán
en el postrer día; sí, ni serán perturbadas
por los torbellinos; mas cuando venga
la tempestad, serán reunidas en su
lugar para que la tempestad no penetre
hasta donde estén; sí, ni serán impelidas
por los fuertes vientos a donde el
enemigo quiera llevarlas.
“Mas he aquí, se hallan en manos del
Señor de la cosecha, y son suyas,
y las levantará en el postrer día”
(Alma 26:5–7.)
Por medio de la sencilla obediencia,
podemos ayudar al Señor a llevar a
los corderos, a Sus corderos, a Sus
manos y llevarlos en Sus brazos a
la morada del Padre de ellos, de nuestro
Padre. Sé que Dios derramará sobre
nosotros los poderes del cielo mientras
participamos en la preservación de
esa sagrada cosecha de almas. ■ |
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| NOTAS |
|
1. Enseñanzas de los presidentes de
la Iglesia: Brigham Young, pág. 159.
2. “Discourse”, Deseret News, 25 de
marzo de 1857, pág. 21. |
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