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Mensajes de
La Primera Presidencia
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| "Él
es el punto
central de nuestra
adoración. Él es el
Señor que vendrá de
nuevo para reinar en la tierra. Él es nuestro Rey,
nuestro Señor, nuestro Maestro, el Cristo viviente,
que está a la diestra
de Su Padre". |
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| Ayunó
durante 40 días y noches y soportó las tentaciones
de Satanás antes de empezar Su
ministerio público,
tras lo cual anduvo
enseñando, sanando
y dando bendiciones.
Nadie puede comprender plenamente
el esplendor de Su
vida, la majestuosidad
de Su muerte, la
universalidad de Su
don a la humanidad. |
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| Mensaje de La
Primera Presidencia |
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Testificamos
de
Jesucristo POR
EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY
Liahona,
Marzo 2008, págs. 4 – 7 |
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El
Redentor de la humanidad nació hace
poco más de dos mil años en Belén
de Judea. Siendo niño, fue llevado
al templo de Jerusalén, donde José
y María oyeron las maravillosas profecías
por boca de Simeón y Ana sobre el
bebé que estaba
destinado a ser el Salvador del mundo.
Pasó gran parte de Su infancia en
Nazaret de Galilea y a la edad de
doce años fue llevado nuevamente al
templo. María y José lo hallaron conversando
con hombres instruidos “y éstos le
oían y le hacían preguntas” (Traducción
de José Smith, Lucas 2:46).
Jesús llegó a la edad adulta y “crecía
en sabiduría y en estatura, y en gracia
para con Dios y los hombres” (Lucas
2:52). Juan lo bautizó en el río Jordán
para “[cumplir] toda justicia” (Mateo
3:15). Ayunó durante 40 días y noches
y soportó las tentaciones de Satanás
antes de empezar Su ministerio público,
tras lo cual anduvo enseñando, sanando
y dando
bendiciones.
El gran Jehová
Jesús fue, en efecto, el gran Jehová
del Antiguo Testamento, el que dejó
las cortes reales de Su Padre en lo
alto y condescendió a venir a la tierra
como bebé, nacido en las circunstancias
más humildes. Isaías predijo Su nacimiento
siglos antes y declaró proféticamente:
“Porque un niño nos es nacido, hijo
nos es dado, y el principado sobre
su hombro; y se llamará su nombre
Admirable, Consejero, Dios fuerte,
Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías
9:6).
Este Jesucristo de quien solemnemente
testificamos es, tal y como declara
Juan el Revelador, “el testigo fiel,
el primogénito de los muertos, y el
soberano de los reyes de la tierra”.
Él “nos amó, y nos lavó de nuestros
pecados con su sangre, y nos hizo
reyes y sacerdotes para Dios, su Padre;
a él sea gloria e imperio por los
siglos de los siglos” (Apocalipsis
1:5–6).
El Salvador del mundo
Fue y es el Hijo del Todopoderoso,
el único hombre perfecto que caminó
sobre la tierra. Sanó a los enfermos
e hizo caminar al cojo, ver al ciego
y oír al sordo. Levantó a los muertos,
pero aún así, estuvo dispuesto a entregar
Su propia vida en un acto expiatorio,
la magnitud del cual escapa a nuestra
comprensión.
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Lucas
registra que Su angustia fue tan grande
que “era su sudor como grandes gotas
de sangre que caían hasta la tierra”(Lucas
22:44), una manifestación física confirmada
en el Libro de Mormón y en Doctrina
y Convenios (véase Mosíah 3:7; D.
y C. 19:18). El sufrimiento en Getsemaní
y en la cruz del Calvario, apenas
a unos cientos de metros de Getsemaní,
incluyó, en lo temporal y lo espiritual,
“tentaciones… dolor… hambre, sed y
fatiga, aún más de lo que el hombre
puede sufrir”, dijo el rey Benjamín,
“sin morir” (Mosíah 3:7).
A la agonía de Getsemaní le siguieron
Su arresto, Sus juicios, Su condena
y el inexpresable dolor de Su muerte
en la cruz, seguido de Su entierro
en el sepulcro de José y Su triunfante
resurgir en la Resurrección. Él, el
bebé humilde de Belén que hace dos
mil años anduvo por los polvorientos
caminos de la Tierra Santa, se convirtió
en el Señor omnipotente, el Rey de
reyes, el Dador de salvación para
todos. Nadie puede comprender plenamente
el esplendor de Su vida, la majestuosidad
de Su muerte, la universalidad de
Su don a la humanidad. De manera inequívoca
declaramos junto con el centurión
que dijo cuando Él murió: “…Verdaderamente
este hombre era Hijo de Dios” (Marcos
15:39). |
Nuestro
Señor Viviente
Éste es el testimonio del testamento
del Viejo Mundo, la Santa Biblia.
Y aún hay otra voz, la del testamento
del Nuevo Mundo: el Libro de Mormón.
En él, el Padre presentó a Su Hijo
resucitado diciendo: “He aquí a mi
Hijo Amado, en quien me complazco,
en quien he glorificado mi nombre”
(3 Nefi 11:7). Con esta presentación
divina se inicia el relato del ministerio
de nuestro Salvador entre algunas
de Sus “otras ovejas” (Juan 10:16)
tras Su ascensión de Jerusalén. El
mensaje a lo largo de todo el Libro
de Mormón es sobre la divinidad de
Jesucristo y las bendiciones eternas
que pueden recibir todos los hijos
y todas las hijas de Dios mediante
Su amor redentor. Éstas son las palabras
de un profeta del Libro de Mormón:
“Porque nosotros trabajamos diligentemente
para escribir, a fin de persuadir
a nuestros hijos, así como a nuestros
hermanos, a creer en Cristo y a reconciliarse
con Dios; pues sabemos que es por
la gracia por la que nos salvamos,
después de hacer cuanto podamos…
“Y hablamos de Cristo, nos regocijamos
en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos
de Cristo y escribimos según nuestras
profecías, para que nuestros hijos
sepan a qué fuente han de acudir para
la remisión de sus pecados” (2 Nefi
25:23, 26).
A todo esto se añade la declaración
de los profetas modernos:
“Y ahora, después de los muchos testimonios
que se han dado de él, éste es el
testimonio, el último de todos, que
nosotros damos de él: ¡Que vive!”
(D. y C. 76:22).
En Doctrina y Convenios, Él testifica
sin lugar a dudas de Su propia misión
divina: “Yo soy el Alfa y la Omega,
Cristo el Señor; sí, soy él, el principio
y el fin, el Redentor del mundo” (D.
y C. 19:1).
En Él vemos no sólo a nuestro Maestro
y Buen Pastor, sino también a nuestro
gran Ejemplo, que nos pide: “…Si quieres
ser perfecto… ven y sígueme” (Mateo
19:21).
La Piedra Angular
Él es la principal piedra angular
de la Iglesia que lleva Su nombre:
La Iglesia de Jesucristo de los Santos
de los Últimos Días. No hay ningún
otro nombre dado entre los hombres
mediante el cual podamos ser salvos
(véase Hechos 4:12). Él es el Autor
de nuestra salvación, el Dador de
la vida eterna (véase Hebreos 5:9).
No hay quien se le compare; nunca
lo ha habido y nunca lo habrá. Demos
gracias a Dios por la ofrenda de Su
Amado Hijo, que dio Su vida para que
pudiésemos vivir y que es la piedra
principal e inamovible de nuestra
fe y de Su Iglesia.
El punto central de nuestra
fe
No sabemos todo lo que yace adelante;
vivimos en un mundo de incertidumbre.
Para algunos, habrá grandes logros;
para otros, desilusiones. Para algunos,
mucho gozo y alegría, buena salud
y una vida holgada; para otros, quizás
enfermedad y un grado de pesar. No
lo sabemos. Pero de una cosa estamos
seguros: al igual que la estrella
polar de los cielos, pese a lo que
depare el futuro, allí se encuentra
el Redentor del mundo, el Hijo de
Dios, seguro y firme, como el ancla
de nuestra vida inmortal. Él es la
roca de nuestra salvación, nuestra
fortaleza, nuestro consuelo, el mismo
punto central de nuestra fe.
Acudimos a Él en tiempos buenos o
malos, y Él está allí, para darnos
seguridad y aprobación.
Él es el punto central de nuestra
adoración; Él es el Hijo del Dios
viviente, el Primogénito del Padre,
el Unigénito en la carne. Él “ha resucitado
de los muertos; primicias de los que
durmieron” (1 Corintios 15:20). Él
es el Señor que vendrá de nuevo “para
reinar en la tierra sobre su pueblo”
(D. y C. 76:63; véase también Miqueas
4:7; Apocalipsis 11:15).
Nadie tan grandioso ha caminado sobre
la tierra; ningún otro ha hecho un
sacrificio comparable ni otorgado
una bendición semejante. Él es el
Salvador y el Redentor del mundo.
Creo en Él; afirmo Su divinidad sin
dudas ni evasivas. Lo amo. Pronuncio
el nombre de Jesucristo con reverencia
y maravilla. Él es nuestro Rey, nuestro
Señor, nuestro Maestro, el Cristo
viviente, que está a la diestra de
Su Padre. ¡Él vive! Él vive, resplandeciente
y maravilloso, el Hijo viviente del
Dios viviente. ■ |
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