| |
 |
Mensajes de
La Primera Presidencia
 |
|
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| Por
el gran amor que
nuestro Padre nos tiene, nos ha dado
profetas en nuestros
tiempos, profetas
que nos guían en
una sucesión ininterrumpida
desde principios
del siglo diecinueve,
cuando tuvo lugar la
restauración de esta
grandiosa obra por
medio del profeta
José Smith. |
|
| |
| |
| |
| |
| ¿
Seguimos los consejos inspirados
de los profetas?
Un ejemplo muy
importante para la
humanidad es el
fortalecimiento de
nuestra familia. |
|
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
|
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
| |
| Mensaje de La
Primera Presidencia |
| |
Escuchemos
la voz
de los profetas
POR EL PRESIDENTE DIETER
F. UCHTDORF
Liahona,
julio 2008, págs. 3 – 5 |
|
¡Cuán
grandes son el gozo y el privilegio de ser
parte de esta Iglesia mundial y de que nos
enseñen y edifiquen los profetas, videntes
y reveladores!
Los miembros de esta Iglesia hablamos diversos
idiomas y provenimos de muchas culturas
diferentes, pero compartimos las
mismas bendiciones del Evangelio. Ésta es
en verdad una Iglesia internacional, con
miembros esparcidos por las naciones de
la tierra proclamando a todo el mundo el
mensaje universal del evangelio de Jesucristo,
sea cual sea su idioma, raza o raíces étnicas.
Todos somos hijos espirituales de un Dios
viviente y amoroso, nuestro Padre Celestial,
que desea que tengamos éxito en nuestra
jornada de regreso a Él.
En Su bondad, Él nos ha dado profetas para
que nos enseñen Sus verdades eternas y nos
guíen para vivir Su evangelio. Este año
nos hemos despedido de un amado profeta,
el presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008),
que nos guió muchos años hasta que el Señor
lo llamó de regreso al hogar. Ahora seguimos
adelante bajo el liderazgo del nuevo profeta
que el Señor ha llamado para dirigirnos,
el presidente Thomas S. Monson. Por el gran
amor que nuestro Padre nos tiene, nos ha
dado profetas
en nuestros tiempos, profetas que nos guían
en una sucesión ininterrumpida desde principios
del siglo diecinueve, cuando tuvo
lugar la restauración de esta grandiosa
obra por medio del profeta José Smith. Siempre
conservaremos vivos los recuerdos de los
primeros Santos de los Últimos Días, de
sus sacrificios, sus penurias, sus lágrimas,
pero también de su valor, su fe y su confianza
en el Señor mientras seguían al profeta
que Él había señalado para esa época.
Yo no tengo antepasados entre los pioneros
del siglo diecinueve. Sin embargo, desde
mis primeros días de miembro de la Iglesia,
he sentido una gran afinidad con aquellos
primeros pioneros que atravesaron las llanuras;
son mi linaje espiritual, así como lo son
de todo miembro de la Iglesia, sea cual
sea su nacionalidad, su idioma o su cultura.
Ellos no sólo establecieron un lugar a salvo
en el Oeste, sino también los cimientos
espirituales para la edificación del reino
de Dios en todas las naciones del mundo.
Todos somos pioneros
Ahora que el mensaje del evangelio restaurado
de Jesucristo se está aceptando por todo
el mundo, todos somos pioneros en nuestra
propia esfera de acción y circunstancias.
Después de la Segunda Guerra Mundial, en
medio de la confusión de la Alemania de
posguerra, fue cuando mi familia conoció
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de
los Últimos Días. En aquella época, el presidente
era George Albert Smith (1870–1951). Yo
era un niño pequeño, y en el término de
sólo siete años habíamos perdido dos veces
todas nuestras posesiones materiales; éramos
refugiados con un futuro incierto. No obstante,
en esos siete años obtuvimos mucho más de
lo que cualquier cantidad de dinero puede
comprar; encontramos un refugio supremo,
un lugar que nos protegía de la desesperación:
el evangelio restaurado de Jesucristo y
Su Iglesia, dirigida por un profeta verdadero
y viviente.
Las buenas nuevas de que Jesucristo ha llevado
a cabo la Expiación perfecta a favor del
género humano, redimiendo a todos del sepulcro
y recompensando a cada uno según sus obras,
fue el poder sanador que restableció la
esperanza y la paz en
mi vida.
Cualesquiera sean nuestras dificultades
en esta existencia, nuestras cargas se harán
más livianas si creemos no sólo en Cristo,
sino además en Su capacidad y en Su poder
para purificarnos y consolarnos; somos sanados
cuando aceptamos Su paz.
El presidente David O. McKay (1873–1970)
era el profeta en los años de mi adolescencia,
y me parecía conocerlo personalmente; percibía
su amor, su bondad y su dignidad, y él me
dio confianza y valor en esa época. Aun
cuando crecí en Europa, a miles de kilómetros
de distancia, sentía que él confiaba en
mí y no quería defraudarlo.
Otra fuente de fortaleza para mí fue una
carta que escribió el apóstol Pablo mientras
se hallaba prisionero, y que dirigió a Timoteo,
el ayudante y amigo en quien más confiaba.
Él dijo:
“Porque no nos ha dado Dios espíritu de
cobardía, sino de poder, de amor y de dominio
propio.
“Por tanto, no te avergüences de dar testimonio
de nuestro Señor…” (2
Timoteo 1:7–8).
Esas palabras de uno de los antiguos Apóstoles
de nuestro Salvador tuvieron una influencia
muy importante en mí durante los tiempos
de posguerra, así como la tienen en la actualidad.
Sin embargo, ¿cuántos de nosotros dejamos
que los temores controlen nuestra vida en
esta época de tensión internacional, de
incertidumbre económica y política y de
dificultades personales?
Una voz que es constante
Dios nos habla con una voz que es constante.
Él trata con igualdad a toda la familia
humana.
Podemos estar en un barrio grande o en una
rama pequeña, nuestros respectivos climas
y vegetación pueden diferir, los antecedentes
culturales y el idioma pueden ser variados
y el color de nuestra piel puede ser totalmente
diferente; pero el poder y las bendiciones
universales del Evangelio restaurado están
disponibles para todos, independientemente
de la cultura, de la
nacionalidad, del sistema político, de las
tradiciones, del idioma, del ambiente económico
o de la educación.
Actualmente tenemos otra vez apóstoles,
videntes y reveladores que son atalayas
en la torre, mensajeros de la verdad divina
y sanadora. Dios nos habla por intermedio
de ellos, que tienen una profunda percepción
de las diversas circunstancias en las que
vivimos los miembros; están en este mundo
pero no son del mundo. Nos indican el camino
y nos ofrecen ayuda en las dificultades
que enfrentamos, no con la sabiduría del
mundo, sino con la que proviene de una Fuente
eterna.
Hace unos años, el presidente Thomas S.
Monson dijo lo siguiente en un mensaje de
la Primera Presidencia: “Los problemas de
hoy se ciernen amenazadores sobre nosotros.
Rodeados por la sofisticación de la vida
moderna, recurrimos a los cielos para recibir
esa orientación constante que nos hace posible
marcar y seguir un rumbo sabio y adecuado.
Aquél a quien llamamos nuestro Padre Celestial
no dejará sin contestar nuestras justas
y sinceras peticiones”1.
Nuevamente tenemos un profeta viviente en
la tierra, el presidente Thomas S. Monson.
Él conoce nuestras dificultades y temores,
y tiene respuestas inspiradas; no tenemos
por qué temer. Podemos tener paz en el corazón
y paz en nuestro hogar. Cada uno de nosotros
puede ser una influencia para bien en este
mundo si sigue los mandamientos de Dios
y se apoya en el verdadero arrepentimiento,
en el poder de la Expiación y en el milagro
del perdón.
Los profetas nos hablan en el nombre del
Señor y con una sencillez de origen divino,
como nos lo confirma el Libro de Mormón:
“…Porque el Señor Dios ilumina el entendimiento;
pues él habla a los hombres de acuerdo con
el idioma de ellos, para que entiendan”
(2 Nefi 31:3).
Tenemos la responsabilidad no sólo de escuchar,
sino también de actuar de acuerdo con Su
palabra a fin de que podamos reclamar las
bendiciones que proceden de las ordenanzas
y los convenios del Evangelio restaurado.
Él dijo: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando
hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis
lo que os digo, ninguna promesa tenéis”
(D. y C. 82:10).
Habrá épocas en que nos sintamos abrumados,
heridos o al borde del desaliento en nuestros
esfuerzos por ser miembros perfectos de
la Iglesia. Tengan la seguridad de que hay
bálsamo en Galaad. Escuchemos a los profetas
de nuestros días a medida que tratan de
ayudarnos a concentrarnos en los elementos
centrales del plan del Creador para el destino
eterno de Sus hijos. El Señor nos conoce,
nos ama, quiere que tengamos éxito y nos
alienta, diciendo: “Y mirad que se hagan
todas [las] cosas con prudencia y orden;
porque no se exige que [hombres ni mujeres]
corra[n] más aprisa de lo que sus fuerzas…
permiten… [Pero] conviene que sea[n] diligente[s]”
(Mosíah 4:27).
Sigamos sus consejos
¿Somos diligentes en vivir los mandamientos
de Dios sin correr más de lo que nuestras
fuerzas lo permitan, o nos limitamos a ir
caminando plácidamente? ¿Empleamos con prudencia
nuestro tiempo y nuestro talento así como
nuestros medios? ¿Nos concentramos en las
cosas que tienen mayor importancia? ¿Seguimos
los consejos inspirados de los profetas?
Un ejemplo de gran importancia para la humanidad
es el fortalecimiento de nuestra familia.
En 1915 se nos dio el precepto
de la noche de hogar. En 1964, el presidente
David O. McKay volvió a recordar a los padres
que “ningún éxito puede
compensar el fracaso en el hogar”2.
En 1995, los profetas de nuestros días exhortaron
a los habitantes del mundo entero
a fortalecer a la familia como la unidad
fundamental de la sociedad3.
Y en 1999, la Primera Presidencia y el Quórum
de los Doce Apóstoles nos dijeron con amor
estas palabras: “Aconsejamos a los padres
y a los hijos que den prioridad absoluta
a la oración familiar, a la noche de hogar,
al estudio y a la instrucción del Evangelio
y a las actividades familiares sanas. Por
muy dignas y apropiadas que puedan ser otras
exigencias o actividades, no se les debe
permitir que desplacen los deberes asignados
por Dios que sólo los padres y las familias
pueden llevar a cabo en forma adecuada”4.
Con humildad y fe, renovemos nuestra determinación
y dedicación de seguir diligentemente a
los profetas, videntes y reveladores. Escuchémoslos
y dejémonos instruir y elevar por aquellos
que poseen todas las llaves del reino.
Que al escucharlos y seguirlos, nuestro
corazón cambie y tengamos un gran deseo
de hacer el bien (véase
Alma 19:33).
De ese modo seremos pioneros en la edificación
de un cimiento espiritual que establezca
la Iglesia en todas partes del mundo, a
fin de que el evangelio de Jesucristo se
convierta en una bendición para todo hijo
de Dios, y sirva para unir y fortalecer
a nuestra familia. ■
|
| NOTAS |
1. “El navegar seguros
por los océanos de la vida”, Liahona,
noviembre de 1999, pág. 7.
2. Citado por J. E. McCulloch, en
Home: The Savior of Civilization,
1924, pág. 42; en “Conference Report”,
abril de 1964, pág. 5.
3. Véase “La Familia: Una proclamación
para el mundo”, Liahona, octubre de
2004, pág. 49.
4. Véase “Carta de la Primera Presidencia”,
Liahona, diciembre de 1999, pág. 1.
|
|
|
| |
| |
| |
| |
|
|
|

|
|
|
|
 |