| |
 |
Mensajes de
La Primera Presidencia
 |
|
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
|
Nos hace falta
la
esperanza de que
podemos lograr la
unidad en esta vida
y merecer tenerla para siempre en el mundo por
venir.
También debemos
entender cómo se
recibe esa gran
bendición a fin de
saber qué hacer para obtenerla. |
|
| |
| |
| |
| |
|
La
oración de la Santa Cena nos recuerda
todas las semanas
cómo se recibe el
don de la unidad a
través de la obediencia
a las leyes y ordenanzas del Evangelio de Jesucristo. |
|
| |
| |
| |
| |
Debemos
perdonar y no sentir rencor
hacia los que nos
ofendan. El Salvador
estableció el ejemplo
cuando estaba en la
cruz: “…Padre, perdónalos, porque no
saben lo que hacen”.
|
|
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
|
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
| |
| Mensaje de La
Primera Presidencia |
| |
Seamos
Uno
POR EL PRESIDENTE HENRY
B. EYRING
Liahona,
setiembre 2008, págs. 2– 6 |
|
El
Salvador del mundo, Jesucristo, dijo
a los que iban a ser parte de Su Iglesia:
“…Sed uno; y si no sois uno, no sois
míos” (D.
y C. 38:27).
Y al crear al hombre y a la mujer,
no se citó la unidad en el matrimonio
como una esperanza de que fuera así,
¡sino como un mandamiento! “Por
tanto, dejará el hombre a su padre
y a su madre, y se unirá a su mujer;
y serán una sola carne” (Génesis
2:24).
Nuestro Padre Celestial desea que
nuestros corazones estén entrelazados;
esa unión en amor no es simplemente
un ideal: es una necesidad.
El requisito de que seamos uno no
se limita sólo a esta vida, sino que
es imperecedero. Dios efectuó el primer
matrimonio en el Jardín cuando Adán
y Eva no estaban expuestos a la muerte.
Desde el principio, Él infundió en
el hombre y en la mujer un deseo de
estar juntos para siempre como marido
y mujer para vivir en familia, en
una unión perfecta y correcta. También
inculcó en Sus hijos el deseo de vivir
en paz con todos los que los rodeaban.
Pero con la Caída, se hizo obvio que
no iba a ser fácil vivir en unidad.
La tragedia los afligió desde el principio:
Caín asesinó a su hermano Abel; los
hijos de Adán y Eva se vieron expuestos
a las tentaciones de Satanás. |
Con
habilidad, odio y astucia, Satanás
trata de alcanzar su meta, que
es el extremo opuesto del propósito
de nuestro Padre Celestial y
del Salvador. Ellos quieren
que tengamos una unión perfecta
y una felicidad eterna. Satanás,
el enemigo de Ellos y el nuestro,
ha conocido el plan de salvación
desde antes de la Creación;
él sabe que las relaciones sagradas
y gozosas que tenemos con nuestra
familia pueden continuar para
siempre únicamente si alcanzamos
la vida eterna; Satanás quiere
apartarnos de nuestros seres
queridos y hacernos desdichados.
Él es quien planta las semillas
de discordia en el corazón humano,
confiando en que nos dividamos
y que nos separemos.
Todos nosotros hemos experimentado
una porción tanto de la unidad
como de la división. A veces
hemos visto, en las familias
o en otras ircunstancias, a
una persona que pone los intereses
de otra por encima de los suyos
propios, con amor y con sacrificio,
y todos hemos sentido un poco
de la tristeza y de la soledad
de estar separados y solos.
No necesitamos que se nos diga
qué debemos elegir: ya lo sabemos.
Pero nos hace falta la esperanza
de que podemos lograr la unidad
en esta vida y merecer tenerla
para siempre en el mundo por
venir.
También debemos entender cómo
se recibirá esa gran bendición,
a fin de saber lo que debemos
hacer. |
|
|
Es
posible cambiar nuestra manera
de ser
El Salvador del mundo se refirió
a esa unidad y al cambio que
debemos efectuar en nuestra
naturaleza para hacerla posible;
lo enseñó claramente en la oración
que pronunció cuando tuvo la
última reunión con Sus Apóstoles
antes de Su muerte.
Aquella bellísima oración está
registrada en el libro de Juan.
Él estaba a punto de enfrentar
por todos nosotros el terrible
sacrificio que iba a poner la
vida eterna a nuestro alcance;
estaba a punto de dejar a los
Apóstoles a los que Él había
ordenado y a quienes amaba,
y en cuyas manos iba a dejar
las llaves para dirigir Su Iglesia.
De modo que oró a Su Padre,
el Hijo perfecto al Padre perfecto.
En Sus palabras vemos la forma
en que los miembros de la familia
pueden ser uno, así como todos
los hijos de nuestro Padre Celestial
que sigan al Salvador y a Sus
siervos:
“Como tú me enviaste al
mundo, así yo los he enviado
al mundo.
“Y por ellos yo me santifico
a mí mismo, para que también
ellos sean santificados en la
verdad.
“Mas no ruego solamente por
éstos, sino también por los
que han de creer en mí por la
palabra de ellos,
“para que todos sean uno; como
tú, oh Padre, en mí, y yo en
ti; que también ellos sean uno
en nosotros; para que el mundo
crea que tú me enviaste”
(Juan
17:18–21).
En esas pocas palabras, Él puso
en claro cómo el Evangelio de
Jesucristo puede lograr que
nuestros corazones sean uno.
Los que creyeran en la verdad
que Él enseñaba aceptarían las
ordenanzas y los convenios que
les brindaran Sus siervos autorizados;
y luego, por medio de la obediencia
a esas ordenanzas y a esos convenios,
su naturaleza cambiaría.
De ese modo, la expiación del
Salvador hace posible que nos
santifiquemos. |
|
Entonces
podremos vivir en unidad, como
debemos, a fin de tener paz
en esta vida y morar con el
Padre y Su Hijo en la eternidad.
El ministerio de los apóstoles
y profetas de aquellos días,
tal como en la actualidad, era
traer a los hijos de Adán y
Eva a la unidad de la fe en
Jesucristo. El propósito fundamental
de lo que ellos enseñaron y
de lo que nosotros enseñamos
es unir a las familias: esposo,
esposa, hijos, nietos, antepasados
y, finalmente, a toda la familia
de Adán y Eva que decida seguir
el camino de la unidad.
Recuerden que el Salvador dijo
en Su oración: “…por ellos”
—refiriéndose a los Apóstoles—
“yo me santifico a mí mismo,
para que también ellos sean
santificados en la verdad”
(Juan
17:19).
El Espíritu Santo es un santificador,
y podemos tenerlo como compañero
porque el Señor restauró el
Sacerdocio de Melquisedec por
medio del profeta José Smith.
Las llaves de ese sacerdocio
están en la tierra actualmente,
y mediante su poder podemos
hacer convenios que nos permiten
tener al Espíritu Santo con
nosotros constantemente. |
|
|
Dondequiera
que la gente tenga ese Espíritu consigo,
esperamos que haya armonía. El Espíritu
pone el testimonio
de la verdad en nuestro corazón, lo
que unifica a los que comparten ese
testimonio. El Espíritu de Dios nunca
produce contención (véase 3 Nefi 11:29).
Ese Espíritu nunca provoca entre las
personas los sentimientos de división
que conducen a la discordia1.
El prestar atención al Espíritu Santo
lleva a la paz personal y a un sentido
de unión con los demás que unifica
a las almas. De la unificación de
las almas depende tener una familia
unida, una Iglesia unida y un mundo
en paz. |
| |
El
Espíritu Santo como compañero
constante.
Hasta un niño puede entender
qué es lo que debe hacer para
tener al Espíritu Santo como
compañero. La oración de la
Santa Cena nos lo dice y la
oímos todas las semanas al asistir
a las reuniones sacramentales.
En esos momentos sagrados renovamos
los convenios que hicimos en
el bautismo; y el Señor nos
recuerda la promesa que recibimos
al ser confirmados miembros
de la Iglesia: la promesa de
que recibiríamos el Espíritu
Santo.
Éstas son esas palabras de la
oración de la Santa Cena: “…que
están dispuestos a tomar sobre
sí el nombre de tu Hijo, y a
recordarle siempre, y a guardar
sus mandamientos que él les
ha dado, para que siempre puedan
tener su Espíritu consigo…”
(D.
y C. 20:77).
Podemos tener Su Espíritu al
guardar ese convenio.
Primero, prometemos tomar Su
nombre sobre nosotros, lo cual
significa que debemos considerarnos
Suyos; que le daremos a Él el
primer lugar en nuestra vida;
querremos lo que Él quiera en
vez de lo que nosotros deseemos
o lo que el mundo nos enseña
a desear.
No gozaremos de paz mientras
amemos primero las cosas de
este mundo. El considerar como
un ideal el que una familia
o una nación logren la felicidad
por medio de bienes materiales
terminará por dividirla2. |
|
El ideal de hacer unos por otros lo
que el Señor quiere que hagamos, lo
cual viene naturalmente cuando tomamos
Su nombre sobre nosotros, nos puede
llevar a un nivel espiritual que es
una pequeña muestra del cielo en la
tierra.
Segundo, prometemos que siempre lo
recordaremos. Hacemos eso cada vez
que oramos en Su nombre; especialmente
lo recordamos cuando le pedimos perdón,
lo cual debemos hacer a menudo. En
ese momento recordamos Su sacrificio
que hace posibles el arrepentimiento
y el perdón. Cuando suplicamos, lo
recordamos como nuestro Abogado ante
el Padre. Cuando se reciben los sentimientos
de perdón y paz, recordamos Su paciencia
y Su amor infinito. Esos recuerdos
nos llenan el corazón de amor. |
Además,
cumplimos nuestra promesa de
recordarlo cuando oramos juntos
en familia y cuando leemos las
Escrituras.
Durante la oración familiar
alrededor de la mesa del desayuno,
tal vez un hijo ore para que
otro sea bendecido para que
todo le salga bien ese día en
un examen u otro hecho importante.
Cuando se reciba la bendición,
el niño bendecido recordará
el amor manifestado aquella
mañana y pensará en la bondad
del Abogado, en cuyo nombre
se ofreció la oración. Esos
corazones quedarán unidos en
amor. Cumplimos nuestro convenio
de recordarlo cada vez que reunimos
a nuestra familia para leer
las Escrituras, las cuales testifican
del Señor Jesucristo, porque
ése es y ha sido siempre el
mensaje de los profetas. |
|
|
Aunque
los niños no recuerden las palabras,
recordarán a su verdadero Autor, Jesucristo.
Tercero, al tomar la Santa Cena, prometemos
guardar Sus mandamientos, todos ellos.
El presidente J. Reuben Clark, hijo
(1871–1961), consejero de la Primera
Presidencia, en un discurso de conferencia
general en el que rogó que hubiera
unidad —y lo hizo muchísimas veces—
nos amonestó en cuanto a no ser selectivos
en lo que vayamos a obedecer, diciendo:
“El Señor no nos ha dado nada que
sea inútil o innecesario. Él ha llenado
las Escrituras con todo lo que debemos
hacer a fin de obtener la salvación”.
El presidente Clark continuó: “Cuando
tomamos la Santa Cena, hacemos convenio
de obedecer y guardar Sus mandamientos.
No hay excepciones. No hay distinciones
ni diferencias”3.
El presidente Clark enseñó que, así
como nos arrepentimos de todos los
pecados, no de uno solo, prometemos
guardar todos los mandamientos. Por
difícil que parezca, no es complicado.
Sencillamente, nos sometemos a la
autoridad del Salvador y prometemos
ser obedientes a lo que sea que Él
nos mande (véase Mosíah 3:19). Nuestra
sumisión a la autoridad de Jesucristo
es lo que nos permitirá estar unidos
como familia, como Iglesia y como
hijos de nuestro Padre Celestial.
El Señor confiere esa autoridad a
siervos humildes por medio de Su profeta.
La fe, entonces, convierte nuestro
llamamiento de maestro orientador
o maestra visitante en un mandato
del Señor. Vamos por Él, cuando Él
nos manda.
Un hombre común y un compañero menor
jovencito van a los hogares que les
toque visitar, esperando que los poderes
del cielo les ayuden a asegurarse
de que esas familias estén unidas
y que no haya entre ellas aspereza,
mentiras, difamaciones ni calumnias
(véase D. y C. 20:54).
El tener fe en que el Señor llama
a Sus siervos contribuirá a que pasemos
por alto las limitaciones de ellos
cuando nos aconsejen, como seguramente
lo harán; veremos sus buenas intenciones
más claramente que sus limitaciones
humanas, y estaremos menos propensos
a sentirnos ofendidos y más inclinados
a sentir gratitud hacia el Maestro,
que es quien los llamó. |
Las
barreras para la unidad
Hay algunos mandamientos que, cuando
se quebrantan, destruyen la unidad.
Unos tienen que ver con lo que nosotros
digamos y otros con la forma en que
reaccionemos ante lo que otros nos
digan. No debemos hablar mal de nadie;
debemos ver lo bueno de los demás
y hablar bien unos de otros siempre
que podamos4.
Al mismo tiempo, debemos enfrentar
a los que hablan despectivamente de
las cosas sagradas, porque el efecto
seguro que causan es ofender al Espíritu
y crear así contención y confusión.
El presidente Spencer W. Kimball (1895–1985)
demostró la forma de mostrarse firme
sin ser hostil cuando se encontraba
en una camilla de hospital, y dijo
al asistente que, en un momento de
frustración, había tomado el nombre
del Señor en vano:
“ ‘¡Por favor, por favor! Los nombres
que usted ultraja son los de mi Señor’.
“Hubo un silencio sepulcral y después
una voz que en tono sumiso susurró:
‘Lo siento’”5.
Una admonición inspirada y afectuosa
puede ser una invitación a la unidad;
el no expresarla cuando el Espíritu
Santo así lo inspire conducirá a la
discordia. Si queremos tener unidad,
hay mandamientos que debemos guardar
y que tienen que ver con nuestros
sentimientos. |
| |
Debemos
perdonar y no sentir rencor
hacia los que nos ofendan.
El Salvador estableció el
ejemplo cuando estaba en la
cruz: “…Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen”
(Lucas
23:34).
No sabemos lo que piensan
y sienten aquellos que nos
ofenden, así como tampoco
sabemos todos los orígenes
de nuestro propio enojo y
dolor. El apóstol Pablo nos
explicó cómo amar en un mundo
de gente imperfecta, entre
ellos nosotros mismos, cuando
dijo: “El amor es sufrido,
es benigno; el amor no tiene
envidia, el amor no es jactancioso,
no se envanece; no hace nada
indebido, no busca lo suyo,
no se irrita, no guarda rencor…”
(1 Corintios
13:4–5).
Después hizo una solemne admonición
sobre el hecho de reaccionar
ante las faltas de los demás
así
como el de olvidar las nuestras,
cuando escribió: “Ahora
vemos por espejo, oscuramente;
mas entonces veremos cara
a cara. Ahora conozco en parte;
pero entonces conoceré como
fui conocido” (1
Corintios 13:12).
La oración de la Santa Cena
nos recuerda todas las semanas
cómo se recibe el don de la
unidad a través de la obediencia
a las leyes y ordenanzas del
evangelio de Jesucristo. |
|
Si
obedecemos los convenios que hacemos
de tomar Su nombre sobre nosotros,
de recordarlo siempre y de guardar
todos Sus mandamientos, recibiremos
la compañía de Su Espíritu, lo cual
nos ablandará el corazón y nos unirá.
Pero hay dos advertencias que deben
acompañar a esa promesa: |
Primero, el Espíritu Santo quedará
con nosotros sólo si nos mantenemos
limpios y libres del amor que
tengamos por las cosas del mundo.
La decisión de ser impuros alejará
al Espíritu Santo, pues Él mora
solamente con los que eligen
al Señor antes que al mundo.
“…sed limpios…” (3
Nefi 20:41; D. y C. 38:42) y
amen a Dios con todo su “corazón,
alma, mente y fuerza” (D.
y C. 59:5) no son sugerencias
sino mandamientos, y son necesarios
para tener la compañía del Espíritu,
sin el cual no podemos ser uno.
La otra admonición es que nos
cuidemos del orgullo. La unidad
de una familia o de un pueblo
que se ha hecho humilde por
el Espíritu traerá consigo gran
poder. Con ese poder se recibirá
el reconocimiento del mundo;
y ya sea que ese reconocimiento
venga acompañado de alabanza
o de envidia, puede conducirnos
al orgullo, y eso ofendería
al Espíritu. Pero existe una
protección contra el orgullo,
que es la fuente segura de la
desunión: consiste en ver las
bendiciones que Dios derrama
sobre nosotros no sólo como
una señal de Su favor, sino
también como una oportunidad
de reunirnos con los que nos
rodean para prestar mayor servicio.
El esposo y su esposa aprenden
a ser uno empleando sus afinidades
para comprenderse, y sus diferencias
para complementarse en servirse
el uno al otro y en prestar
servicio a los que los rodeen.
Del mismo modo, podemos unirnos
con los que no aceptan nuestra
doctrina pero comparten nuestro
deseo de bendecir a los hijos
de nuestro Padre Celestial.
Podemos llegar a ser pacificadores
y merecer así ser llamados bienaventurados
e hijos de Dios (véase Mateo
5:9).
Dios nuestro Padre vive. Su
amado Hijo, Jesucristo, es la
cabeza de esta Iglesia y Él
ofrece el estandarte de la paz
a todos los que quieran aceptarlo.
Que todos vivamos de tal forma
que seamos dignos de ese estandarte.
■ |
|
|
|
| NOTAS |
1. Véase de Joseph
F. Smith, Doctrina del Evangelio,
1978, pág. 126.
2. Véase de Harold B. Lee, Stand Ye
in Holy Places, 1974, pág. 97.
3. En Conference Report, abril de
1955, págs. 10–11.
4. Véase discurso de David O. McKay,
en Conference Report, octubre de 1967,
págs. 7–8.
5. Enseñanzas de los Presidentes de
la Iglesia: Spencer W. Kimball (Curso
de estudio del Sacerdocio de Melquisedec
y la Sociedad de Socorro, 2006), pág.
174. |
|
|
| |
| |
| |
| |
|
|
|

|
|
|
|
 |