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Mensajes de
La Primera Presidencia
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El
vivir de acuerdo con los principios básicos
del Evangelio brindará poder, fortaleza y autosuficiencia
espiritual a todos los Santos de los Últimos Días. |
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La fe en Jesucristo
conduce a la acción. Cuando tenemos fe en Él, significa
que
confiamos en el
Señor lo suficiente
para seguir Sus
mandamientos. |
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La
ayuda particular que
todos necesitamos se nos da generosamente
por medio de la expiación de Jesucristo. El tener
fe
en Jesucristo y en Su
expiación significa
confiar completamente
en Él, fiarnos de Su
poder, inteligencia y
amor infinitos.
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| Mensaje de La
Primera Presidencia |
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Cultivemos
los
atributos de Cristo
POR
EL PRESIDENTE DIETER
F. UCHTDORF
Liahona,
octubre 2008, págs. 3 - 7 |
Durante
mi vida profesional como piloto de
aerolíneas, los pasajeros a veces
visitaban la cabina del avión; hacían
preguntas sobre los muchos conmutadores,
instrumentos, sistemas y procedimientos,
así como sobre la forma en que todo
ese equipo técnico contribuía a que
la hermosa nave pudiera volar.
Les explicaba que, a fin de que esa
máquina voladora pudiera proporcionar
comodidad y seguridad a los que van
a bordo, se requería un gran diseño
aerodinámico, muchos sistemas y programas
auxiliares y motores de gran potencia.
Para hacer más sencilla mi explicación,
concentrándome en lo básico, agregaba
que todo lo que hacía falta era un
fuerte impulso hacia adelante, una
potente fuerza elevadora y la posición
correcta del avión, con lo cual las
leyes naturales llevarían a salvo
a su destino al avión y a sus pasajeros
a través de continentes y océanos,
sobre altas montañas y peligrosas
tormentas.
Al reflexionar en las experiencias
que tuve con esos visitantes, con
frecuencia he considerado que el ser
miembro de La Iglesia de Jesucristo
de los Santos de los Últimos Días
nos lleva a hacer preguntas similares:
¿Qué es lo básico, es decir, cuáles
son los principios fundamentales del
reino de Dios en la tierra?
Al fin y al cabo, ¿qué nos conducirá
eficazmente en tiempos de gran necesidad
a nuestro deseado destino eterno?
El núcleo inalterable del
Evangelio
La Iglesia, con toda su estructura
y sus programas, ofrece muchas actividades
importantes para sus miembros con
objeto de ayudarles a servir a Dios
y a prestarse servicio mutuo; sin
embargo, a veces parece que esos programas
y esas actividades están más arraigados
en nuestro corazón y en nuestra alma
que la doctrina y los principios centrales
del Evangelio.
Los procedimientos, los programas,
las normas y los modelos de organización
son útiles para nuestro progreso espiritual
aquí en la tierra, pero no debemos
olvidar que están sujetos a cambios.
Por el contrario, el núcleo del Evangelio
— la doctrina y los principios— nunca
cambiarán.
El vivir de acuerdo con los principios
básicos del Evangelio brindará poder,
fortaleza y autosuficiencia espiritual
a todos los Santos de los Últimos
Días.
La fe es un principio de ese poder;
nosotros necesitamos esa fuente de
poder en nuestra vida. Dios obra con
poder, pero éste se ejerce por lo
general en respuesta a nuestra fe.
“...la fe sin obras es muerta” (Santiago
2:20). Dios obra de acuerdo con la
fe de Sus hijos.
El profeta José Smith explicó esto:
“Les enseño principios correctos y
ellos se gobiernan a sí mismos”1. |
Esta
enseñanza me parece hermosamente franca.
Al esforzarnos por entender, aplicar
y vivir los principios correctos del
Evangelio, nos volvemos más autosuficientes
en lo espiritual. El principio de
autosuficiencia espiritual procede
de una doctrina fundamental de la
Iglesia: Dios nos ha concedido el
albedrío. Creo que, aparte de la vida
misma, el albedrío moral es uno de
los dones más grandiosos que Dios
ha dado a Sus hijos.
Cuando estudio y medito sobre el albedrío
moral y sus consecuencias eternas,
comprendo que en verdad somos hijos
espirituales de Dios y, por lo tanto,
debemos actuar como tales.
Esa idea me recuerda también que,
por ser miembros de La Iglesia de
Jesucristo de los Santos de los Últimos
Días, formamos parte de una gran familia
mundial de santos.
La manera en que está organizada la
Iglesia da lugar a una gran flexibilidad
de acuerdo con el tamaño, el promedio
de crecimiento y las necesidades de
nuestras congregaciones. |
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Hay
un programa básico para cada unidad
con una estructura muy sencilla y
con menos reuniones; también tenemos
barrios grandes con extensos recursos
para prestarse servicio los unos a
los otros. Todas las opciones se establecen
dentro de los programas inspirados
de la Iglesia para ayudar a los miembros
a “veni[r] a Cristo, y perfecciona[rse]
en él” (Moroni 10:32).
Todas esas diversas opciones tienen
el mismo valor divino porque la doctrina
del evangelio restaurado de Jesucristo
es la misma en todas las unidades.
Como testigo ordenado del Señor Jesucristo,
testifico que Él vive, que el Evangelio
es verdadero y que éste ofrece las
respuestas a todos los problemas personales
y colectivos que los hijos de Dios
tienen en la tierra actualmente.
La fuerza de los fieles
En 2005, mi esposa y yo conversamos
con miembros de la Iglesia de muchos
países de Europa. La Iglesia ha estado
presente muchos años en algunas partes
del continente, incluso desde 1837.
En ese lugar hay un gran patrimonio
de miembros fieles. Hoy día, hay más
de 400.000 miembros en ese continente.
Al contemplar todas las generaciones
que han emigrado de Europa a Estados
Unidos durante los siglos diecinueve
y veinte, ese total podría multiplicarse
unas cuantas veces.
¿Por qué tantos miembros fieles abandonaron
sus países en aquellos primeros tiempos
de la Iglesia? Lo hicieron por
muchas razones, entre ellas, escapar
de la persecución, ayudar al progreso
de la Iglesia en los Estados Unidos,
mejorar
su situación económica, estar cerca
de un templo, y muchas otras más.
Europa todavía resiente las consecuencias
de aquel éxodo, pero ahora se está
haciendo más evidente la fortaleza
que proviene de varias generaciones
de fieles miembros de la Iglesia.
Vemos más jovencitos y jovencitas
y más matrimonios
que cumplen misiones para el Señor;
vemos más casamientos en el templo;
vemos más confianza y valor por parte
de los miembros para dar a conocer
el Evangelio restaurado.
Entre los pueblos de Europa y de muchas
otras partes del mundo existe un vacío
espiritual en cuanto a las verdaderas
enseñanzas de Cristo. A medida que
nuestros maravillosos miembros vivan
este Evangelio y lo proclamen con
mayor valor y fe, ese vacío debe y
puede llenarse, y se llenará, con
el mensaje del Evangelio restaurado.
Aun con la expansión de la Iglesia
en Europa, hay países donde ésta ha
estado establecida hace menos de quince
años.
Durante nuestra visita en 2005, hablé
con un presidente de misión que prestaba
servicio en su país natal, Rusia,
y que había sido miembro sólo siete
años. Él me dijo: “El mismo mes en
que me bauticé, me llamaron a ser
presidente de rama”. ¿Se sintió abrumado
a veces? ¡Por supuesto! ¿Trató de
establecer todos los programas de
la Iglesia? ¡Felizmente no! ¿Cómo
se fortaleció tanto en una congregación
tan pequeña y en tan poco tiempo?
Ésta es su explicación: “Sabía con
toda mi alma que la Iglesia era verdadera.
La doctrina del Evangelio ocupó mi
mente y mi corazón. Al unirnos a la
Iglesia, nos sentimos parte de una
familia; percibimos calidez, confianza
y amor. Éramos sólo unos cuantos,
pero todos tratábamos de seguir al
Salvador”.
Los miembros se apoyaban unos a otros,
hacían lo mejor que podían y además
sabían que la Iglesia era verdadera.
Lo que lo atrajo no fue la organización,
sino la luz del Evangelio, y esa luz
fortaleció a aquellos buenos miembros.
En muchos países la Iglesia está todavía
en sus comienzos, y los aspectos de
su organización están muy lejos de
ser perfectos. Sin embargo, los miembros
pueden llevar en el corazón un testimonio
perfecto de la verdad.
Si esos miembros permanecen en su
país y edifican allí la Iglesia, a
pesar de las dificultades y penurias
económicas, las generaciones futuras
estarán agradecidas a esos valientes
pioneros modernos que se rigen por
la cálida invitación que la Primera
Presidencia extendió en 1999: “En
nuestros días, el Señor ha tenido
a bien proveer las bendiciones del
Evangelio a muchas partes del mundo,
incluso un número de templos que va
en aumento.
Por lo tanto, deseamos reiterar el
consejo que ya se ha dado a los miembros
de la Iglesia de que permanezcan en
sus respectivas tierras en lugar de
emigrar a los Estados Unidos...
“Si los miembros de todo el mundo
se quedan en su tierra natal, trabajando
para hacer progresar la Iglesia en
su país, tanto ellos como la Iglesia
recibirán grandes bendiciones...”2.
Quiero agregar una advertencia para
aquellos de nosotros que vivimos en
barrios y estacas grandes. Debemos
tener cuidado de que el núcleo de
nuestro testimonio no esté basado
en el aspecto social de la Iglesia
ni en las maravillosas actividades,
programas y organizaciones de nuestros
barrios y estacas. Todas esas cosas
son importantes y tienen valor, pero
no son suficientes; ni siquiera la
amistad es suficiente.
Nuestra seguridad se basa
en la obediencia
Reconocemos que vivimos en una época
de turbulencia, desastre y guerras.
Como muchas otras personas, sentimos
la gran necesidad de tener algo “para
defensa y para refugio contra la tempestad
y contra la ira, cuando sea derramada
sin mezcla sobre toda la tierra” (D.
y C. 115:6). ¿Cómo encontramos ese
lugar seguro? El presidente Gordon
B. Hinckley (1910–2008) enseñó: “Nuestra
seguridad se basa en la virtud de
nuestras vidas. Nuestra fortaleza
yace en nuestra rectitud”3.
Recordemos juntos la forma en que
Jesucristo instruyó a Sus Apóstoles,
clara y directamente, al principio
de Su ministerio
terrenal: “...Venid en pos de mí,
y os haré pescadores de hombres” (Mateo
4:19). Ése fue también el principio
del
ministerio de los Doce Apóstoles y
supongo que deben de haber sentido
que no estaban a la altura del llamamiento.
Pienso que el Salvador mismo nos enseña
con esto una lección sobre la doctrina
y el orden de prioridades fundamentales
de la vida. De manera personal, debemos
seguirlo primeramente y, al hacerlo,
el Salvador nos bendecirá más allá
de nuestra propia capacidad para que
lleguemos a ser lo que Él quiere que
seamos.
El seguir a Cristo es parecernos más
a Él, aprender de Su carácter. Por
ser hijos espirituales de nuestro
Padre Celestial, tenemos el potencial
de incorporar en nuestra vida y en
nuestro carácter los atributos semejantes
a los de Cristo. |
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Para
aprender Su evangelio, el Salvador
nos invita a vivir Sus enseñanzas.
El seguirlo implica aplicar principios
correctos y luego ver por nosotros
mismos las bendiciones que se reciban.
Ese proceso es, al mismo tiempo, muy
complejo y muy sencillo. Los profetas
antiguos y los modernos lo han descrito
con tres palabras: “Guardar los mandamientos”;
nada más ni nada menos.
El cultivar los atributos de Cristo
en nuestra vida no es tarea fácil,
en especial cuando dejamos de concentrarnos
en pensamientos y situaciones idealistas
y enfrentamos la realidad de la vida.
La prueba consiste en poner en práctica
lo que profesamos, y así sabremos
si hemos cultivado o no esos atributos
y si se manifiestan en nuestro modo
de vivir, ya sea como esposo o esposa,
como padre o madre, como hijo o hija,
en nuestras relaciones de amistad,
en nuestro empleo, en nuestro negocio
y en nuestros pasatiempos.
A medida que aumentemos nuestra capacidad
de obrar “con toda santidad ante [Él]”
(D. y C. 43:9), podremos reconocer
nuestro progreso, al igual que lo
reconocerán las personas que nos rodean. |
En
las Escrituras se describe una serie
de atributos de Cristo que debemos
cultivar a lo largo de la vida; entre
ellos se
incluye el conocimiento y la humildad,
la caridad y el amor, la obediencia
y la diligencia, la fe y la esperanza
(véase D. y C. 4:5–6). Esas cualidades
personales de carácter son independientes
del tipo de organización de nuestra
unidad de la Iglesia, de nuestras
circunstancias económicas, de nuestra
situación familiar, cultura, raza
o idioma. Los atributos de Cristo
son dones de Dios y no pueden cultivarse
sin Su ayuda.
La confianza en Su poder
La ayuda particular que todos necesitamos
se nos da generosamente por medio
de la expiación de Jesucristo. El
tener fe en Jesucristo y en Su expiación
significa confiar completamente en
Él, fiarnos de Su poder, inteligencia
y amor infinitos.
Si ejercitamos nuestro albedrío con
rectitud, recibiremos los atributos
propios de Cristo. La fe en Jesucristo
conduce a la acción. Cuando tenemos
fe en Él, significa que confiamos
en el Señor lo suficiente para seguir
Sus mandamientos, aun cuando no entendamos
completamente las razones por las
que se nos den. Al procurar parecernos
más al Salvador, es necesario que
con regularidad evaluemos nuestra
vida y que confiemos, mediante el
camino del verdadero arrepentimiento,
en los méritos de Jesucristo y en
las bendiciones de Su expiación.
El cultivar los atributos de Cristo
puede ser un proceso doloroso; debemos
estar listos para aceptar la dirección
y la corrección del Señor y de Sus
siervos. A través de las conferencias
mundiales regulares de la Iglesia,
por ejemplo, con su música y palabra
hablada, sentimos y recibimos fuerza
espiritual, guía y bendiciones “de
lo alto” (D. y C. 43:16).
Es una oportunidad en que la voz de
la inspiración y de la revelación
personales llevará paz a nuestra alma
y nos enseñará a volvernos más como
Cristo. Esa voz será tan apacible
como la de un amigo querido y colmará
nuestras almas cuando nuestro corazón
sea suficientemente contrito.
Cuando seamos más semejantes al Salvador,
aumentará nuestra capacidad de abundar
“en esperanza por el poder del Espíritu
Santo” (Romanos 15:13), y “desechar[emos]
las cosas de este mundo y buscar[emos]
las de uno mejor” (D. y C. 25:10).
Esto me lleva a la analogía aerodinámica
a la que hice referencia. Hablé del
concentrarse en lo básico. Los atributos
de Cristo son lo básico; son los principios
fundamentales que crearán “el viento
que impulse nuestras alas”. Al cultivar
los atributos de Cristo en nosotros
mismos, paso a paso, nos llevarán
“como en alas de águila” (D. y C.
124:18).
Nuestra fe en Jesucristo nos dará
el poder y un fuerte impulso hacia
delante; nuestra esperanza inalterable
y activa proporcionará un potente
impulso ascendente, y tanto la fe
como la esperanza nos llevarán a través
de océanos de tentaciones, sobre montañas
de aflicción, y nos llevarán de nuevo
a salvo a nuestro hogar y destino
eternos. ■ |
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| NOTAS |
1. Citado por John
Taylor en “The Organization of the
Church”, Millennial Star, 15 de noviembre
de 1851, pág. 339.
2. Carta de la Primera Presidencia,
1º de diciembre de 1999.
3. Véase “Para siempre Dios esté con
vos”, Liahona, enero de 2002, pág.
105 |
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