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Mensajes de
La Primera Presidencia
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Estas
palabras del
Señor son verídicas
para los misioneros y
para todos nosotros:
“Y ahora, si vuestro
gozo será grande
con un alma que me
hayáis traído al reino
de mi Padre, ¡cuán
grande no será vuestro gozo si me trajereis muchas
almas!”. |
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| Cuando
inviten a otras personas a tomar la decisión de
recibir las enseñanzas de los misioneros, podrán
expresarles su testimonio de que éstos les enseñarán
la verdad y que las opciones que ofrecen conducen
a la felicidad. |
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Debemos
tener la fe de que nos es posible
amar y sentir que el
Evangelio ha cambiado
nuestra vida hasta el punto de que nuestra invitación
se escuche como proveniente del
Maestro, puesto que
de Él proviene.
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| Mensaje de La
Primera Presidencia |
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Elevemos
nuestra voz
de amonestación
POR
EL PRESIDENTE HENRY
B. EYRING
Liahona,
enero 2009, págs. 3 – 7 |
|
| Por
lo bondadoso que es el Señor, Él
llama a Sus siervos para que adviertan
a la gente sobre los peligros. Ese
llamado
a amonestar se hace más difícil
por el hecho de que las advertencias
más importantes son sobre peligros
que las personas aún no consideran
reales. Recordemos a Jonás que,
al principio, huyó del llamado del
Señor para que amonestara a la gente
de Nínive, a la que el pecado había
enceguecido con respecto al peligro;
él sabía que a través de las épocas
los inicuos habían rechazado a los
profetas e incluso a veces los habían
matado. No obstante, cuando siguió
adelante con fe, el Señor lo bendijo
con protección y con éxito.
Nosotros también podemos aprender
de las experiencias que tengamos
por ser padres y por ser hijos.
Los que somos padres hemos sentido
la angustia de percibir un riesgo
que nuestros hijos todavía no pueden
ver. Pocas oraciones son tan fervientes
como las de un padre que suplica
saber cómo convencer a un hijo para
que se aparte del peligro. La mayoría
de nosotros ha tenido la bendición
de escuchar y obedecer la voz de
advertencia de uno de nuestros padres.
Todavía recuerdo a mi madre hablándome
suavemente un sábado por la tarde
cuando, siendo yo un niño, le pedí
permiso para hacer algo que yo pensaba
que era perfectamente razonable
pero que ella sabía que era peligroso.
Todavía me asombra el poder que
recibió, estoy seguro que del Señor,
para hacerme cambiar de idea con
tan pocas palabras. Según lo que
recuerdo, las palabras fueron éstas:
“Bueno, supongo que podrías hacerlo,
pero tú tienes que tomar la decisión”.
La única advertencia estuvo en el
énfasis que dio a las palabras podrías
y decisión. Sin embargo, aquello
fue suficiente para mí.
El poder para advertirme con tan
pocas palabras procedía de tres
aspectos de ella que yo conocía:
Primero, sabía que me
amaba. Segundo, sabía que había
enfrentado situaciones similares
y había sido bendecida por haber
tomado la decisión correcta. Y tercero,
me había comunicado su firme testimonio
de que la decisión que yo debía
tomar era tan importante que el
Señor me haría saber lo que debía
hacer si se lo preguntaba.
Amor, ejemplo y testimonio, ésas
fueron las claves aquel día, y lo
han seguido siendo, siempre que
he sido bendecido por escuchar la
amonestación de un siervo del Señor
y luego obedecerla.
La habilidad para llegar a otras
personas con nuestra voz de advertencia
es un asunto de importancia para
todos los que somos discípulos de
Jesucristo por convenio. Éste es
el mandato que se ha dado a cada
uno de los miembros de La Iglesia
de Jesucristo de los Santos de los
Últimos Días: “He aquí, os envié
para testificar y amonestar al pueblo,
y conviene que todo hombre que ha
sido amonestado, amoneste a su prójimo”
(D. y C. 88:81).
Nuestro deber de amonestar
El deber de advertir a nuestro prójimo
recae sobre todos los que hemos
aceptado el convenio del bautismo.
Debemos hablar del Evangelio con
nuestros amigos y familiares que
no son miembros, con el propósito
de invitarlos a permitir que los
misioneros de tiempo completo les
enseñen, porque han sido llamados
y apartados con ese objeto.
Cuando una persona ha decidido aceptar
nuestra invitación de que se le
enseñe, se ha creado así una “referencia”
muy prometedora, alguien que tiene
mucho más probabilidad de entrar
en las aguas bautismales y de permanecer
fiel.
Por ser miembros de la Iglesia,
pueden estar seguros de que los
misioneros de tiempo completo o
los del barrio o de la rama les
pedirán que les den la oportunidad
de ayudarles a hacer una lista de
las personas con las cuales ustedes
querrían compartir el Evangelio;
tal vez les sugieran que piensen
en sus parientes, vecinos y conocidos.
Quizás les pidan que fijen una fecha
en la cual ustedes tratarán de tener
preparada a la persona o a la familia
para esa enseñanza. Yo he tenido
esa experiencia. Debido a que nuestra
familia aceptó esa propuesta de
los misioneros, tuve la bendición
de bautizar a una viuda de más de
ochenta años a quien las hermanas
misioneras habían enseñando.
Cuando le puse las manos sobre la
cabeza para confirmarla miembro
de la Iglesia, sentí la impresión
de decirle que su decisión de bautizarse
bendeciría a generaciones de su
familia, tanto las anteriores como
las posteriores a ella. Aun después
de su fallecimiento, pude estar
en el templo con su hijo cuando
se selló a ella.
Tal vez ustedes hayan tenido esas
experiencias con personas a las
que hayan invitado para que se les
enseñe, y sepan que pocos momentos
de la vida son más agradables que
ésos. Estas palabras del Señor son
verídicas para los misioneros y
para todos nosotros:
“Y ahora, si vuestro gozo será grande
con un alma que me hayáis traído
al reino de mi Padre, ¡cuán grande
no será vuestro gozo si me trajereis
muchas almas!” (D. y C. 18:16).
Los misioneros nos ayudarán y animarán,
pero la frecuencia con que se repitan
esos momentos en la pila bautismal
y en el
templo dependerá en su mayor parte
de la forma en que contemplemos
el mandato que hemos recibido y
de lo que decidamos hacer al respecto.
El Señor no habría empleado el verbo
amonestar si no hubiera peligro;
sin embargo, no muchos de nuestros
conocidos lo presienten; han aprendido
a pasar por alto la creciente evidencia
de que la sociedad se está desintegrando
y que su vida y la de su familia
carece de la paz que en una época
consideraron posible tener. Esa
disposición a hacer caso omiso de
las señales de peligro puede contribuir
a que ustedes piensen: “¿Por qué
voy a hablar del Evangelio a quienes
se muestran contentos con lo que
tienen? ¿Qué peligro hay para ellos
o para mí si no hago ni digo nada?”
Sí, puede ser difícil distinguir
el peligro, pero es real, tanto
para ellos como para nosotros. Por
ejemplo, en el mundo venidero
habrá un momento en que toda persona
a quien hayan conocido en esta vida
sabrá lo que ustedes saben ahora.
Sabrá que la única manera de vivir
para siempre en la relación familiar
y en la presencia de nuestro Padre
Celestial y de Su Hijo Jesucristo
es decidirse a entrar por la puerta
por medio del bautismo de manos
de los que poseen la autoridad de
Dios; sabrá que la única forma en
que las familias pueden estar juntas
para siempre es aceptar y guardar
los convenios sagrados que se ofrecen
en los templos de Dios en esta tierra.
Y sabrá que ustedes lo sabían. Y
recordará si le ofrecieron o no
lo que alguien les había ofrecido
a ustedes.
Es fácil decir: “Éste no es un buen
momento”. Pero esa negligencia presenta
un peligro.
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| Hace
años, en California, fui empleado
de un hombre; él me dio trabajo, fue
bondadoso conmigo y parecía tenerme
en alta estima. Yo debo de haber sido
el único Santo de los Últimos Días
que él haya conocido bien. No sé cuántas
razones encontré para esperar a que
llegara el mejor momento de hablarle
del Evangelio; sólo recuerdo mi sentimiento
de pesar cuando, después de que se
había jubilado y yo me había mudado
a otra parte, supe que él y su esposa
habían muerto en un accidente automovilístico
mientras viajaban una noche, ya tarde,
hacia su hogar en Carmel, California.
Él amaba a su esposa, amaba a sus
hijos, había amado a sus padres. |
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Amaba
a los nietos y amará a los hijos de
éstos y querrá estar con ellos para
siempre.
No sé cómo se procederá con las multitudes
en el mundo venidero, pero me imagino
que me encontraré con él, que me mirará
fijo a los ojos y que en su mirada
veré la pregunta: “Hal, tú lo sabías.
¿Por qué no me lo dijiste?”.
Al pensar en él y también en la viuda
a quien bauticé y en su familia, que
ahora estarán sellados a ella y los
unos a los otros, siento que debo
mejorar. Quiero aumentar mi facultad
de animar a las personas a que se
dejen enseñar; con ese deseo y con
fe de que Dios nos ayudará, mejoraremos.
El amor es lo primero
El amor debe ser siempre lo primero.
Un único acto de bondad raramente
será suficiente. El Señor describió
el tipo de amor que debemos sentir
y que deben reconocer aquellos a quienes
invitemos a escuchar, con estas palabras:
“El amor es sufrido” y “todo lo sufre,
todo lo cree, todo lo espera, todo
lo soporta” (1 Corintios 13:4, 7).
He visto lo que significa “es sufrido”
y “todo lo soporta”. Una familia se
mudó a una casa cercana a la nuestra;
la casa era nueva, por lo que formé
parte del grupo de Santos de los Últimos
Días que pasamos unas cuantas tardes
arreglándoles el jardín. Recuerdo
que la última tarde, mientras me encontraba
junto al padre de familia después
de haber terminado, observando nuestro
trabajo él nos dijo: “Éste es el tercer
jardín que ustedes los mormones nos
han hecho, y creo que es el mejor”.
Luego, con voz serena pero firme,
procedió a hablar de la gran satisfacción
que sentía por ser miembro de su iglesia;
esta conversación se repitió varias
veces en los años en que vivieron
allí.
Durante todo ese tiempo, los actos
de bondad que se realizaron por él
y su familia nunca cesaron, porque
los vecinos llegaron a quererlos de
verdad. Una tarde, al llegar a casa,
noté un camión en la entrada del garaje;
me había enterado de que se mudaban
a otro estado y me acerqué a ver si
podía ayudar en algo. No reconocí
al hombre que estaba cargando muebles
en el camión, pero al acercarme, me
saludó diciendo: “¿Cómo le va, hermano
Eyring?”. No lo había reconocido de
adulto: era el hijo que había vivido
allí, pero se había casado y mudado
a otro lugar. Y debido al amor que
muchos le demostraron, él era ya un
miembro bautizado de la Iglesia. No
sé cómo termina esa historia porque
no tendrá fin, pero sé que empezó
con el amor.
Segundo, tendremos que ser mejores
ejemplos de las acciones que invitamos
que otras personas lleven a cabo.
En un mundo que se está oscureciendo,
este mandamiento del Salvador será
cada vez más importante: “Así alumbre
vuestra luz delante de los hombres,
para que vean vuestras buenas obras,
y glorifiquen a vuestro Padre que
está en los cielos” (Mateo 5:16).
La mayoría de nosotros somos modestos
y pensamos que nuestra pequeña luz
de ejemplo debe de ser demasiado tenue
para dejarse ver. Pero a ustedes y
a su familia se les observa más de
lo que quizás se den cuenta. Hace
un tiempo tuve la oportunidad de asistir
a algunas reuniones y dirigir la palabra
a casi trescientos ministros y líderes
de otras iglesias. Traté de hablar
a solas con todos los que me fue posible
hacerlo y les pregunté a qué se debía
que hubieran prestado tanta atención
a mi mensaje, el que trataba de los
orígenes de la Iglesia, de la Primera
Visión del jovencito José Smith y
de los profetas vivientes. En todos
los casos, me dieron esencialmente
la misma respuesta: me hablaron de
una persona o de una familia de miembros
de la Iglesia a quienes habían conocido.
Con frecuencia decían: “Era la mejor
familia que he conocido en mi vida”.
Muchas veces se refirieron a alguna
obra comunitaria o a labores de auxilio
en casos de desastre en los cuales
los miembros de la Iglesia se destacaron
por su trabajo.
Las personas a las que conocí en aquellas
reuniones todavía no habían llegado
a reconocer la verdad de la doctrina,
pero habían visto sus frutos en la
vida de los miembros y por eso estaban
dispuestos a escuchar. Tenían la disposición
de oír las verdades de la Restauración:
que las familias pueden estar selladas
para siempre y que el Evangelio puede
cambiar nuestra naturaleza misma.
Estaban listos para escuchar debido
a los ejemplos de ustedes.
En tercer lugar, lo que debemos hacer
mejor es extender la invitación acompañada
de un testimonio. El amor y el ejemplo
abrirán el camino, pero aun así debemos
abrir la boca y expresar el testimonio.
Hay una sencilla realidad que nos
ayuda: la verdad y la opción de decidir
están inseparablemente conectadas;
hay algunas decisiones que todos los
hijos de nuestro Padre Celestial deben
tomar a fin de hacerse merecedores
de recibir el testimonio de las verdades
espirituales; y una vez que conocemos
una de esas verdades, debemos decidir
si conformamos o no nuestra vida a
esa verdad. Cuando ofrecemos el testimonio
de la verdad a nuestros seres queridos
o amigos, debemos hacerles saber las
decisiones que tienen que tomar una
vez que ellos mismos la conozcan.
Hay dos ejemplos importantes de ello:
el de animar a una persona a leer
el Libro de Mormón y el de animarla
a dejar que los misioneros le enseñen.
Para saber si el Libro de Mormón es
verdadero, debemos leerlo y tomar
la decisión que se nos sugiere en
Moroni: orar para saber si es verdad
(véase Moroni 10:3–5).
Después de hacer eso, estaremos en
condiciones de testificar a nuestros
amigos, por experiencia propia, que
ellos también pueden tomar la misma
decisión y saber la verdad.
A continuación, sabiendo que el Libro
de Mormón es la palabra de Dios, se
enfrentarán a otra decisión: aceptar
o no la invitación que les han hecho
de recibir a los misioneros para que
les enseñen. A fin de extender esa
invitación acompañada de un testimonio,
ustedes deben saber que los misioneros
son llamados como siervos de Dios.
Pueden adquirir ese testimonio al
invitarlos a su casa para que enseñen
a sus familiares o amigos; los misioneros
quedarán contentos con esa oportunidad.
Si se sientan con ellos mientras enseñan,
como yo lo he hecho, sabrán que son
inspirados con poder que va más allá
de su edad y su educación. Entonces,
cuando inviten a otras personas a
quienes seleccionen
para que ellos les enseñen, podrán
expresarles su testimonio de que los
misioneros les enseñarán la verdad
y que las opciones que ofrecen conducen
a la felicidad. |
Se
nos da la seguridad
Tal vez a algunos nos resulte difícil
creer que nuestro amor alcanza o que
nuestra vida es bastante buena o que
el poder de nuestro testimonio es
suficiente para que nuestros vecinos
acepten la invitación. El Señor sabía
que nos sentiríamos así; fíjense en
Sus alentadoras palabras que Él mandó
que se pusieran al principio de Doctrina
y Convenios cuando nos dio la responsabilidad:
“Y la voz de amonestación irá a todo
pueblo por boca de mis discípulos,
a quienes he escogido en estos
últimos días” (D. y C. 1:4). Y fíjense
después en Su descripción de los requisitos
que deben reunir esos discípulos,
o sea, nosotros: “Lo débil del mundo
vendrá y abatirá lo fuerte y poderoso”
(D. y C. 1:19). Y un poco más adelante:
“para que la
plenitud de mi evangelio sea proclamada
por los débiles y sencillos hasta
los cabos de la tierra” (D. y C. 1:23).
Y de nuevo: “y para que cuando fuesen
humildes, fuesen fortalecidos y bendecidos
desde lo alto” (D. y C. 1:28). Esa
seguridad se dio a los primeros misioneros
de la Iglesia y a los de nuestros
días, pero también se nos da a todos
nosotros.
Debemos tener la fe de que nos es
posible amar y sentir que el Evangelio
ha cambiado nuestra vida hasta el
punto de que nuestra invitación se
escuche como proveniente del Maestro,
puesto que de Él proviene.
Él es el ejemplo perfecto de lo que
debemos hacer. Han sentido ya Su amor
y la forma en que se ha ocupado de
ustedes aun cuando no le respondían,
del mismo modo que tal vez no respondan
aquellos a quienes ustedes les presenten
el Evangelio. |
Una
y otra vez Él los ha invitado a ustedes
a dejar que Sus siervos les enseñen;
tal vez no hayan reconocido esa invitación
en las visitas de los maestros orientadores
o de las maestras visitantes o en
una llamada telefónica del obispo,
pero de esa manera Él los ha invitado
a dejarse ayudar y enseñar. Y el Señor
siempre pone en claro las consecuencias
para luego permitirnos que decidamos
por nosotros mismos.
Lo que Lehi, siervo del Señor, enseñó
a sus hijos ha sido siempre verdadero
para todos nosotros: “Y ahora bien,
hijos míos, quisiera que confiaseis
en el gran Mediador y que escuchaseis
sus grandes mandamientos; y sed fieles
a sus palabras y escoged la vida eterna,
según la voluntad de su Santo Espíritu”
(2 Nefi 2:28).
Además, recibimos de Jacob esta exhortación
para que cumplamos nuestra obligación
de testificar, tal como debemos hacerlo,
de que la decisión de dejarse enseñar
por los misioneros es la decisión
de entrar en el camino que conduce
a la vida eterna, el más grande de
todos los dones de Dios: “Anímense,
pues, vuestros corazones, y recordad
que sois libres para obrar por vosotros
mismos, para escoger la vía de la
muerte interminable, o la vía de la
vida eterna” (2 Nefi 10:23). |
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| Testifico
que sólo el hecho de aceptar y vivir
el Evangelio restaurado de Jesucristo
brinda la paz que el Señor promete
en esta vida y la esperanza de la
vida eterna en el mundo por venir.
Testifico que se nos ha dado el privilegio
y la obligación de ofrecer a los hijos
de nuestro Padre Celestial, que son
nuestros hermanos y hermanas, la verdad
y las decisiones que llevan a esas
bendiciones. Jesús es el Cristo, Él
vive, y ésta es Su obra. ◼ |
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