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Mensajes de
La Primera Presidencia
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| Por
el poder universal
del Espíritu Santo,
sentí en el corazón
y en la mente que
aquello era verdad,
que José Smith vio a
Dios y a Jesucristo,
y escuchó Sus voces.
Creí entonces en el
testimonio de José
Smith de aquella
gloriosa experiencia
en la Arboleda Sagrada, y ahora
sé sin duda que es
verdad. |
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| Así
es como laPrimera
Visión de José Smith nos bendice personalmente,
bendice a las familias
y finalmente a toda la familia humana: llegamos
a creer en Jesucristo por el testimonio del profeta
José Smith. |
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La
fe en Jesucristo
y el testimonio de
Él y de Su expiación
universal no son sólo una doctrina de gran valor
teológico; esa fe es un don universal y
glorioso, para todas
las regiones culturales
de esta tierra, sin distinción de raza, color,
idioma,
nacionalidad ni circunstancias
socioeconómicas.
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| Mensaje de La
Primera Presidencia |
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Los
preciados frutos
de la Primera Visión
POR EL PRESIDENTE DIETER
F. UCHTDORF
Liahona,
febrero 2009, págs. 3 – 6 |
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| En
mis años de crecimiento en Alemania,
asistía a la Iglesia en muchas localidades
y circunstancias diferentes: en
humildes habitaciones de la parte
de atrás de una casa, en hermosas
mansiones y en capillas funcionales
y modernas. Todos esos edificios
tenían un importante factor común:
el Espíritu de Dios estaba presente
en ellos y se sentía el amor del
Salvador cuando nos reuníamos como
familia de la rama o del barrio.
En la capilla de Zwickau había un
viejo órgano neumático y todos los
domingos se asignaba a uno de los
jóvenes para mover de arriba abajo
la dura palanca que operaba los
fuelles a fin de que el órgano funcionara.
Incluso antes de recibir el Sacerdocio
Aarónico, de vez en cuando tuve
el gran privilegio de ayudar en
aquella importante tarea.
Mientras la congregación cantaba
nuestros hermosos himnos de la Restauración,
yo movía la palanca con todas mis
fuerzas para que no le faltara aire
al instrumento. Los ojos de la organista
me indicaban claramente si lo que
hacía estaba bien o si debía aumentar
mis esfuerzos en seguida. Siempre
me sentí honrado por la importancia
de esa asignación y por la confianza
que la organista depositaba en mí;
el tener aquella responsabilidad
y ser parte de esta gran obra me
daba un maravilloso sentimiento
de satisfacción.
Había otro beneficio que acompañaba
la asignación: el que operaba los
fuelles se sentaba en un lugar desde
donde se veía el vitral que adornaba
el frente de la capilla y que era
una representación de la Primera
Visión, con José Smith arrodillado
en la Arboleda Sagrada mirando hacia
el cielo a un pilar de luz.
Mientras la congregación cantaba
los himnos e incluso durante los
discursos y testimonios de los miembros,
muchas veces contemplaba esa representación
de uno de los momentos más sagrados
de la historia del mundo. En mi
imaginación veía a José recibir
conocimiento, testimonio e instrucciones
al convertirse en un bendito instrumento
en la mano de nuestro Padre Celestial.
Sentía un espíritu especial cuando
contemplaba en aquella ventana esa
bella escena, que tuvo lugar en
un bosque sagrado, de un muchachito
creyente que tomó la valerosa decisión
de orar fervientemente a nuestro
Padre Celestial, un Padre que lo
escuchó y le respondió con amor.
El
testimonio del Espíritu
Ahí estaba yo, un jovencito en la
Alemania de posguerra, viviendo
en una ciudad en ruinas, a miles
de kilómetros de Palmyra, Nueva
York, en Norteamérica, y más de
cien años después que el acontecimiento
había tenido lugar. Por el poder
universal del Espíritu Santo, sentí
en el corazón y en la mente que
aquello era verdad, que José Smith
vio a Dios y a Jesucristo, y escuchó
Sus voces. A esa tierna edad, el
Espíritu de Dios confortó mi alma
con una certeza de aquel sagrado
momento que dio como resultado el
comienzo de un movimiento mundial
destinado a “rodar, hasta que llene
toda la tierra” (D. y C. 65:2).
Creí entonces en el testimonio de
José Smith de aquella gloriosa experiencia
en la Arboleda Sagrada, y ahora
sé sin duda que es verdad.
|
¡Dios
ha vuelto a hablar a la humanidad!
Al rememorar aquella época, estoy
muy agradecido por los muchos amigos
que me
ayudaron en la adolescencia a obtener
el testimonio de la Iglesia restaurada
de Jesucristo.
Al principio, tenía una fe sencilla
en lo que ellos me atestiguaban; después
recibí el testimonio divino del Espíritu
en la mente y en el corazón. José
Smith se encuentra entre aquellos
cuyo testimonio de Cristo me ayudó
a desarrollar el mío del Salvador.
Antes de reconocer la influencia del
Espíritu testificándome que José era
un profeta de Dios, mi joven corazón
sintió que era un amigo de Dios y
que, por lo tanto, sería naturalmente
mi amigo; sabía que podía confiar
en José Smith.
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Las
Escrituras nos enseñan que los dones
espirituales se dan a los que piden
a Dios, lo aman y guardan Sus mandamientos
(véase D. y C. 46:9).
“…no a todos se da cada uno de los
dones; pues hay muchos dones, y a
todo hombre le es dado un don por
el Espíritu de Dios.
“A algunos les dado uno y a otros
otro, para que así todos se beneficien”
(D. y C. 46:11–12).
Hoy día sé que el testimonio de mi
juventud recibió gran beneficio del
testimonio del profeta José Smith
y de los muchos
amigos de la Iglesia que sabían por
“el Espíritu Santo… que Jesucristo
es el Hijo de Dios, y que fue crucificado
por los
pecados del mundo” (D. y C. 46:13).
Sus buenos ejemplos, su amor incondicional
y sus manos serviciales me bendijeron
para que, a medida que anhelaba más
luz y verdad, recibiera otro don especial
del Espíritu que se describe en las
Escrituras: “a otros les es dado creer
en las palabras de aquéllos, para
que también tengan vida eterna, si
continúan fieles” (D. y C. 46:14).
¡Qué don maravilloso y preciado es
éste! |
El
don de la fe
Si somos sinceramente humildes, seremos
bendecidos con este don de fe y esperanza
en las cosas que no se ven pero que
son verdaderas (véase Alma 32:21).
Si aun cuando sólo tengamos un deseo
de creer, experimentamos con las palabras
de las Escrituras y de los profetas
vivientes, y no resistimos al Espíritu
del Señor, nuestra alma se verá ensanchada
y nuestro entendimiento se iluminará
(véase Alma 32:26–28). |
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El
Salvador mismo explicó claramente
a todo el mundo ese principio misericordioso
en Su grandiosa oración intercesora,
que pronunció no sólo por Sus Apóstoles
sino por todos los santos, incluso
por nosotros los de la actualidad,
dondequiera que vivamos. En ella
dijo:
“Mas no ruego solamente por éstos,
sino también por los que han de
creer en mí por la palabra de ellos,
“para que todos sean uno; como tú,
oh Padre, en mí, y yo en ti, que
también ellos sean uno en nosotros;
para que el mundo crea
que tú me enviaste” ( Juan 17:20–21;
cursiva agregada).
Así es como la Primera Visión de
José Smith nos bendice personalmente,
bendice a las familias y finalmente
a toda la familia humana: llegamos
a creer en Jesucristo por el testimonio
del profeta José Smith. A lo largo
de la historia de la humanidad,
los profetas y apóstoles han tenido
manifestaciones divinas similares
a la que tuvo José. Moisés vio a
Dios cara a cara y aprendió que
él era uno de Sus hijos “a semejanza
de [Su] Unigénito” (Moisés 1:6).
El apóstol Pablo testificó que Jesucristo
resucitado apareció ante él en su
camino a Damasco (véase Hechos 26:9–23);
esa experiencia lo llevó a convertirse
en uno de los grandes misioneros
del Señor. |
Durante
el juicio en Cesarea, al oír el testimonio
de Pablo de su visión celestial, el
poderoso rey Agripa admitió lo siguiente:
“…Por poco me persuades a ser cristiano”
(Hechos 26:28).
Hubo también muchos otros profetas
de la antigüedad que expresaron un
potente testimonio de Cristo.
Todas esas manifestaciones, las antiguas
y las modernas, conducen a los creyentes
hacia la fuente divina de toda rectitud
y esperanza: a Dios, nuestro Padre
Celestial, y a Su Hijo, Jesucristo.
Dios ha hablado a José Smith con el
propósito de bendecir a todos Sus
hijos con Su misericordia y amor,
aun en tiempos de incertidumbre e
inseguridad, de guerras y rumores
de guerras, de desastres naturales
y personales. El Salvador dice: “…He
aquí, mi brazo de misericordia se
extiende hacia vosotros; y a cualquiera
que venga, yo lo recibiré” (3 Nefi
9:14). Y a todos los que acepten esa
invitación, los circundará “la incomparable
munificencia de su amor” (Alma 26:15).
Por medio de nuestra fe en el testimonio
personal del profeta José y en la
realidad de la Primera Visión, y por
el estudio y la oración profundos
y sinceros, seremos bendecidos con
una fe firme en el Salvador del mundo,
que habló a José en “la mañana de
un día hermoso y despejado, a principios
de la primavera de 1820” ( José Smith—Historia
1:14).
La fe en Jesucristo y el testimonio
de Él y de Su expiación universal
no son sólo una doctrina de gran valor
teológico; esa fe es un don universal
y glorioso, para todas las regiones
culturales de esta tierra, sin distinción
de raza, color, idioma, nacionalidad
ni circunstancias socioeconómicas.
A fin de entender ese don, se puede
emplear la facultad del razonamiento,
pero los que sienten más profundamente
sus efectos son los que están dispuestos
a aceptar sus bendiciones, las cuales
se reciben por seguir el sendero del
verdadero arrepentimiento y de la
obediencia a los mandamientos de Dios. |
Gratitud
por el Profeta
Al recordar y honrar al profeta José
Smith, mi corazón se extiende hacia
él con gratitud. Fue un joven bueno,
honrado, humilde, inteligente y valeroso,
con un corazón de oro y una fe inalterable
en Dios; y tenía integridad. En respuesta
a
su oración humilde, los cielos se
abrieron nuevamente. José Smith ciertamente
había visto una visión; él lo sabía
y sabía que Dios lo sabía, y no podía
negarlo (véase José Smith—Historia
1:25).
Gracias a su obra y a su sacrificio,
ahora tengo una verdadera comprensión
de nuestro Padre Celestial y de Su
Hijo, nuestro Redentor y Salvador,
Jesucristo; siento el poder del Espíritu
Santo y conozco el plan del Padre
Celestial para nosotros, Sus hijos.
En mi opinión, éstos son realmente
los frutos de la Primera Visión.
Estoy agradecido porque a una edad
temprana fui bendecido con la fe sencilla
de que José Smith era un profeta de
Dios y que vio en una visión a Dios
el Padre y a Su Hijo, Jesucristo.
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José
Smith tradujo el Libro de Mormón por
el don y el poder de Dios. He recibido
una y otra vez la confirmación de
ese testimonio.
Testifico que en verdad Jesucristo
vive, que Él es el Mesías. Tengo un
testimonio personal de que Él es el
Salvador y Redentor de toda la humanidad,
y éste es un conocimiento que recibí
por la paz y el poder inefable del
Espíritu de Dios, y el deseo de mi
corazón y de mi mente es ser puro
y fiel en Su servicio ahora y para
siempre. ◼ |
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