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Mensajes de
La Primera Presidencia
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Al
enfrentar un gran
peligro, Alma decidió
intentar primero lo
espiritual para fortalecer a su gente: “Y como
la predicación de la palabra tenía
gran propensión a
impulsar a la gente
a hacer lo que era
justo… por tanto,
Alma consideró prudente que pusieran a prueba
la virtud de
la palabra de Dios”. |
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El
mejor momento
para enseñarles es
a temprana edad,
mientras los niños todavía son inmunes a
las tentaciones de su
enemigo mortal y mucho antes de que sea más difícil
para ellos oír las palabras de la verdad en medio
del tumulto de sus
luchas personales. |
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| Mensaje de La
Primera Presidencia |
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Enseñemos
la doctrina verdadera
POR EL HENRY B. EYRING
Liahona,
abril 2009, págs. 3 – 7 |
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Desde
antes de que el mundo fuera creado
ha habido una guerra entre la luz
y las tinieblas, entre el bien y
el mal; la batalla continúa encarnizada,
y las pérdidas que causa van en
aumento. Todos tenemos miembros
queridos de la familia que están
recibiendo golpes de las fuerzas
del destructor, que quiere hacer
que todos los hijos de Dios sean
miserables; por esa causa, muchos
de nosotros hemos pasado noches
sin dormir. Hemos tratado de agregar
toda fuerza posible para el bien
a los poderes que se arremolinan
alrededor de las personas en peligro;
las hemos amado; les hemos dado
el mejor ejemplo que pudimos; hemos
suplicado por ellas en nuestras
oraciones. Hace mucho tiempo, un
sabio profeta nos dio un consejo
sobre otra fuerza que quizás subestimemos
y, por lo tanto, no utilicemos mucho.
Alma era el líder de un pueblo que
enfrentaba la destrucción a manos
de enemigos feroces. En medio de
ese peligro, él no podía hacerlo
todo solo, así que tuvo que tomar
una decisión.
Habría podido construir fortalezas
o entrenar ejércitos o fabricar
armamentos; pero su única esperanza
de victoria consistía en obtener
ayuda de Dios, y sabía que para
ello la gente tenía que arrepentirse.
Por lo tanto, se decidió por intentar
primero lo espiritual: “Y como la
predicación de la palabra tenía
gran propensión a impulsar a la
gente a hacer lo que era justo —sí,
había surtido un efecto más potente
en la mente del pueblo que la espada
o cualquier otra cosa que les había
acontecido— por tanto, Alma consideró
prudente que pusieran a prueba la
virtud de la palabra de Dios” (Alma
31:5).
Para abrir la mente y el
corazón
La palabra de Dios es la doctrina
que enseñaron Jesucristo y Sus apóstoles.
Alma sabía que las palabras de la
doctrina tienen gran poder, pues
pueden abrir la mente de las personas
para que vean las cosas espirituales
que no son visibles para el ojo
natural; y pueden abrir el corazón
a los sentimientos del amor de Dios
y del amor a la verdad. En la sección
18 de Doctrina y Convenios, al enseñar
Su doctrina a aquellos que Él quería
que le prestaran servicio como misioneros,
el Salvador se sirvió de esas dos
fuentes de poder para abrirnos los
ojos y el corazón. Mientras leen,
piensen en ese joven de su familia
que duda en prepararse para una
misión. Esto es lo que el Maestro
enseñó a dos de Sus siervos y la
forma en que ustedes pueden enseñar
Su doctrina a ese joven a quien
aman: “Y ahora, Oliver Cowdery,
te hablo a ti, y también a David
Whitmer, por vía de mandamiento,
porque he aquí, mando a todos los
hombres en todas partes que se arrepientan;
y os hablo a vosotros, como a Pablo
mi apóstol, porque sois llamados
con el mismo llamamiento que él.
“Recordad que el valor de las almas
es grande a la vista de Dios” (D.
y C. 18:9–10).
Él
empieza por decirles cuánto confía
en ellos; después, atrae hacia Sí
el corazón de ellos, diciéndoles
cuánto aman Su Padre y Él a toda
alma; a continuación, se refiere
al fundamento de Su doctrina y describe
hasta qué extremo tenemos razón
para amarlo a Él: “porque he aquí,
el Señor vuestro Redentor padeció
la muerte en la carne; por tanto,
sufrió el dolor de todos los hombres,
a fin de que todo hombre pudiese
arrepentirse y venir a él.
“Y ha resucitado de entre los muertos,
para traer a todos los hombres a
él, mediante las condiciones del
arrepentimiento.
“¡Y cuán grande es su gozo por el
alma que se arrepiente!” (D. y C.
18:11–13).
Después de enseñarles la doctrina
de Su misión para abrirles el corazón,
les da este mandamiento: “Así que,
sois llamados a proclamar el arrepentimiento
a este pueblo” (D. y C. 18:14).
Y por último, les abre los ojos
para que vean más allá del velo.
Los conduce, y también a nosotros,
a una existencia futura en la que
quizás estemos y que se describe
en el grandioso plan de salvación;
nos habla de relaciones hermosas,
por las que vale la pena dar todo
para disfrutarlas: “Y si acontece
que trabajáis todos vuestros días
proclamando el arrepentimiento a
este pueblo y me traéis aun cuando
fuere una sola alma, ¡cuán grande
será vuestro gozo con ella en el
reino de mi Padre!
“Y ahora, si vuestro gozo será grande
con un alma que me hayáis traído
al reino de mi Padre, ¡cuán grande
no será vuestro
gozo si me trajereis muchas almas!”
(D. y C. 18:15–16).
En esos pocos pasajes Él nos enseña
doctrina para abrirnos el corazón
a Su amor. Y nos enseña doctrina
para abrirnos los ojos, a fin de
que veamos realidades espirituales,
invisibles para cualquier mente
que no esté iluminada por el Espíritu
de la verdad.
Cómo debemos enseñar
La necesidad de abrir el corazón
y la mente de las personas nos indica
la forma en que debemos enseñar
la doctrina; ésta adquiere poder
cuando el Espíritu Santo confirma
que es verdadera. Nosotros nos encargamos
de preparar lo mejor posible a aquellos
a quienes enseñemos para recibir
las silenciosas impresiones de la
voz apacible y delicada. Esto requiere
por lo menos algo de fe en Jesucristo;
requiere por lo menos un poco de
humildad, de disposición a someternos
a la voluntad del Salvador. La persona
a la que quieran ayudar quizás reúna
poco o nada de estos requisitos,
pero ustedes pueden alentarla a
tener el deseo de creer. Aún más,
pueden poner su confianza en otro
de los poderes de la doctrina: La
verdad puede abrirse camino por
sí sola. Tal vez el simple hecho
de oír las palabras de la doctrina
plante la semilla de la fe en el
corazón; e incluso una pequeña semilla
de fe en Jesucristo invita la presencia
del Espíritu.
Nosotros tenemos mayor control de
nuestra propia preparación; nos
deleitamos en la palabra de Dios
que está en las Escrituras y estudiamos
las palabras de los profetas vivientes;
ayunamos y oramos para atraer al
Espíritu a fin de que nos
acompañe y esté con la persona a
quien enseñemos.
Debido a que necesitamos al Espíritu
Santo, debemos tener cuidado de
no enseñar nada más que la doctrina
verdadera.
El Espíritu Santo es el Espíritu
de verdad; su confirmación se logra
evitando las suposiciones y la interpretación
personal, y esto tal vez resulte
difícil. Uno ama a la persona en
la que procura influir y que quizás
no haya hecho caso de la doctrina
que ya haya oído. Es tentador intentar
explicarle algo nuevo o sensacional,
pero logramos la compañía del Espíritu
Santo cuando tomamos la precaución
de enseñar únicamente la doctrina
verdadera.
El hecho de ser sencillos en la
enseñanza es una de las formas más
seguras de no acercarnos siquiera
a la falsa doctrina.
Con esa sencillez, se obtiene seguridad
y no se pierde nada. Lo sabemos
porque el Salvador nos ha dicho
que enseñemos a los niños la doctrina
más importante; fíjense en Su mandato:
“Y además, si hay padres que tengan
hijos en Sión o en cualquiera de
sus estacas organizadas, y no les
enseñen a comprender la doctrina
del arrepentimiento, de la fe en
Cristo, el Hijo del Dios viviente,
del bautismo y del don del Espíritu
Santo por la imposición de manos,
al llegar a la edad de ocho años,
el pecado será sobre la cabeza de
los padres” (D. y C. 68:25).
Es posible enseñar hasta a un niño
a entender la doctrina de Jesucristo;
por lo tanto, con la ayuda de Dios,
es posible enseñar la doctrina salvadora
de forma sencilla.
Empiecen temprano
Los niños nos ofrecen la oportunidad
más grande. El mejor momento de
enseñarles es a temprana edad, mientras
todavía son inmunes a las tentaciones
de su enemigo mortal y mucho antes
de que sea más difícil para ellos
oír las palabras de la verdad en
medio del tumulto de sus luchas
personales. Un sabio padre no perdería
jamás la oportunidad de reunir a
sus hijos para que aprendan la doctrina
de Jesucristo; esos momentos son
escasos en comparación con los esfuerzos
del enemigo. |

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Por cada hora en que el poder de
la doctrina se presente en la vida
de un niño, habrá cientos de horas
de mensajes e imágenes que nieguen
o pasen por alto las verdades salvadoras.
No debemos pensar si estamos demasiado
cansados para prepararnos a enseñar
la doctrina ni preguntarnos si no
sería mejor acercar a nuestro hijo
a nosotros con algo de diversión
o si el niño no estará considerando
que le predicamos demasiado. La
pregunta que debemos hacernos es:
“Con tan poco tiempo y oportunidades,
¿qué palabras de la doctrina debo
enseñarles que los fortifiquen ante
los ataques a su fe que seguramente
les sobrevendrán?”.
Las palabras que ustedes pronuncien
hoy quizás sean las que ellos recuerden.Y
el hoy llegará muy pronto a su fin. |
Los
años pasan, enseñamos la doctrina
lo mejor que podemos y, no obstante,
algunos no responden en absoluto a
nuestra enseñanza.
Eso nos causa dolor. Pero en los registros
de familias que hay en las Escrituras
encontramos esperanza. Piensen en
Alma el joven y en Enós, que en sus
momentos críticos recordaron las palabras
de sus padres, palabras de la doctrina
de Jesucristo (véase Enós 1:1–4; Alma
36:16–19). Y eso los salvó. La enseñanza
que ustedes impartan de esa doctrina
sagrada también se recordará. |
Los
efectos duraderos de la enseñanza
Posiblemente surjan dos dudas en su
mente: tal vez se pregunten si conocen
la doctrina lo suficiente para enseñarla;
y si ya han tratado la enseñanza,
quizás se pregunten por qué no ha
tenido un buen efecto.
En mi propia familia se cuenta la
historia de una joven que tuvo el
valor de comenzar a enseñar la doctrina
cuando apenas se había convertido
y a pesar de tener poca instrucción.
El hecho de que todavía se ven los
efectos que tuvo su enseñanza me da
paciencia para esperar los frutos
de mis propios esfuerzos.
Mary Bommeli era mi bisabuela; no
llegué a conocerla, pero una de sus
nietas la oyó relatar su historia
y la escribió.
Mary nació en 1830. Los misioneros
enseñaron el Evangelio a su familia
en Suiza cuando ella tenía veinticuatro
años; todavía vivía en la casa paterna,
tejía en telar y vendía las telas
para ayudar a mantener a su familia
en la pequeña granja que poseían.
Cuando oyeron la doctrina del evangelio
restaurado de Jesucristo, supieron
que era la verdad y se bautizaron.
Los hermanos de Mary recibieron llamamientos
de misioneros y salieron sin bolsa
ni alforja; el resto de la familia
vendió sus posesiones para trasladarse
a los Estados Unidos y congregarse
con los santos.
No contaban con dinero suficiente
para viajar todos, por lo que Mary
se ofreció a quedarse pues pensaba
que con sus tejidos
podía ganar bastante para mantenerse
y ahorrar para pagarse el pasaje más
adelante.
Se las arregló para llegar hasta Berlín,
a la casa de una señora que la empleó
con el fin de que tejiera telas para
la ropa de la familia; vivía en un
cuarto de la servidumbre e instaló
su telar en la sala de la casa.
En esa época, era ilegal en Berlín
enseñar la doctrina de La Iglesia
de Jesucristo de los Santos de los
Últimos Días; pero Mary
no pudo guardarse para sí las buenas
nuevas, y la dueña de casa y sus amigas
se reunían alrededor del telar para
escuchar lo que les enseñaba la muchacha
suiza. Les hablaba de la aparición
del Padre Celestial y de Jesucristo
a José Smith, de visitas de ángeles
y del Libro de Mormón; al llegar a
los relatos de Alma, les enseñó la
doctrina de la Resurrección.
Eso causó algunos inconvenientes con
su tejido. En aquellos tiempos morían
muchos niños pequeños; a las mujeres
que rodeaban el telar se les habían
muerto hijos, algunas de ellas habían
perdido varios. Cuando Mary les enseñó
la verdad de que los niños pequeños
son herederos del reino celestial
y que esas madres podían volver a
estar con sus hijos y con el Salvador
y nuestro Padre Celestial, todas comenzaron
a llorar; ella también lloró, y todas
aquellas lágrimas cayeron sobre la
tela que Mary había tejido y la mojaron.
Su enseñanza le acarreó un problema
mucho más serio: Aun cuando había
suplicado a las mujeres que no dijeran
nada de lo que les había dicho, ellas
lo hicieron, compartiendo con sus
amigas la hermosa doctrina. Así fue
que una noche llamaron a la puerta
y era la policía, que se llevó a Mary
a la cárcel. |
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En
el camino, ella le preguntó al oficial
el nombre del juez ante el cual
tenía que presentarse a la mañana
siguiente; le preguntó también si
éste tenía familia; le preguntó
si era buen padre y buen marido.
El policía sonrió al describir al
juez como un hombre del mundo.
En la cárcel, Mary pidió papel y
lápiz y le escribió una carta al
juez. Le habló de la resurrección
de Jesucristo, tal como se describe
en el Libro de Mormón, del mundo
de los espíritus y del tiempo que
él tendría para pensar y sopesar
su vida antes de enfrentarse al
juicio final. Le decía que sabía
que él tenía mucho de qué arrepentirse,
lo cual iba a causar mucho pesar
a su familia y a él también.
Escribió toda la noche y, al llegar
la mañana, le pidió al policía que
llevara la carta al juez, y él así
lo hizo.
|
Más tarde, el juez mandó llamar al
policía a su despacho.
La carta que Mary le había escrito
era prueba irrefutable de que ella
enseñaba el Evangelio y, por lo tanto,
infringía la ley; sin embargo, no
pasó mucho rato hasta que el oficial
volvió a la celda donde ella estaba
y le dijo que se habían dejado sin
efecto todos los cargos y que quedaba
en libertad.
Su enseñanza de la doctrina del evangelio
restaurado de Jesucristo había abierto
los ojos y el corazón de la gente
hasta el punto en que la metieron
en la cárcel; y su acción de declarar
la doctrina del arrepentimiento al
juez logró que la sacaran de la cárcel
1.
La influencia que tendrán
en sus descendientes
La enseñanza de Mary Bommeli tocó
el corazón de más personas que aquellas
mujeres que se reunían junto al telar
y que aquel juez. Mi padre, su nieto,
tuvo conversaciones conmigo las noches
anteriores a su muerte; me habló de
los felices reencuentros que pronto
le esperaban en el mundo de los espíritus.
Al referirse él a eso con tanta certeza,
me parecía estar contemplando la radiante
luz del sol y las sonrisas en aquel
lugar del paraíso.
En cierto momento le pregunté si tenía
algo de qué arrepentirse. Suavemente
y con una risita, me dijo: “No, Hal,
he estado arrepintiéndome toda mi
vida”. La doctrina del paraíso que
Mary Bommeli enseñó a aquellas señoras
era algo real para su nieto; e incluso
la doctrina que ella enseñó al juez
había formado la vida de mi padre
para bien. Pero su enseñanza no termina
ahí, sino que el registro de sus palabras
llevará doctrina verdadera a las generaciones
de su familia que todavía no han nacido.
Gracias a que ella creyó que hasta
un nuevo converso sabía bastante de
doctrina como para enseñarla, la mente
y el corazón de sus descendientes
se abrirán y éstos se verán fortalecidos
en la batalla.
Los descendientes de ustedes se enseñarán
mutuamente la doctrina porque ustedes
la enseñaron. La doctrina hará más
que abrir la mente a conceptos espirituales
y el corazón al amor de Dios; cuando
brinda gozo y paz, también tiene el
poder para abrir la boca de la gente.
Lo mismo que aquellas mujeres de Berlín,
sus descendientes no podrán guardar
para sí las buenas nuevas.
Estoy agradecido por vivir en una
época en la que nosotros y nuestra
familia tenemos la plenitud del Evangelio
que ha sido restaurado. Estoy agradecido
por la misión de amor del Salvador
por nosotros y por las palabras de
vida que Él nos dejó.
Ruego que compartamos esas palabras
con nuestros seres queridos. Testifico
que Dios nuestro Padre vive y que
ama a todos Sus hijos. Jesucristo
es Su Hijo Unigénito en la carne y
es nuestro Salvador. Sé que Él ha
resucitado, y que podemos quedar limpios
por medio de la obediencia a las leyes
y ordenanzas del evangelio de Jesucristo.
◼ |
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| NOTAS |
| 1. Véase Theresa
Snow Hill, Life and Times of Henry
Eyring and Mary Bommeli [“La vida
y los hechos de Henry Eyring and Mary
Bommeli”], 1997, págs. 15–22. |
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