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Mensajes de
La Primera Presidencia
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| Las
remolachas
representan a los
miembros de esta
Iglesia de los cuales
somos responsables
nosotros, los que
somos llamados
como líderes… digo,
refiriéndome a esas
almas que son preciosas
para nuestro Padre y para nuestro Maestro: “Las
que se han deslizado tienen
el mismo valor. ¡Volvamos a buscarlas!” |
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| Richard
dijo que el
momento crucial de su cambio había sido cuando su
obispo lo había encontrado escondido en un pozo
de engrase y le había
ayudado a regresar
a la actividad. |
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| Mensaje de La
Primera Presidencia |
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Las
remolachas azucareras y el valor de
un alma
POR EL THOMAS S. MONSON
Liahona
julio 2009, págs. 3 – 5 |
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Hace
muchos años, el obispo Marvin O.
Ashton (1883–1946), que prestaba
servicio como consejero del Obispado
Presidente, ofreció una ilustración
que quiero compartir con ustedes.
Imaginen a un granjero conduciendo
un camión grande de caja abierta,
lleno de remolacha azucarera y en
ruta hacia la fábrica de azúcar.
Al recorrer el camino de tierra
lleno de baches, algunas remolachas
caen del camión y van quedando sembradas
a lo largo del recorrido.
Cuando el granjero se da cuenta
de que ha perdido remolachas, les
dice a sus ayudantes: “Las que han
caído contienen la misma cantidad
de azúcar que éstas. ¡Volvamos a
recogerlas!”
En la forma en que aplico esta ilustración,
las remolachas representan a los
miembros de esta Iglesia de los
cuales somos responsables nosotros,
los que somos llamados como líderes;
y las que cayeron del camión representan
a hombres y mujeres, a jóvenes y
niños que, sea cual sea la razón,
se han desviado del sendero de la
actividad. Parafraseando
los comentarios del granjero con
respecto a las remolachas azucareras,
digo, refiriéndome a esas almas
que son preciosas
para nuestro Padre y para nuestro
Maestro: “Las que se han deslizado
por el camino tienen el mismo valor.
¡Volvamos a buscarlas!”
Hoy, ahora mismo, algunas están
enredadas en la corriente de la
opinión popular; otras se hallan
quebrantadas por las mareas de los
tiempos turbulentos; y hay otras
que han caído y se han ahogado en
el remolino del pecado.
Eso no tiene porqué ser así. Nosotros
tenemos las doctrinas de la verdad;
tenemos los programas; tenemos la
gente; tenemos la potestad. Nuestra
misión va más allá de convocar a
reuniones. El objeto de nuestro
servicio es salvar almas.
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Nuestro
servicio: salvar almas
El Señor hizo destacar el valor de
todo hombre y de toda mujer, joven
o niño cuando dijo:
“…el
valor de las almas es grande a la
vista de Dios…
“Y si acontece que trabajáis todos
vuestros
días proclamando el arrepentimiento
a este
pueblo y me traéis aun cuando fuere
una sola
alma, ¡cuán grande será vuestro gozo
con
ella en el reino de mi Padre!
“Y ahora, si vuestro gozo será grande
con
un alma que me hayáis traído al reino
de mi
Padre, ¡cuán grande no será vuestro
gozo si
me trajereis muchas almas!” (D.
y C. 18:10, 15–16).
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| Recuerden
que tienen el derecho a recibir las
bendiciones de nuestro Padre en esta
obra. Él no los ha llamado a su posiciónprivilegiada
para que anden solos, sin guía y confiando
en la suerte. |
Al contrario, Él conoce su habilidad,
se da cuenta de su devoción y convertirá
sus supuestas ineficiencias en obvias
fortalezas. Él ha prometido: “…iré
delante de vuestra faz. Estaré a vuestra
diestra y a vuestra siniestra, y mi
Espíritu estará en vuestro corazón,
y mis ángeles alrededor de vosotros,
para sosteneros” (D. y C. 84:88).
Líderes de la Primaria, ¿conocen ustedes
a los niños a los que prestan servicio?
Líderes de las Mujeres Jóvenes, ¿conocen
a sus jovencitas? Líderes del Sacerdocio
Aarónico, ¿conocen a los jóvenes?
Líderes de la Sociedad de Socorro
y del Sacerdocio de Melquisedec, ¿conocen
a los hombres y a las mujeres a los
cuales se les ha llamado a presidir?
¿Entienden sus problemas e incertidumbres,
sus anhelos, sus ambiciones y esperanzas?
¿Saben cuán larga ha sido su jornada,
conocen las dificultades
que han pasado, las cargas que han
llevado, los pesares que han tenido
que soportar?
Los exhorto a esforzarse por tender
una mano a aquellos a quienes prestan
servicio y a amarlos. Si realmente
los aman, ellos no se encontrarán
en ningún momento en ese terrible
“País de Nunca Jamás”: nunca ser objeto
de interés, nunca recibir la ayuda
que necesitan.
Tal vez ustedes no tengan el privilegio
de abrir los portales de ciudades
ni las puertas de palacios, pero al
estrechar una mano y al llegar al
corazón de una persona recibirán verdadera
felicidad y gozo duradero. |
Las
lecciones que se graban en el corazón
Si se desaniman en medio de sus esfuerzos,
recuerden que a veces el tiempo del
Señor no coincide con el nuestro.
Hace muchos años, cuando era obispo,
Jessie Cox, una de las líderes de
las Mujeres Jóvenes, fue a hablar
conmigo, y me dijo: “Obispo, ¡soy
un fracaso!” Al preguntarle por qué
pensaba eso, me respondió: “No he
logrado que ninguna de mis jóvenes
de la Mutual se case en el templo,
como una buena maestra lo hubiera
hecho. He hecho todo lo posible, pero
es obvio que lo que era posible para
mí no era suficiente”.
Traté de consolarla diciéndole que,
por ser su obispo, sabía que ella
había hecho todo lo que podía. Y al
seguir el progreso de aquellas jóvenes
a través de los años, me enteré de
que cada una de ellas se había sellado
finalmente en el templo. Si la lección
se graba en el corazón, no se pierde.
Al observar a siervos fieles como
Jessie Cox, he aprendido que todo
líder puede ser un verdadero pastor
y prestar servicio bajo la dirección
de nuestro grandioso y Buen Pastor,
con el privilegio de guiar, amar y
cuidar a los que lo conocen y aman
Su voz (véase Juan 10:2–4). |
Busquemos
a las ovejas perdidas
Quiero contarles otra experiencia
que tuve cuando era obispo. Un domingo
noté que Richard, uno de nuestros
presbíteros que raras veces asistía,
estaba de nuevo ausente en la reunión
del sacerdocio; entonces dejé el quórum
al cuidado del asesor y me fui a la
casa de Richard; su madre me dijo
que estaba trabajando en un taller
mecánico de la localidad.
Fui a buscarlo al taller y lo busqué
por todas partes sin encontrarlo. |
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De pronto, sentí la inspiración de
ir a mirar en un viejo pozo de engrase
que había junto al edificio. En la
oscuridad del pozo vi dos ojos brillantes,
y le oí decir: “¡Me encontró, obispo!
Ya subo”. Mientras conversábamos,
le dije cuánto lo echábamos de menos
y lo necesitábamos, y logré hacerle
prometer que asistiría a las reuniones.
Su
nivel de actividad mejoró notablemente.
Con el tiempo, él y su familia se
fueron del vecindario, pero dos años
después recibí la invitación para
hablar en su barrio antes de que saliera
a cumplir una misión. En sus comentarios
de aquel día, Richard dijo que el
momento crucial de su cambio había
sido cuando su obispo lo había encontrado
escondido en un pozo de engrase y
le había ayudado a regresar a la actividad. |
Mis
queridos hermanos y hermanas, tenemos
la responsabilidad, sí, el deber solemne,
de influir en todos aquellos a quienes
se nos ha llamado a tender una mano
de ayuda. Tenemos el deber de guiarlos
hasta el reino celestial de Dios.
Ruego que recordemos siempre que el
manto de liderazgo no es el manto
de la comodidad, sino más bien la
vestidura de la responsabilidad; que
nos esforcemos para rescatar a los
que necesiten nuestra ayuda y nuestro
amor.
Si tenemos éxito, si logramos traer
a una mujer o a un hombre, a una niña
o a un niño para que vuelvan a ser
activos, estaremos respondiendo a
la ferviente oración de una esposa,
una hermana o una madre, contribuyendo
a satisfacer el mayor anhelo de un
esposo, un hermano o un padre. Estaremos
honrando la guía de un Padre amoroso
y siguiendo el ejemplo de un Hijo
obediente (véase Juan 12:26; D. y
C. 59:5). Y aquellos en quienes influyamos
honrarán nuestro nombre para siempre.
Con todo mi corazón, ruego que nuestro
Padre Celestial nos guíe continuamente
mientras nos esforzamos por prestar
servicio a Sus hijos y salvarlos.
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