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Mensajes de
La Primera Presidencia
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| La
meta que tenemos
al enseñar a nuestros
hijos a orar es que ellos sientan el deseo de
que Dios escriba en su corazón y luego estén dispuestos
a ir y hacer lo que Él les pida. |
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| El
hijo que vea a su madre o a su padre
pasar por las
tribulaciones de la
vida orando a Dios
fervientemente y después oiga su sincero testimonio
de que Él contestó con bondad, recordará lo que
vio y oyó. Y cuando le sobrevengan
las pruebas, estará
preparado. |
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| Con
el paso del tiempo, cuando los
hijos están lejos del
hogar y de la familia,
la oración les proporciona el escudo
de protección que los
padres tanto desean
que tengan. |
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| Mensaje de La
Primera Presidencia |
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Para
que Él escriba
nuestro corazón
POR EL HENRY B. EYRING
Liahona
agosto 2009, págs. 3 – 7 |
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| Los
padres deben enseñar a sus hijos
a orar. El niño aprende de sus padres,
tanto de lo que hacen como de lo
que dicen. El hijo que vea a su
madre o a su padre pasar por las
tribulaciones de la vida orando
a Dios fervientemente y que después
oiga su sincero testimonio de que
Él contestó con bondad, recordará
lo que vio y oyó. Y cuando le sobrevengan
las pruebas, estará
preparado.
Con el paso del tiempo, cuando los
hijos están lejos del hogar y de
la familia, la oración les proporciona
el escudo de protección que los
padres tanto desean que tengan.
La separación puede ser muy difícil,
particularmente cuando ambas partes
saben que quizás no vuelvan a verse
durante largo tiempo. A mí me pasó
eso con mi padre. Nos despedimos
en una esquina de la ciudad de Nueva
York, adonde él había ido por su
trabajo; yo me encontraba allí en
camino a otro lugar y ambos sabíamos
que probablemente nunca volvería
a vivir con mis padres bajo el mismo
techo.
Era un día soleado, alrededor del
mediodía, y las calles estaban llenas
de autos y peatones. En aquella
esquina había un semáforo que detenía
a los autos de todos lados durante
unos minutos. La luz se puso roja
y los vehículos pararon; la multitud
de peatones se apresuró desde las
aceras moviéndose en todas direcciones,
incluso diagonalmente, para cruzar
las calles.
Había llegado el momento de separarnos
y comencé a cruzar la calle; a mitad
de camino, con la gente dándose
prisa a mi
alrededor, me detuve y miré hacia
atrás. En lugar de seguir avanzando
entre la multitud, mi padre se encontraba
todavía de pie en la esquina, contemplándome;
me pareció que tenía aspecto solitario
y un poco triste.
Sentí el deseo de volver a su lado,
pero me di cuenta de que la luz
iba a cambiar y me apresuré a cruzar.
Años más tarde hablamos de aquel
momento y me dijo que había interpretado
mal su expresión; me aseguró que
no era de tristeza sino de preocupación;
me había visto cuando me di vuelta
a mirarlo, como si hubiera sido
un muchachito lleno de
incertidumbre y en busca de confianza.
Me dijo entonces que los pensamientos
que le habían cruzado por la mente
eran: “¿Estará bien? ¿Le he enseñado
lo suficiente? ¿Estará preparado
para lo que sea que le espere en
la vida?”
Pero su solicitud iba más allá de
sus pensamientos. Por haberlo observado,
sabía los sentimientos que tenía
en el corazón;
anhelaba que yo estuviera protegido,
a salvo.
Durante todos los años en que había
vivido con mis padres, había escuchado
y sentido ese anhelo en sus oraciones,
y aún más en las de mi madre. Eso
me había enseñado algo importante,
y lo tenía presente.
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Un asunto del corazón |
La
oración es un asunto del corazón.
Se me había enseñado mucho más que
las reglas de la oración; había aprendido
de mis padres y de las enseñanzas
del Salvador que al orar debemos dirigirnos
a nuestro Padre Celestial con lenguaje
reverente: “Padre nuestro que estás
en los cielos, santificado sea tu
nombre…” (Mateo 6:9). Sabía que nunca
profanamos Su santo nombre. Nunca.
¿Se imaginan el daño que hace a las
oraciones de un niño el oír a uno
de sus padres profanar el nombre de
Dios?
Por agraviar así a los pequeños, habrá
terribles consecuencias. Había aprendido
que es importante dar gracias por
las bendiciones y pedir perdón. “Y
perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores”
(Mateo 6:12). Me habían enseñado que
pedimos lo que necesitemos y que oramos
por los demás para que reciban bendiciones.
“El pan nuestro de cada día, dánoslo
hoy” (Mateo 6:11).
Sabía que debemos someter nuestra
voluntad. “Venga tu reino. Hágase
tu voluntad, como en el cielo, así
también en la tierra” (Mateo 6:10).
Me habían enseñado, y lo confirmé,
que se nos advierte del peligro y
que desde nuestros años tempranos
se nos indica cuando hacemos algo
que desagrada a Dios. “Y no nos metas
en tentación, mas líbranos del mal”
(Mateo 6:13). |
Había aprendido que siempre debemos
orar en el nombre de Jesucristo; pero
algo que vi y oí me enseñó que esas
palabras iban más allá de una mera
formalidad.
En una pared del cuarto donde mi madre
estuvo postrada en cama años antes
de morir, había una imagen del Salvador
que ella había colgado debido a un
comentario de su primo, el élder Samuel
O. Bennion, de los Setenta (1874–1945).
Una vez que él viajó con un apóstol,
éste le describió cómo había visto
al Salvador en una visión. El élder
Bennion le regaló aquella imagen diciéndole
que era la mejor representación que
había visto en toda su vida de la
fuerza de carácter del Maestro, por
lo que ella la puso en un marco y
la colgó en la pared, donde pudiera
verla desde la cama.
Mi madre conocía al Salvador y lo
amaba. Con ella aprendí que, cuando
nos acercamos al Padre en oración,
no concluimos en nombre de un extraño.
Por lo que había observado, sabía
que su corazón estaba cerca del Salvador
debido a los años en que con determinación
y constancia se había esforzado por
servirlo y complacerlo.
Sabía también que es verdad lo que
nos advierte este pasaje de las Escrituras:
“Porque ¿cómo conoce un hombre al
amo a quien no ha servido, que es
un extraño para él, y se halla lejos
de los pensamientos y de las intenciones
de su corazón?”
(Mosíah 5:13). |
La
oración no debe ser trivial
Ahora, años después de haberse ido
mis padres, las palabras “en el nombre
de Jesucristo” no me suenan triviales
ni cuando las digo ni cuando las oigo
de boca de otras personas. Para conocer
el corazón del Maestro, debemos servirlo.
Además, debemos orar pidiendo al Padre
Celestial que conteste nuestras oraciones
tanto en nuestro corazón como en nuestra
mente (véase Jeremías 31:33; 2 Corintios
3:3; Hebreos 8:10; 10:16).
El presidente George Q. Cannon (1827–1901),
que fue consejero de la Primera Presidencia,
describió la bendición de que las
personas se reúnan después de haber
orado para recibir esas respuestas.
Hablaba de la asistencia a una reunión
del sacerdocio, pero muchos de ustedes
habrán preparado su corazón en la
forma en que él lo describe con estas
palabras:
“Debo entrar en esa reunión con la
mente libre en absoluto de toda influencia
que pueda impedir que el Espíritu
de Dios obre en mí. Debo ir con espíritu
de oración, pidiendo a Dios que escriba
en mi corazón Su voluntad, no
con mi propia voluntad ya predispuesta
y determinada a llevar a cabo mis
deseos … , sean cuales sean los puntos
de vista de los demás. Si fuera con
ese espíritu, y todos los otros también
lo hicieran, entonces el Espíritu
de Dios estaría en medio de nosotros
y lo que decidiéramos sería la voluntad
de Dios, porque Él nos lo revelaría.
Veríamos luz en la dirección en que
deberíamos ir y veríamos
tinieblas en la dirección contraria”
1.
La meta que tenemos al enseñar a nuestros
hijos a orar es que ellos sientan
el deseo de que Dios escriba en su
corazón y estén dispuestos a ir y
hacer lo que Él les pida. |
Como resultado de lo que ellos nos
vean hacer y de lo que les enseñemos,
es posible que tengan bastante fe
como para sentir, aunque sea en parte,
lo que el Salvador sintió cuando oró
a fin de tener fortaleza para llevar
a cabo Su sacrificio infinito por
nosotros: “Yendo un poco adelante,
se postró sobre su rostro, orando
y diciendo: Padre mío, si es posible,
pase de mí esta copa; pero no sea
como yo quiero, sino como tú” (Mateo
26:39). Yo he recibido respuesta a
mis oraciones.
Esas respuestas fueron más claras
cuando lo que quería quedó supeditado
a una irresistible necesidad de saber
lo que Dios quería para mí. Es entonces
que la voz apacible y delicada comunica
a la mente la respuesta de nuestro
amoroso Padre Celestial y la escribe
en el corazón. |
 |
| Cómo
se aprende a buscar Su voluntad |
Habrá padres que pregunten: “Pero
¿cómo puedo ablandar el corazón de
mi hijo que ya ha crecido y está convencido
de que no necesita a Dios? ¿Cómo le
ablando el corazón lo bastante para
que deje que Dios escriba en él Su
voluntad?” A veces, una tragedia ablanda
el corazón de una persona. Pero para
algunas, ni siquiera una tragedia
es suficiente.
No obstante, existe un elemento que
ni aun la persona endurecida y orgullosa
podrá creer que es capaz de satisfacer
por sí misma: No le es posible desprenderse
sola del peso del pecado; e incluso
los más endurecidos quizás sientan
de vez en cuando el aguijón de la
conciencia y, por lo tanto, la necesidad
de recibir perdón de Dios. Alma, un
padre amoroso, le enseñó eso a su
hijo Coriantón de esta manera: “Ahora
bien, no se podría realizar el plan
de la misericordia salvo que se efectuase
una expiación; por tanto, Dios mismo
expía los pecados del mundo, para
realizar el plan de la misericordia,
para apaciguar las demandas de la
justicia, para que Dios sea un Dios
perfecto, justo y misericordioso también”
(Alma 42:15).
A continuación, después de expresar
testimonio del Salvador y de Su expiación,
el padre hizo a su hijo esta súplica
para que ablandara el corazón: “¡Oh
hijo mío, quisiera que no negaras
más la justicia de Dios! No trates
de excusarte en lo más mínimo a causa
de tus pecados, negando la justicia
de Dios. Deja, más bien, que la justicia
de Dios, y su misericordia y su longanimidad
dominen por completo tu corazón; y
permite que esto te humille hasta
el polvo” (Alma 42:30).
Alma sabía algo que nosotros sabemos:
que el testimonio de Jesucristo y
de Él crucificado le ofrecía la mayor
posibilidad de influir en su hijo
para que sintiera la necesidad de
la ayuda que sólo Dios podía darle.
Y aquellos cuyo corazón se haya ablandado
por ese deseo avasallador de ser limpios
recibirán respuesta a sus oraciones. |
Cómo
se abre la puerta a la oración
Cuando enseñamos a nuestros seres
queridos que somos hijos espirituales
de un amoroso Padre Celestial, y que
estamos transitoriamente lejos de
Él, les abrimos la puerta a la oración.
Antes de venir aquí para ser probados,
vivimos en Su presencia; conocíamos
Su faz y Él conocía la nuestra. Del
mismo modo que mi padre terrenal me
contempló mientras me alejaba de él,
nuestro Padre Celestial nos contempló
al partir hacia la vida terrenal.
Su Hijo Amado, Jehová, salió de aquellas
cortes gloriosas para descender al
mundo a sufrir lo que nosotros tendríamos
que sufrir y a pagar el precio de
todos los pecados que cometiéramos.
Nuestro Salvador nos proporcionó la
única vía para regresar al hogar,
junto a nuestro Padre Celestial y
a Él. Si el Espíritu Santo puede comunicarnos
aunque sea eso sobre quiénes somos,
tal vez nosotros y nuestros hijos
sintamos lo que Enós sintió al orar
de esta manera:
”Y mi alma tuvo hambre; y me arrodillé
ante mi Hacedor, y clamé a él con
potente oración y súplica por mi propia
alma; y clamé a él todo el día; sí,
y cuando anocheció aún elevaba mi
voz en alto hasta que llegó a los
cielos.
“Y vino a mí una voz, diciendo: Enós,
tus pecados te son perdonados, y serás
bendecido” (Enós 1:4–5).
Les prometo que no habrá ningún gozo
que pueda exceder al que ustedes sentirán
si uno de sus hijos ora en un momento
de necesidad y recibe una respuesta
como ésa. Algún día se separarán de
sus hijos y sentirán en el corazón
el anhelo de volver a reunirse con
ellos. Nuestro amoroso Padre Celestial
sabe que ese anhelo nunca se vería
satisfecho a menos que las familias
volvamos a reunirnos con Él y con
Su Hijo Amado. Él preparó todo lo
que Sus hijos iban a necesitar para
recibir esa bendición. A fin de hallarlo,
ellos mismos deben pedir a Dios, no
dudando nada, como lo hizo el joven
José Smith.
Aquel día en Nueva York mi papá estaba
preocupado porque sabía, como lo sabía
mi madre, que la única tragedia verdadera
sería que quedásemos apartados para
siempre. Por eso me habían enseñado
a orar.
Sabían que solamente con la ayuda
de Dios y con Su salvaguardia podríamos
estar juntos siempre. Así como ustedes
lo harán, la mejor manera en que me
enseñaron a orar fue por el ejemplo.
La tarde que murió mi madre nos fuimos
desde el hospital al hogar paterno;
allí nos sentamos silenciosos por
un rato en la sala, que estaba en
penumbra. Papá se retiró y se fue
al dormitorio, donde permaneció unos
minutos. |
|
Al
regresar a la sala, venía sonriendo
y nos dijo que había estado preocupado
por mamá. Mientras recogía sus pertenencias
en el cuarto del hospital y agradecía
al personal el haber sido tan buenos
con ella, estaba pensando en su
llegada al mundo de los espíritus
pocos minutos después de haber muerto
y temía que se sintiera sola si
no había nadie para recibirla. Por
eso, se fue al cuarto a orar y pedirle
a su Padre Celestial que enviara
a alguien para recibir a Mildred,
su esposa y nuestra madre. Comentó
que, en respuesta a su oración,
se le había dicho que su madre había
ido a encontrar a su bienamada.
Al oírlo, también sonreí. La abuela
Eyring no era una persona alta,
y por la mente se me pasó una imagen
muy clara de ella, apresurándose
entre la multitud, mientras movía
velozmente sus cortas piernas en
la misión de salir al encuentro
de mi mamá.
Estoy seguro de que la intención
de papá en aquel momento no era
enseñarme sobre la oración, pero
lo hizo. No me acuerdo de haber
recibido una lección de mi madre
ni de mi padre sobre la oración.
Ellos oraban cuando los tiempos
eran difíciles y cuando eran buenos;
y hablaban con toda naturalidad
de lo bondadoso que es Dios, de
Su gran poder y de lo cerca que
está de nosotros. Las oraciones
que yo oía eran, en su mayor parte,
sobre lo que se requería de nosotros
a fin de estar juntos para siempre;
y las respuestas que permanecerán
escritas en mi corazón son las que
me daban la certeza de que estábamos
en ese camino. |
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Cuando
vi mentalmente la imagen de mi abuela
corriendo hacia mi mamá, sentí gozo
por ellas y un gran anhelo de llevar
a mi esposa y a nuestros hijos a un
encuentro similar. Ese anhelo es la
razón por la que debemos enseñar a
nuestros hijos a orar.
Testifico que nuestro Padre Celestial
contesta las súplicas de los padres
fieles que quieren saber cómo enseñar
a sus hijos a
orar. Como siervo del Señor Jesucristo
testifico que, gracias a Su Expiación,
las familias podemos tener la vida
eterna si honramos los convenios que
se nos ofrecen en ésta, Su Iglesia
verdadera. ◼ |
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| NOTAS |
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1. George Q. Cannon, “Comentarios”,
Deseret Semi-Weekly News, 30 de septiembre
de 1890, pág. 2; cursiva agregada. |
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