| Hace
unos años tuve la oportunidad de presidir
una conferencia regional en Oklahoma City,
Oklahoma.
Mientras disfrutaba del dulce espíritu
que prevalecía durante la conferencia
y de la maravillosa hospitalidad de su
gente, reflexioné en cómo el espíritu
caritativo de esa comunidad se vio probado
en extremo el 19 de abril de 1995. Ese
día, una bomba terrorista destruyó el
Edificio Federal Alfred P. Murrah, ubicado
en el centro de Oklahoma City, matando
a 168 personas e hiriendo a incontables
otras.
Al terminar la conferencia, me condujeron
a la entrada de un monumento hermoso y
simbólico que adorna el lugar donde una
vez se elevó el edificio Murrah. Era un
día aciago, lluvioso, lo cual tendía a
realzar el dolor y el sufrimiento que
había tenido lugar allí. El monumento
consta de un estanque de unos 120 metros,
a uno de cuyos lados hay 168 sillas vacías
hechas de granito y vidrio, en honor a
cada una de las personas muertas. Las
sillas se encuentran más o menos donde
se hallaron los cuerpos.
Al otro lado del estanque, sobre una pequeña
elevación del terreno, se yergue un maduro
olmo americano, el único árbol de las
inmediaciones que sobrevivió a la destrucción.
Por ello se le llama de forma apropiada
y afectuosa “El árbol superviviente”,
y con su real esplendor honra a los que
sobrevivieron a la terrible explosión.
El guía dirigió mi atención a la inscripción
grabada sobre la entrada al monumento:
Venimos aquí a recordar a los que murieron,
a los que sobrevivieron y a los que cambiaron
para siempre. Deseamos que todo el que
salga de aquí conozca el impacto de la
violencia. Que este monumento ofrezca
consuelo, fortaleza, paz, esperanza y
serenidad.
Entonces, con lágrimas en los ojos y una
voz entrecortada, mi acompañante declaró:
“Esta comunidad, con todas sus iglesias
y habitantes, ha estado más unida. El
dolor nos ha fortalecido y hemos estado
juntos en espíritu”.
Ambos concluimos que compasión era la
palabra que mejor describía lo ocurrido.
Mis pensamientos se volvieron a la obra
musical Camelot, escrita por Alan Jay
Lerner y basada en una novela de T. H.
White. El rey Arturo, con su sueño de
un mundo mejor en donde habría una relación
ideal entre las personas, dijo mientras
preveía el propósito de la mesa redonda:
“La violencia no es fortaleza y la compasión
no es debilidad”.
Fortaleza
en la misericordia
En el Antiguo Testamento de la Santa Biblia
se halla un relato estremecedor que ilustra
esa declaración.
José era muy querido por su padre, Jacob,
lo cual causaba amargura y celos en sus
hermanos, lo que dio paso a un complot
para matar a José, aunque acabaron por
abandonarlo en un foso profundo, sin agua
ni comida. Al llegar una caravana de mercaderes,
lo sacaron de allí y se lo vendieron a
ellos por veinte piezas de plata. Finalmente,
fue llevado a la casa de Potifar, en Egipto,
donde prosperó, pues “Jehová estaba con
José”1.
A los años de abundancia en Egipto siguieron
los de hambruna; y en medio de esa situación,
cuando los hermanos de José llegaron para
comprar trigo, ese hombre favorecido —su
propio hermano— los benefició.
José pudo haber actuado con dureza contra
sus hermanos por el trato cruel que había
recibido de ellos; sin embargo, fue amable
y cortés, y se ganó su favor y apoyo con
las palabras y hechos siguientes:
“Ahora, pues, no os entristezcáis, ni
os pese de haberme vendido acá; porque
para preservación de vida me envió Dios
delante de vosotros...
“Y Dios me envió delante de vosotros,
para preservaros posteridad sobre la tierra,
y para daros vida por medio de gran liberación”2.
José ejemplificó la grandiosa virtud de
la compasión. En el meridiano de los tiempos,
Jesús recorría los polvorientos senderos
de la Tierra Santa y solía hablar en parábolas.
Y dijo: “...Un hombre descendía de Jerusalén
a Jericó, y cayó en manos de ladrones,
los cuales le despojaron; e hiriéndole,
se fueron, dejándole medio muerto.
“Aconteció que descendió un sacerdote
por aquel camino, y viéndole, pasó de
largo.
“Asimismo un levita, llegando cerca de
aquel lugar, y viéndole, pasó de largo.
“Pero un samaritano, que iba de camino,
vino cerca de él, y viéndole, fue movido
a misericordia;
“y acercándose, vendó sus heridas, echándoles
aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura,
lo
llevó al mesón, y cuidó de él.
“Otro día al partir, sacó dos denarios,
y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele;
y todo lo que gastes
de más, yo te lo pagaré cuando regrese”.
El Salvador bien podría decirnos:
“...¿Quién, pues, de estos tres te parece
que fue el prójimo del que cayó en manos
de los ladrones?”.
Sin dudarlo, nuestra respuesta sería:
“El que usó de misericordia con él”.
Tanto ahora como entonces, Jesús nos diría:
“...Vé, y haz tú lo mismo”3.
Jesús nos dio muchos ejemplos de interés
compasivo: el paralítico en el estanque
de Betesda; la mujer adúltera; la mujer
del pozo de Jacob; la hija de Jairo; Lázaro,
el hermano de María y Marta. Cada uno
representaba
al herido en el camino a Jericó; cada
uno necesitaba ayuda.
Jesús dijo al paralítico de Betesda: “...Levántate,
toma tu lecho y anda”4.
La mujer pecadora recibió este consejo:
“...vete, y no peques más”5.
Para ayudar a las personas a sacar agua,
Él proporcionó una fuente de agua que
salta para vida eterna 6.
A la hija muerta de Jairo, mandó: “...Niña,
a ti te digo, levántate” 7.
Y al Lázaro sepultado exclamó: “...¡Lázaro,
ven fuera!”8.
El Salvador siempre ha mostrado una capacidad
ilimitada para demostrar compasión. Él
se apareció a la multitud en el continente
americano y dijo:
“¿Tenéis enfermos entre vosotros? Traedlos
aquí. ¿Tenéis cojos, o ciegos, o lisiados,
o mutilados, o leprosos, o atrofiados,
o sordos, o quienes estén afligidos de
manera alguna? Traedlos aquí y yo los
sanaré, porque tengo compasión de vosotros;
mis entrañas rebosan de misericordia.
“...y los sanaba a todos”9.
Nuestro camino a Jericó
Uno bien podría hacer la sagaz pregunta:
Estos relatos conciernen al Redentor del
mundo. ¿Puede realmente suceder en mi
propia vida, en mi propio camino a Jericó,
una experiencia tan valiosa?
Mi respuesta son las propias palabras
del Maestro: “...Venid y ved”10.
No hay forma de saber cuándo tendremos
el privilegio de tender la mano a alguien
que necesite ayuda. El camino a Jericó
por el que cada uno viaja carece de nombre,
y el viajero cansado que necesita nuestra
ayuda puede ser alguien desconocido.
El autor de una carta que se recibió en
las Oficinas Generales de la Iglesia tiempo
atrás expresó una gratitud genuina. La
carta no tenía remitente pero el matasellos
era de Portland, Oregón:
“Para la Oficina de la Primera Presidencia:
“En Salt Lake City se me mostró hospitalidad
cristiana en una ocasión durante los años
en que anduve errante.
“Durante un viaje en autobús a California,
me bajé en la terminal de Salt Lake City,
enfermo y tembloroso debido a la falta
de sueño que me producía la carencia del
medicamento que necesitaba. A causa de
un vuelo precipitado motivado por una
circunstancia difícil en Boston, se me
habían olvidado las medicinas.
“Me senté entristecido en el restaurante
del Hotel Temple Square, y de reojo me
fijé en una pareja que se acercaba a mi
mesa. ‘¿Se encuentra bien, joven?’, preguntó
la mujer. Me incorporé y, sollozando y
un poco tembloroso, les hablé de mi situación
y del apuro en que me hallaba. Ellos escucharon
con atención y paciencia mis casi incoherentes
divagaciones y pasaron a hacerse cargo
de la situación. Hablaron con el encargado
del restaurante y me dijeron que podía
comer lo que quisiera durante cinco días.
Luego me llevaron a la recepción del hotel
y me consiguieron habitación para cinco
días. Después me llevaron a una clínica
y se aseguraron de que me dieran los medicamentos
que necesitaba. Éste fue verdaderamente
mi salvavidas para la cordura y el consuelo.
“Mientras me recuperaba y edificaba mi
fortaleza, tomé la decisión de asistir
cada día a los recitales de órgano del
Tabernáculo. Los tonos celestiales del
instrumento, desde los sonidos casi imperceptibles
hasta los más graves, constituyen la sonoridad
más sublime que conozco. He comprado discos
y casetes del órgano y del Coro del Tabernáculo,
los cuales escucho para aliviar y vigorizar
mi decaído espíritu.
“El último día de mi estancia en el hotel,
antes de continuar mi viaje, devolví la
llave y me dieron un mensaje de aquella
pareja: ‘Páguenos siendo amable con otra
alma atribulada que se encuentre por el
camino’. Ésa era mi costumbre, pero tomé
la determinación de ser más esmerado en
la búsqueda de alguien que necesitara
ánimo en la vida.
“Espero que les vaya bien. No sé si éstos
son los ‘últimos días’ de los que se habla
en las Escrituras, pero sí sé que dos
miembros de su iglesia fueron santos para
conmigo en mis desesperadas horas de necesidad.
Creí que les gustaría saberlo”.
Qué gran ejemplo de compasión.
Para los necesitados
En una institución privada dedicada al
cuidado de ancianos y cuya propietaria
era Edna Hewlett, la compasión reinaba
por encima de todo. Había una larga lista
de espera de pacientes que deseaban vivir
sus últimos días bajo su tierno cuidado,
pues ella era como un ángel. Lavaba y
peinaba el cabello de cada paciente; aseaba
los viejos cuerpos y los vestía con ropas
claras y limpias.
Durante los años de visitas a las viudas
del barrio que presidí una vez, solía
comenzar por la institución de Edna, quien
me recibía con una sonrisa alegre y me
llevaba a la sala de estar donde estaban
sentados un buen número de pacientes.
Siempre tenía que comenzar por Jeannie
Burt, que era la mayor; tenía 102 años
cuando falleció. Ella me conocía a mí
y a mi familia desde mi nacimiento.
En una ocasión, Jeannie preguntó con su
fuerte acento escocés: “Tommy, ¿has estado
últimamente en Edimburgo?”.
Le contesté: “Sí, hace poco estuve allí”.
“Es hermoso, ¿verdad?”, comentó. Con una
expresión de apacible maravilla Jeannie
cerró los ojos ya viejitos y luego se
puso seria. “He pagado mi funeral por
adelantado, al contado. Tú vas a hablar
en él y a recitar ‘A través del banco
de arena’, de Tennyson. ¡Escuchémoslo
ahora!”.
Parecía que todas las miradas estaban
puestas en mí, y ciertamente así era.
Comencé:
La tarde cae en el ocaso;
es hora de ir a navegar.
¡Oh que no haya bancos de arena
cuando mi barca se haga a la mar!11
La sonrisa de Jeannie era benévola y celestial,
y luego dijo: “Ah, Tommy, fue hermoso.
¡Pero asegúrate de practicar un poquito
más antes de mi funeral!”. Y así lo
hice.
En cierto momento de nuestra misión terrenal,
surge el paso titubeante, la lánguida
sonrisa, el dolor por la enfermedad; sí,
el fin del verano, la proximidad del otoño,
el frío del invierno y la experiencia
que llamamos muerte, la cual llega a toda
la humanidad. Viene a los ancianos que
caminan tambaleantes; su llamado lo perciben
los que apenas han llegado a mitad de
la jornada de la vida, y con frecuencia
apaga la risa de los niños.
En todo el mundo se representa a diario
la escena de pesar de los seres queridos
que se lamentan al despedir a un hijo,
una hija, un hermano, una hermana, una
madre, un padre o un querido amigo.
Desde la cruel cruz, las palabras tiernas
del Salvador despidiéndose de Su madre
resultan particularmente emotivas:
“Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo
a quien él amaba y que estaba presente,
dijo a su madre: Mujer, he
aquí tu hijo.
“Después dijo al discípulo: He aquí tu
madre. Y desde aquella hora el discípulo
la recibió en su casa”12.
Recordemos que tras el funeral, las flores
se marchitan, los buenos deseos de los
amigos se convierten en recuerdos, y las
oraciones y las palabras se van apagando
en los corredores de la mente. Los que
sufren suelen encontrarse solos. Se echa
de menos la risa de los niños, el alboroto
de los adolescentes, y la preocupación
tierna y amorosa del cónyuge que se ha
ido. El sonido del reloj se hace más intenso,
el tiempo pasa más despacio y cuatro paredes
bien pueden ser una prisión.
Encomio a los que, con amoroso cuidado
y preocupación compasiva, alimentan al
hambriento, visten al desnudo y acogen
al que carece de hogar. El que percibe
la caída de los pajarillos se percatará
de un servicio tal.
Refugios de paz
En Su compasión, y según Su divino plan,
los santos templos dan a los hijos de
nuestro Padre Celestial la paz que sobrepasa
todo entendimiento.
Bajo el liderazgo del presidente Gordon
B. Hinckley, el número de nuevos templos
ya construidos y en construcción nos deja
estupefactos. La compasión de nuestro
Padre Celestial por Sus hijos aquí en
la tierra y por los que han fallecido
merece nuestra gratitud.
Gracias sean dadas al Señor y Salvador
Jesucristo por Su vida, Su Evangelio,
Su ejemplo y Su bendita expiación.
Regresan mis pensamientos a Oklahoma City.
Para mí es más que una mera coincidencia
el que en esa ciudad haya
hoy día un templo del Señor, en todo su
esplendor, como un lucero celestial que
indica el camino hacia la dicha en
la tierra y el gozo eterno en la otra
vida. Recordemos las palabras
de los Salmos:
“...Por la noche durará el lloro, y a
la mañana vendrá la alegría”13.
El Maestro nos habla de una forma muy
real: “He aquí,
yo estoy a la puerta y llamo; si alguno
oye mi voz y abre la puerta, entraré a
él, y cenaré con él, y él conmigo”14.
Escuchemos Su llamado; abramos la puerta
de nuestro corazón para que Él —el ejemplo
viviente de la verdadera misericordia—
pueda entrar. ■
NOTAS
1. Génesis 39:2.
2. Génesis 45:5, 7.
3. Véase Lucas 10:30–37.
4. Juan 5:8.
5. Juan 8:11.
6. Véase Juan 4:14.
7. Marcos 5:41.
8. Juan 11:43.
9. 3 Nefi 17:7, 9.
10. Juan 1:39.
11. Versos 1–4.
12. Juan 19:26–27.
13. Salmos 30:5.
14. Apocalipsis 3:20. |