| Hace
muchos años, cuando ejercía la abogacía,
fue a consultar conmigo una señora que
quería divorciarse de su esposo atendiendo
a unos motivos que, en mi opinión, parecían
completamente justificados. Finalizado
el divorcio, no volví a verla por muchos
años, hasta que un día me la encontré
en la calle. Me percaté de que diez años
de soledad y de desaliento se reflejaban
en lo que una vez fue un rostro hermoso.
Tras las formalidades de rigor, se apresuró
a admitir que su vida no había sido plena
ni gratificante y que estaba cansada de
luchar sola.
Entonces me dejó boquiabierto cuando me
reveló: “A pesar de lo malo que era, si
tuviera que hacerlo de nuevo sabiendo
lo que ahora sé, no me habría divorciado.
Esto es peor”.
Estadísticamente, es difícil evitar el
divorcio. Los expertos consideran que
cerca de la mitad de las mujeres estadounidenses
pasarán por un divorcio en algún momento
de su vida. Los índices de divorcio también
están en aumento en otros países, y a
menos que ese creciente índice actual
disminuya, habrá aún más matrimonios que
terminen de forma trágica.
El divorcio puede justificarse sólo en
las circunstancias más excepcionales.
En mi opinión una “causa justa” de divorcio
no debe ser menos grave que una relación
prolongada y aparentemente irremediable
que destruye la dignidad de una persona
como ser humano. A menudo, el divorcio
destroza la vida de las personas y la
felicidad de la familia, y con frecuencia
las partes pierden más de lo que ganan.
Nos es difícil comprender la experiencia
traumática que vive la persona que se
divorcia y tal vez nunca se acepta del
todo. Es indudable que debería mostrarse
mucha más comprensión hacia los que han
experimentado esta gran tragedia y cuya
vida ya no puede volver atrás. Sin embargo,
esas personas aún pueden abrigar muchas
esperanzas de llevar una vida plena y
feliz, sobre todo si se olvidan de sí
mismas y brindan servicio a los demás.
Preguntas difíciles
¿Por qué para muchas personas la felicidad
en el matrimonio es tan frágil y escurridiza
y, sin embargo, es tan abundante para
otras?
¿Por qué la consiguiente cadena de penalidades
y sufrimientos es tan larga y afecta a
tanta gente inocente?
¿Cuáles son los ingredientes que enriquecen
la vida conyugal pero que faltan en tantos
matrimonios que comenzaron con felicidad
y grandes esperanzas?
He meditado mucho en estas difíciles preguntas.
Habiendo dedicado casi toda una vida a
trabajar con experiencias humanas, estoy
algo familiarizado con los problemas de
matrimonios infelices, del divorcio y
de familias destrozadas por el dolor.
Pero también puedo hablar de una gran
felicidad ya que, gracias a mi amada Ruth,
he encontrado en mi matrimonio la más
completa realización de la existencia
humana.
Causas de divorcio
No existen respuestas simples ni fáciles
para los problemas difíciles y complejos
que afectan la felicidad conyugal. Entre
las muchas supuestas causas de divorcio
se destacan los graves problemas del egoísmo,
la inmadurez, la falta de dedicación,
la comunicación inadecuada y la infidelidad.
Por experiencia conozco la existencia
de otro motivo para el fracaso matrimonial.
Tal vez no sea tan obvio, pero precede
a todos los demás y forma parte de ellos,
a saber: la ausencia del constante enriquecimiento
en el matrimonio, la ausencia de ese algo
que lo convierte en precioso, especial
y maravilloso, y sin lo cual se torna
monótono, difícil y hasta tedioso.
Cómo enriquecer
un matrimonio
Tal vez se pregunten: “¿Qué se hace para
enriquecer constantemente un matrimonio?”.
Edificamos nuestro matrimonio con amistad,
confianza e integridad infinitas, y también
al sostenernos mutuamente y cuidar el
uno del otro en nuestras dificultades.
Adán dijo refiriéndose a Eva: “…Esto es
ahora hueso de mis huesos y carne de mi
carne” (Génesis 2:23). Hay unas preguntas
sencillas pero importantes que toda persona,
ya sea que esté casada o que esté pensando
en casarse, debería hacerse con franqueza
en su esfuerzo por llegar a ser “una carne”,
y son:
Primera: ¿Soy capaz de anteponer mi matrimonio
y mi cónyuge a mis propios deseos?
Segunda: ¿Mi dedicación a mi cónyuge está
por encima de cualquier otro interés?
Tercera: ¿Es mi cónyuge mi mejor amigo?
Cuarta: ¿Siento respeto por la dignidad
de mi cónyuge como persona de valor?
Quinta: ¿Nos peleamos por asuntos de dinero?
El dinero en sí no es la causa de la felicidad
de una pareja, ni su carencia necesariamente
la causa de su infelicidad; sin embargo,
pelearse por cuestiones de dinero suele
ser un síntoma de egoísmo.
Sexta: ¿Existe entre nosotros un vínculo
de santificación espiritual?
Levantemos puentes
que enriquezcan
Existen diversos factores clave que contribuyen
al enriquecimiento de un matrimonio.
La oración. Una mejor comunicación
puede enriquecer nuestro matrimonio y
un aspecto importante de esa comunicación
es el orar juntos. Eso limará muchas de
las asperezas, si las hay, entre la pareja
antes de retirarse a dormir. No quiero
hacer demasiado hincapié en las diferencias,
pero éstas son reales y aportan interés
a la vida. Creo que nuestras diferencias
son como pequeñas pizcas de sal que dan
más sabor a nuestro matrimonio.
Nos comunicamos de miles de maneras: con
una sonrisa, un roce del cabello, una
caricia. Cada día debemos acordarnos de
decir “Te quiero”. El esposo debe decirle
a su esposa: “¡Qué hermosa eres!”. Otras
palabras importantes que ambos cónyuges
deben decirse cuando sea pertinente son:
“Lo siento”. El saber escuchar es también
una forma excelente de comunicarse.
La confianza. La confianza mutua
constituye uno de los factores más valiosos
en el matrimonio. Nada hay que devaste
más la médula de la confianza mutua, tan
necesaria para mantener una relación íntegra,
como la infidelidad. El adulterio jamás
es justificable. A pesar de esa destructiva
experiencia, hay matrimonios que de vez
en cuando se salvan y familias que se
preservan. Para que eso suceda, es necesario
que la parte ofendida sea capaz de brindar
una cantidad infinita de amor que le permita
perdonar y olvidar. Requiere que el ofensor
desee desesperadamente lograr el arrepentimiento
y abandonar el pecado.
Nuestra lealtad hacia el compañero eterno
no debe ser solamente física sino también
mental y espiritual. Puesto que después
del matrimonio no existen coqueteos inofensivos
ni hay lugar para los celos, es mejor
evitar “toda especie de mal”, rechazando
todo contacto cuestionable con cualquier
persona que no sea nuestro cónyuge.
La virtud. La virtud es el poderoso
elemento que une a la pareja. El Señor
dijo: “Amarás a tu esposa con todo tu
corazón, y te allegarás a ella y a ninguna
otra” (D. y C. 42:22).
La presencia divina. De todo
aquello que puede bendecir al matrimonio,
existe un ingrediente especial, uno que
lo enriquece y que permitirá, más que
ningún otro, que un hombre y una mujer
permanezcan unidos en un sentido muy real,
espiritual y sagrado: la presencia divina.
Shakespeare dijo por boca de la reina
Isabel en Enrique V: “Dios, el Hacedor
de todos los matrimonios, combine vuestros
corazones en uno’’ (acto V, escena II,
líneas 67–68). Dios es también el mejor
custodio de todo matrimonio.
Muchos son los factores que enriquecen
el matrimonio, aunque algunos parecerían
no tener la misma importancia que otros.
Gozar de la compañía de la divina presencia
y disfrutar de sus frutos constituye la
esencia de una gran felicidad matrimonial.
La unidad espiritual es el ancla, pero
los pequeños problemas que se presenten
relativos al aspecto espiritual del matrimonio
a menudo pueden ser la causa de que éste
fracase.
Creo que aumenta el número de divorcios
porque en muchos casos la unión carece
de la bendición santificadora que es fruto
de la observancia de los mandamientos
de Dios. La relación matrimonial puede
morir a causa de la falta de alimento
espiritual.
El diezmo. Tras casi veinte años
de servicio como obispo y como presidente
de estaca, aprendí que el pago del diezmo
es un excelente seguro contra el divorcio.
El pago del diezmo parece contribuir a
mantener recargada la batería espiritual
para que podamos perseverar aun en las
épocas en que el generador espiritual
no funcione. No existe una música grandiosa
ni majestuosa que produzca constantemente
la armonía de un gran amor; la música
más perfecta es la amalgama de dos voces
en una sola canción espiritual. El matrimonio
es el medio provisto por Dios para el
cumplimiento de las más grandes necesidades
humanas, y se basa en el respeto mutuo,
la madurez, el desinterés, la decencia,
la dedicación y la honradez. La felicidad
que produce el matrimonio y el ser padres
excede mil veces cualquier otro tipo de
felicidad.
Ser padres. Cuando los cónyuges
se convierten en padres, el alma del matrimonio
se ve grandemente ennoblecida y el proceso
de desarrollo espiritual cobra una fortaleza
inmensa. Para las parejas que pueden tener
hijos, el ser padres es la fuente de la
mayor de las felicidades. Los hombres
se conviertan en mejores personas porque
al ser padres deben cuidar de sus familias;
las mujeres alcanzan su plenitud porque
al ser madres deben olvidarse de sí mismas.
Todos comprendemos mejor el pleno significado
del amor cuando nos convertimos en padres;
sin embargo, si los hijos no vienen, las
parejas que estarían igualmente preparadas
para recibirlos con amor serán honradas
y bendecidas por el Señor de acuerdo con
su fidelidad. De todos los santuarios
de este mundo, nuestro hogar debe ser
uno de los más sagrados.
En el proceso de enriquecer el matrimonio,
las cosas pequeñas son las realmente importantes.
Debe haber un aprecio mutuo constante
y una demostración atenta de gratitud.
Para que haya progreso, la pareja debe
alentarse
y ayudarse mutuamente. El matrimonio es
una empresa conjunta en busca del bien,
de la belleza y de todo lo divino.
El Salvador ha dicho: “He aquí, yo estoy
a la puerta y llamo; si alguno oye mi
voz y abre la puerta, entraré a él, y
cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis
3:20).
Ruego que la presencia de Dios enriquezca
y bendiga a todos los matrimonios y los
hogares, en especial a los de Sus santos,
como parte de Su plan eterno. ■
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