| Mis
queridos hermanos y hermanas:
Estoy complacido por la oportunidad de
dirigirles la palabra. Agradezco a cada
uno de ustedes las oraciones que han ofrecido
por mí; me siento sumamente agradecido
a ustedes. Durante los 49 años que he
sido Autoridad General, he pronunciado
más de doscientos discursos en las conferencias
generales.
Me encuentro ya en el año 97 de mi vida;
el viento sopla y me siento como la última
hoja del árbol. En realidad, mi salud
es bastante buena, a pesar de todos los
rumores que afirman lo contrario; médicos
y enfermeras competentes me mantienen
en buen estado; tal vez algunos de ustedes
se vayan antes que yo. Sin embargo, considerando
mi edad, deseo expresarles mi testimonio
de las verdades básicas de esta obra.
Confieso que no sé todo, pero de algunas
cosas estoy seguro; esta mañana quiero
hablarles de las cosas de las que tengo
convicción.
Cuando el emperador Constantino se convirtió
al cristianismo, se dio cuenta de la división
que existía entre el clero en cuanto a
la naturaleza de Dios. Con el propósito
de poner fin a eso, en el año 325 convocó
en Nicea a los teólogos ilustres de esa
época. A cada uno de los participantes
se le dio la oportunidad de exponer sus
puntos de vista, lo cual sólo intensificó
la polémica. Al no lograrse una definición
unánime, se llegó a un acuerdo mutuo,
que llegó a conocerse como el Credo de
Nicea, cuyos elementos básicos aceptaron
la mayoría de los fieles cristianos.
Personalmente, yo no lo entiendo; para
mí, el credo es confuso. Cuán profundamente
agradecido estoy porque nosotros, los
de esta Iglesia, no nos basamos en ninguna
declaración hecha por el hombre en cuanto
a la naturaleza de Dios. Nuestro conocimiento
proviene directamente de la experiencia
personal que tuvo José Smith, quien, siendo
jovencito, habló con Dios el Eterno Padre
y Su Amado Hijo, el Señor Resucitado.
Él se arrodilló en presencia de Ellos,
oyó Sus voces y respondió. Cada uno era
un personaje distinto. No es de extrañar
que le dijera a su madre que había sabido
que la iglesia de ella no era verdadera.
De modo que una de las grandes y fundamentales
doctrinas de esta Iglesia es nuestra creencia
en Dios el Eterno Padre; Él es un ser
real y personal; Él es el gran Gobernador
del universo, y no obstante, Él es nuestro
Padre y nosotros somos Sus hijos. Nosotros
le oramos a Él, y esas oraciones son una
conversación entre Dios y el hombre. Estoy
seguro de que Él oye nuestras oraciones
y las contesta; yo no podría negarlo,
ya que he tenido demasiadas experiencias
con oraciones que han sido contestadas.
Alma instruyó a su hijo Helamán diciendo:
“Consulta al Señor en todos tus hechos,
y él te dirigirá para bien; sí, cuando
te acuestes por la noche, acuéstate en
el Señor, para que él te cuide en tu sueño;
y cuando te levantes por la mañana, rebose
tu corazón de gratitud a Dios; y si haces
estas cosas, serás enaltecido en el postrer
día” (Alma 37:37).
La segunda gran certeza de la que estoy
convencido también se basa en la visión
del profeta José Smith: que Jesús vive;
Él es el Cristo Viviente; Él es el Jehová
del Antiguo Testamento y el Mesías del
Nuevo Testamento. Bajo la dirección de
Su Padre, Él fue el Creador de la tierra.
El Evangelio según Juan empieza con estas
extraordinarias palabras: “En el principio
era el Verbo, y el Verbo era con Dios,
y el Verbo era Dios. “Este era en el principio
con Dios. “Todas las cosas por él fueron
hechas, y sin él nada de lo que ha sido
hecho, fue hecho” (Juan 1:1–3).
Fíjense particularmente en ese último
versículo: “Todas las cosas por él fueron
hechas, y sin él nada de lo que ha sido
hecho, fue hecho”.
Él fue el gran Creador; fue Su dedo el
que escribió los mandamientos en el monte;
fue Él quien dejó Sus cortes celestiales
y vino a la tierra para nacer en las circunstancias
más humildes. Durante Su corto ministerio,
sanó a los enfermos, hizo que el ciego
viera, levantó a los muertos y reprendió
a los escribas y a los fariseos. Él fue
el único hombre perfecto que ha caminado
sobre la tierra. Todo esto fue parte del
plan de Su Padre. En el Jardín de Getsemaní
Su sufrimiento fue tan intenso, que sudó
gotas de sangre mientras le suplicaba
a Su Padre; pero todo eso fue parte de
Su gran sacrificio expiatorio. La turba
lo prendió y se presentó ante Pilato,
mientras ésta clamaba por Su muerte. Él
llevó la cruz, el instrumento de Su muerte,
y en el Gólgota dio Su vida, exclamando:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo
que hacen” (Lucas 23:34).
Con sumo cuidado colocaron su cuerpo en
la tumba de José de Arimatea, pero tres
días después, la primera mañana de Pascua,
la tumba quedó vacía. María Magdalena
le habló, y Él le habló a ella; se apareció
a Sus apóstoles; caminó con dos discípulos
en el camino a Emaús, y se nos dice que
lo vieron otras quinientas personas (véase
1 Corintios 15:6).
Él había dicho: “También tengo otras ovejas
que no son de este redil; aquéllas también
debo traer, y oirán mi voz; y habrá un
rebaño, y un pastor”
(Juan 10:16). Por consiguiente, se apareció
a los que estaban reunidos en la tierra
de Abundancia en el hemisferio occidental,
donde enseñó a la gente tal como lo había
hecho en el Viejo Mundo. Todo esto se
encuentra registrado detalladamente en
el Libro de Mormón, que es un segundo
testigo de la divinidad de nuestro Señor.
Reitero que Él y Su Padre se aparecieron
al joven José, y que el Padre presentó
al Hijo, diciendo: “Éste es mi Hijo Amado:
¡Escúchalo!” (José Smith–Historia 1:17).
Ahora bien, lo otro de lo que estoy seguro,
y de lo que doy testimonio, es la expiación
del Señor Jesucristo. Sin ella, la vida
no tendría sentido; es la piedra angular
del arco de nuestra existencia; afirma
que vivíamos antes de que naciéramos en
la tierra. La vida terrenal es tan sólo
un peldaño hacia una existencia más gloriosa
en el futuro. El dolor de la muerte lo
atenúa la promesa de la Resurrección;
sin la Pascua no habría Navidad.
A continuación hablaré de las grandes
certezas que se han recibido con la restauración
del evangelio de Jesucristo. Tenemos la
restauración del sacerdocio, o la autoridad
dada al hombre para hablar en el nombre
de Dios. Este sacerdocio consiste en dos
órdenes: el menor, conocido también como
el Aarónico, se restauró mediante las
manos de Juan el Bautista. El orden mayor
del sacerdocio, el de Melquisedec, se
restauró por medio de Pedro, Santiago
y Juan. Al restaurar el Sacerdocio Aarónico,
el resucitado Juan el Bautista impuso
las manos sobre la cabeza de José Smith
y de Oliver Cowdery y dijo: “Sobre vosotros,
mis consiervos, en el nombre del Mesías,
confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual
tiene las llaves del ministerio de ángeles,
y del evangelio de arrepentimiento, y
del bautismo por inmersión para la remisión
de pecados” (D. y C. 13:1).
El presidente Wilford Woodruff, ya de
edad avanzada, se dirigió a los jovencitos
de la Iglesia y dijo: “Quisiera recalcar
el hecho de que no importa que un hombre
sea presbítero o apóstol, siempre que
magnifique su llamamiento.
Un presbítero tiene las llaves del ministerio
de ángeles. Nunca en mi vida, como apóstol,
setenta o élder, tuve más protección del
Señor que la que tuve cuando era presbítero”
(véase “Preparación para el servicio en
la Iglesia”, Liahona, agosto de 1979,
pág. 66).
El Sacerdocio Mayor o de Melquisedec otorga
a los hombres el poder para poner las
manos sobre la cabeza de otras personas
y darles bendiciones; ellos bendicen a
los enfermos. Tal como Santiago declaró
en el Nuevo Testamento: “¿Está alguno
enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos
de la iglesia, y oren por él, ungiéndole
con aceite en el nombre del Señor” (Santiago
5:14).
Por último, menciono las bendiciones de
la Casa del Señor, que se reciben como
resultado de la restauración del antiguo
Evangelio. Estos templos, que hemos multiplicado
enormemente en años recientes, brindan
bendiciones que no se pueden obtener en
ningún otro lugar.
Todo lo que se lleva a cabo en estas casas
sagradas tiene que ver con la naturaleza
eterna del hombre. Allí se sellan, juntos
como familias por la eternidad, esposos,
esposas e hijos. El matrimonio no es “hasta
que la muerte los separe”; es para siempre,
si los contrayentes viven dignos de esa
bendición. Lo más extraordinario de todo
es la autoridad para efectuar la obra
vicaria en la casa del Señor; en ese lugar
se llevan a cabo ordenanzas por los muertos,
quienes no tuvieron la oportunidad de
recibirlas en vida.
Hace poco me contaron de una mujer viuda
de Idaho Falls. Durante un periodo de
quince años actuó como representante para
otorgar la investidura del templo a veinte
mil personas en el Templo de Idaho Falls.
Un viernes completó la investidura número
veinte mil y el sábado regresó a efectuar
cinco más. Ella murió a la semana siguiente.
Reflexionen en lo que hizo esa sencilla
mujer; efectuó investiduras vicarias para
el mismo número de personas que se encuentran
reunidas esta mañana en este Centro de
Conferencias. Piensen en el recibimiento
que habrá tenido del otro lado.
Ahora bien, mis hermanos y hermanas, éste
es mi testimonio, el que expreso con solemnidad
ante ustedes. Dios los bendiga a todos
y a cada uno de ustedes, fieles Santos
de los Últimos Días. Que en su hogar haya
paz y amor, y fe y oración para guiarlos
en todo aquello que emprendan, es mi humilde
oración, en el sagrado nombre de Jesucristo.
Amén. ■
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