|
Ha pasado casi un siglo desde que nací,
y durante la mayor parte de este tiempo
ha habido guerra entre los seres humanos
en una u otra parte del mundo. Nadie podrá
calcular nunca los terribles sufrimientos
que estas guerras han causado a escala
mundial; se han perdido millones de vidas;
las terribles heridas de la guerra han
dejado cuerpos mutilados y mentes destruidas;
familias han quedado sin padre o madre.
En muchos casos, muchachos jóvenes reclutados
como soldados han muerto, en tanto que
los que todavía viven han ido anidando
en lo más profundo de su alma un odio
y un resentimiento que no los abandonará
jamás. Muchas naciones han perdido riquezas
que nunca recuperarán.
La devastación de la guerra parece tan
innecesaria, así como ese horroroso desperdicio
de vidas humanas y de recursos nacionales.
Nos preguntamos: ¿Terminará algún día
esta terrible y destructiva forma de tratar
los desacuerdos entre los hijos y las
hijas de Dios?
Pero hay otra guerra que no ha cesado
desde antes de la creación del mundo y
que probablemente perdurará mucho más
tiempo. Se trata de una guerra que va
más allá de las cuestiones de soberanía
territorial o nacional.
De esa guerra, Juan el revelador dice:
“Después hubo una gran batalla en el cielo:
Miguel y sus ángeles luchaban contra el
dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles;
“pero no prevalecieron, ni se halló ya
lugar para ellos en el cielo. “Y fue lanzado
fuera el gran dragón, la serpiente antigua,
que se llama diablo y Satanás, el cual
engaña al mundo entero; fue arrojado a
la tierra, y sus ángeles fueron arrojados
con él” (Apocalipsis 12:7–9).
La lucha continua
Esa guerra tan encarnizada, tan intensa,
nunca ha cesado; es la guerra entre la
verdad y el error, entre el albedrío y
la compulsión, entre los que siguen a
Cristo y los que lo han negado. En ese
conflicto, sus enemigos se han valido
de todas las estratagemas; se han entregado
a la mentira y al fraude; se han valido
del dinero y de la riqueza; han engañado
la mente de los hombres; han asesinado
y destruido y se han dedicado a todo tipo
de práctica impura e impía con el fin
de frustrar la obra de Cristo.
El asesinato comenzó en la tierra cuando
Caín mató a Abel. En el Antiguo Testamento
hay innumerables relatos de la misma contienda
eterna.
Se puso de manifiesto en las viles acusaciones
que se hicieron en contra del Varón de
Galilea, el Cristo, que sanó a los enfermos
y llenó de aliento y esperanza el corazón
de los hombres, el que enseñó el Evangelio
de paz. Sus enemigos, motivados por ese
poder maligno, lo arrestaron, lo torturaron,
lo clavaron en la cruz y lo escarnecieron.
Pero por Su divino poder, venció la muerte
que le infligieron sus enemigos y, por
medio de Su sacrificio, brindó la salvación
de la
muerte a todo el género humano.
Esa guerra eterna siguió con el desmoronamiento
de la obra que Él instituyó, con la corrupción
que después la contaminó cuando las tinieblas
cubrieron la tierra y la oscuridad las
naciones (véase Isaías 60:2).
Pero no fue posible derrotar las fuerzas
de Dios. La Luz de Cristo tocó el corazón
de un hombre aquí y de otro allá, y mucho
bien sobrevino pese a la gran opresión
y al sufrimiento.
Vino
la época del Renacimiento, con sus campañas
en pro de la libertad, las cuales costaron
mucha sangre y sacrificio. El Espíritu
de Dios inspiró a los hombres a fundar
una nación en la que se protegieran tanto
la libertad de religión como la libertad
de expresión y la del albedrío. Después
siguió la apertura de la dispensación
del cumplimiento de los tiempos, la cual
se verificó con la visita que hicieron
a la tierra Dios el Eterno Padre y Su
Hijo Amado, el Señor Jesucristo resucitado.
A ese glorioso acontecimiento siguieron
las visitaciones de ángeles que restauraron
las antiguas llaves y el sacerdocio.
Pero la guerra no terminó, sino que se
renovó y emprendió un nuevo rumbo. Hubo
vilipendio; hubo persecución; se produjeron
expulsiones de un sitio al otro; tuvo
lugar el asesinato del joven profeta de
Dios y de su amado hermano, hecho del
que en este mes se cumplen 163 años.
Los Santos de los Últimos Días huyeron
de sus cómodas casas, sus granjas, sus
campos, sus tiendas, su bello templo que
edificaron con tanto sacrificio y fueron
a valles de montañas, muriendo miles por
el camino.
Llegaron a ese lugar que el presidente
José Smith pidió a los Doce que encontraran,
“donde el diablo no pueda venir a molestarnos”
(History of the
Church, tomo VI, pág. 222).
Pero el adversario nunca ha cejado en
sus esfuerzos. En la conferencia de octubre
de 1896, el presidente Wilford Woodruff
(1807–1898), ya de avanzada edad, dijo
desde el Tabernáculo de la Manzana del
Templo: “Hay dos poderes en el mundo,
en medio de los habitantes de la tierra:
el poder de Dios y el del diablo. En nuestra
historia hemos tenido algunas experiencias
muy peculiares. Siempre que Dios ha tenido
un pueblo en la tierra, no importa en
qué época, Lucifer, el hijo de la mañana,
y los millones de espíritus caídos que
fueron echados del cielo, han peleado
contra Dios, contra Cristo, contra la
obra de Dios y contra el pueblo de Dios;
y no vacilan en hacerlo en nuestros días.
En cualquier momento en que el Señor ha
extendido Su mano para ejecutar una obra,
esos poderes se han dispuesto a destruirla”
(Enseñanzas de los
Presidentes de la Iglesia: Wilford Woodruff,
2005, pág. 227).
El presidente Woodruff sabía de lo que
hablaba, ya que acababa de pasar por aquellos
días difíciles y peligrosos cuando el
gobierno del país vino contra nuestro
pueblo resuelto a destruir esta Iglesia
como organización. A pesar de las dificultades
de aquellos días, los santos no se rindieron.
Siguieron adelante con fe, depositando
su confianza en el Todopoderoso, y Él
les reveló el camino que debían seguir.
Con fe, aceptaron esa revelación y fueron
obedientes.
El patrón del conflicto
Pero la guerra no terminó; menguó un poco,
y damos gracias por ello; sin embargo,
el adversario de la verdad ha continuado
su contienda.
Pese a la fortaleza actual de la Iglesia,
constantemente se nos ataca desde un sector
u otro, pero seguimos adelante; debemos
seguir adelante.
Hemos avanzado y continuaremos avanzando.
A veces los problemas son mayores y, en
ocasiones, sólo son escaramuzas locales,
pero todos forman parte del mismo patrón.
La oposición se ha manifestado en los
esfuerzos imperecederos de muchas personas,
tanto de dentro como de fuera de la Iglesia,
por destruir la fe, despreciar, degradar,
levantar falso testimonio, tentar, seducir
e inducir a nuestros miembros a prácticas
contrarias a las enseñanzas y normas de
esta obra de Dios.
La guerra continúa; sigue igual que en
el principio. Quizá haya menos intensidad,
y me siento agradecido por ello, pero
los principios en cuestión son los mismos.
Las víctimas que caen son tan preciosas
como aquéllas que cayeron en el pasado.
Es una batalla continua.
Los poseedores del sacerdocio, junto con
las hijas de Dios que son nuestras compañeras
y aliadas, componen el ejército del Señor.
Debemos estar unidos; un ejército desorganizado
no logrará la victoria. Resulta imperativo
que cerremos filas, que marchemos juntos
en unión. No podemos aspirar a la victoria
si hay división entre nosotros; no lograremos
la unidad si existe deslealtad; no podemos
pretender la ayuda del Todopoderoso si
somos impuros.
A los jóvenes del sacerdocio, los diáconos,
maestros y presbíteros, se les ha confiado,
junto con sus oficios del sacerdocio,
el deber de predicar el Evangelio, de
enseñar la verdad, de alentar a los débiles
para que sean fuertes, de “invitar a todos
a venir a Cristo” (D. y C. 20:59). Las
Mujeres Jóvenes de la Iglesia tienen una
responsabilidad igualmente importante
de ser obedientes a los mandamientos de
Dios y de servir de ejemplo de fe y virtud.
Ningún hijo ni ninguna hija de nuestro
Padre Celestial puede permitir verse implicado
con cosas que debiliten la mente, el cuerpo
o el espíritu eterno. Entre ellas están
las drogas, el alcohol, el tabaco y la
pornografía. No pueden participar en actos
inmorales; no pueden hacer esas cosas
y ser valientes guerreros en la causa
del Señor en la gran y sempiterna contienda
por el bien de las almas de los hijos
de nuestro Padre.
Los hombres de esta Iglesia no pueden
ser infieles ni desleales a su esposa,
ni a sus hijos, ni a sus responsabilidades
del sacerdocio si desean ser valientes
en la tarea de llevar adelante la obra
del Señor en esta gran batalla por la
verdad y la salvación. No pueden ser falsos
ni carentes de escrúpulos en sus asuntos
temporales sin manchar su armadura. Las
mujeres de esta Iglesia, ya sean esposas,
madres o hermanas que no hayan encontrado
a su compañero, no pueden ser infieles
o desleales a sus convenios y a sus bendiciones
y al mismo tiempo servir como baluartes
en el reino, lo cual es su vocación.
En nuestras reuniones, a veces cantamos
el siguiente himno:
¿Quién sigue al Señor?
Toma tu decisión.
Clamamos sin temor:
¿Quién sigue al Señor?
La guerra es real
Con el príncipe del mal,
que lucha con afán.
¿Quién sigue al Señor?
(“¿Quién sigue al
Señor?”, Himnos, Nº 170)
Exhortación al compromiso
Hace unos años, un amigo me contó una
conversación que tuvo con otro miembro
de la Iglesia. Le preguntó si se sentía
cerca de su Padre Celestial y él le respondió
que no. La siguiente pregunta fue: ¿Y
por qué no?, a lo cual respondió: “Francamente,
porque no quiero”; y agregó: “Si me sintiera
cerca del Padre Celestial, Él probablemente
me requeriría cierto compromiso, y no
estoy preparado para eso”.
Piensen en ello: un hombre que ha tomado
sobre sí el nombre del Señor al bautizarse,
que ha renovado sus convenios con el Señor
en la reunión sacramental, que ha aceptado
el sacerdocio de Dios y, no obstante,
ha dicho que si estuviera cerca de su
Padre Celestial, se le requeriría cierto
compromiso y no estaba listo para eso.
En esta obra tiene que haber dedicación;
debe haber devoción. Estamos embarcados
en la gran y eterna contienda que tiene
que ver con las almas mismas de los hijos
de Dios. No vamos perdiendo; al contrario,
vamos ganando. Seguiremos ganando si somos
fieles y leales. Podemos hacerlo.
Debemos hacerlo. Lo haremos.
No hay nada que el Señor nos haya pedido
que no podamos cumplir con fe.
Pienso en los hijos de Israel cuando huyeron
de Egipto. Acampados junto al Mar Rojo,
miraron a sus espaldas y vieron a Faraón
y a sus ejércitos que iban a destruirlos.
El miedo se apoderó de ellos; con los
ejércitos a sus espaldas y el mar delante
de ellos, clamaron aterrorizados.
“Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad
firmes, y ved la salvación que Jehová
hará hoy con vosotros; porque los egipcios
que hoy habéis visto, nunca más para siempre
los veréis.
“Jehová peleará por vosotros, y vosotros
estaréis tranquilos.
“Entonces Jehová dijo a Moisés: …Di a
los hijos de Israel que marchen”
(Éxodo 14:13–15; cursiva agregada).
Las aguas del mar se dividieron y los
hijos de Israel avanzaron hacia su salvación.
Los egipcios los siguieron para su propia
destrucción.
¿No marcharemos adelante con fe también
nosotros?
Aquel que es nuestro líder eterno, el
Señor Jesucristo, nos ha instado con palabras
de revelación; Él dice: “Por tanto, alzad
vuestros corazones y regocijaos, y ceñid
vuestros lomos y tomad sobre vosotros
toda mi armadura, para que podáis resistir
el día malo…
“Seguid firmes, pues, estando ceñidos
vuestros lomos con la verdad, llevando
puesta la coraza de la rectitud y calzados
vuestros pies con la preparación del evangelio
de paz, el cual he mandado a mis ángeles
que os entreguen;
“tomando el escudo de la fe con el cual
podréis apagar todos los dardos encendidos
de los malvados;
“y tomad el yelmo de la salvación, así
como la espada de mi Espíritu… y sed fieles
hasta que yo venga, y seréis arrebatados,
para que donde yo estoy vosotros también
estéis” (D. y C. 27:15–18).
Un brillante futuro
La guerra continúa; se libra en el mundo
entero sobre asuntos relacionados con
el albedrío y la compulsión; la guerra
de la verdad contra el error la libra
un ejército de misioneros; la libramos
en nuestras propias vidas, todos los días,
en nuestro hogar, en nuestro trabajo,
en nuestras relaciones con los compañeros
de estudios; la libramos por la causa
del amor y del respeto, de la lealtad
y la fidelidad, la obediencia y la integridad.
Todos formamos parte de esa batalla: adultos
y jóvenes, cada uno de nosotros. Vamos
ganando y el futuro nunca ha parecido
más brillante.
Dios nos bendiga, mis amados hermanos,
en la obra tan claramente estipulada que
tenemos por delante; seamos leales; seamos
valientes; tengamos el valor de ser fieles
a la confianza que Dios ha puesto en cada
uno de nosotros; no tengamos temor. “Porque
[citando las palabras de Pablo a Timoteo]
no nos ha dado Dios espíritu de cobardía,
sino de poder, de amor y de dominio propio.
Por tanto, no te avergüences de dar testimonio
de nuestro Señor” (2 Timoteo 1:7–8). ■
|