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En abril de 1966, durante la conferencia
general anual de la Iglesia, el élder
Spencer W. Kimball (1895-1985), del Quórum
de los Doce Apóstoles, dio un discurso
memorable en el que compartió un relato
escrito por Samuel T. Whitman titulado
Las cuñas olvidadas. También
yo quiero hoy citar el relato de Samuel
T. Whitman y después compartir ejemplos
de mi propia vida.
Whitman escribió: "(Ese invierno)
la tormenta de hielo no había sido muy
destructiva. Cierto es que se habían caído
algunos cables eléctricos y que había
en la carretera más accidentes que de
costumbre... En circunstancias normales,
el enorme nogal habría podido sostener
sin problemas el peso que se había creado
en sus ramas; fue la cuña de hierro incrustada
en su corazón la que provocó el daño.
"La historia de la cuña de hierro
tuvo su origen varios años antes, cuando
el hoy canoso agricultor (que ahora vivía
en esa propiedad donde había estado el
árbol) era un jovencito que crecía en
el hogar de su padre. En aquel entonces,
el aserradero había sido trasladado recientemente
del valle y los pobladores del lugar aún
encontraban herramientas y piezas sueltas
del equipo tiradas por todas partes...
"Ese día en particular, el muchacho
había encontrado una cuña de leñador,
ancha, chata y pesada, de unos 30 centímetros
de largo y bastante gastada por los golpes
que había recibido. La cuña del leñador
se utilizaba para ayudar a derribar un
árbol; ésta se colocaba en una hendidura
hecha con una sierra y después se golpeaba
con fuerza con un mazo de hierro a fin
de ensanchar el corte...
"Como se le había hecho tarde para
la cena, el joven colocó la cuña entre
las ramas del tierno nogal que su padre
había plantado cerca de portón dela entrada
y pensó en llevarla al depósito después
de la cena o en algún otro momento que
pasara por allí.
"De verdad tuvo la intención de hacerlo,
pero nunca lo hizo. La cuña estaba todavía
allí, un poco apretada por las ramas,
cuando el se hizo hombre. Seguía allí,
ahora firmemente encajada, cuando el se
casó y se hizo cargo de la granja de su
padre. Estaba casi incrustada aquel día
en que los peones que trabajaban en la
trilla comieron a la sombra del árbol...
Clavada y olvidada, la cuña todavía permanecía
allí cuando azotó la tormenta de granizo.
"En el helado silencio de aquella
noche de invierno... una de las tres ramas
principales se quebró y cayó a tierra.
Eso causó que el resto de la copa del
árbol perdiera su estabilidad y se desplomara
también. Después de la tormenta, no quedaban
vestigios de lo que una vez había sido
un hermoso árbol.
"Al día siguiente, bien temprano,
el agricultor saió a lamentar su pérdida...
"Entonces, sus ojos vieron algo en
medio de aquel desastre: `La cuña´, musitó
con tono de reproche, `la cuña que encontré
en los pastos del sur´. Una rápida mirada
le hizo darse cuenta de por qué se había
caído el árbol. Incrustada en el tronco,
la cuña había impedido que las fibras
de las ramas se entrelazaran como era
de esperar" (Conference Report, abril
de 1966, pág. 70)
Las cuñas de nuestra vida
Existen cuñas escondidas en la vida de
muchas personas que conocemos; sí, quizás
hasta en nuestra propia familia:
Quisiera compartir con ustedes el relato
de un amigo de siempre que ya ha partido
de la vida terrenal. Se llamaba Leonard
y no era miembro de la Iglesia, aunque
su esposa y sus hijos sí lo eran. Su esposa
prestó servicio como presidenta de la
Primaria; su hijo sirvió honorablemente
en una misión; y tanto su hija como su
hijo contrajeron matrimonio con sus parejas
en ceremonias solemnes y criaron sus propias
familias.
Como yo, todo el que conocía a Leonard
lo apreciaba. Él apoyaba a su esposa y
a sus hijos en las asignaciones de la
Iglesia y asistía con ellos a muchas actividades
organizadas por ésta. Llevó una vida buena
y limpia, sí, una vida de servicio y de
bondad. Su familia y en realidad muchas
otras personas se preguntaban por qué
Leonard había pasado por esta vida terrenal
sin las bendiciones que el Evangelio brinda
a sus miembros.
Durante sus últimos años, la salud de
Leonard se deterioró y finalmente tuvo
que ser hospitalizado; su vida se consumía
poco a poco. En la que sería mi última
conversación con él, me dijo: "Tom,
te conozco desde que eras niño y creo
que debo explicarte por qué nunca me uní
a la Iglesia". Me contó entonces
algo que les había sucedido a sus padres
y que había tenido lugar muchísimos años
antes. Muy a su pesar, la familia había
llegado a un punto en el que sevio en
la necesidad de vender su granja. Alguien
les hizo una oferta que aceptaron pero,
después, un vecino les pidió que le vendieran
la granja a él --aunque a menos precio--
y agregó: "Hemos sido tan amigos
que si pudiera ser dueño de la propiedad,
la cuidaría bien".
Al final, los padres de Leonard accedieron
y vendieron la granja. El comprador --su
vecino-- tenía un cargo de responsabilidad
en la Iglesia y la confianza que ese hecho
implicaba persuadió a la familia a vendérsela
a él, a pesar de no recibir tanto dinero
como si se la hubieran vendido al primer
interesado en comprarla. Poco después
de realizada la venta, el vecino vendió
tanto su propia granja como la que había
comprado a la familia de Leonard como
si ambas fueran una sola propiedad, lo
que incrementó su valor y, en consecuencia,
el precio final de la venta. La antigua
interrogante de por qué Leonard nunca
se había unido a la Iglesia por fin había
quedado al descubierto: siempre pensó
que se había engañado a su familia.
Al término de la conversación, me contó
que sentía que por fin se había librado
de un gran peso al prepararse para encontrarse
con su Hacedor. La tragedia es que una
cuña escondida había impedido que Leonard
se remontara a alturas más elevadas.
Optemos por amar
Conozco a una familia que llegó
a estados Unidos procedente de Alemania.
El idioma inglés les resultaba difícil
y no poseían demasiados muchos bienes
materiales, pero cada integrante de la
familia fue bendecido con voluntad de
trabajar y con amor por Dios.
Nació su tercer hijo, pero falleció al
cabo de tan sólo dos meses. El padre,
que era ebanista, hizo un hermoso ataúd
para el cuerpo de su precioso hijo. El
día del funeral fue sombrío, lo cual contribuía
a la tristeza que sus seres queridos sentían
por la pérdida sufrida. Mientras la familia
caminaba a la capilla, con el padre portando
el pequeño ataúd, se había congregado
un pequeño número de amigos. Sin embargo,
la puerta del centro de reuniones estaba
cerrada con llave. El ocupado obispo se
había olvidado del funeral y los intentos
de ponerse en contacto con él resultaron
inútiles. Sin saber qué hacer, el padre
se colocó el ataúd bajo el brazo y, junto
con su familia, regresó a casa caminando
bajo una lluvia torrencial.
Si los miembros de esa familia hubieran
tenido menos carácter, habrían culpado
al obispo y habrían albergado cierto resentimiento.
Cuando el obispo descubrió la tragedia,
visitó a la familia y se disculpó; y con
el dolor todavía evidente en su semblante,
pero con lágrimas en los ojos, el padre
aceptó la disculpa y los dos se abrazaron
con espíritu de comprensión. No quedó
ninguna cuña escondida que causara más
sentimientos de enojo. Prevalecieron el
amor y la tolerancia.
El Espíritu debe quedar libre de las fuertes
cadenas y de los viejos rencores a fin
de que el entusiasmo por la vida conceda
optimismo al alma. En muchas familias
hay sentimientos heridos y renuencia a
perdonar. Independientemente de cuál haya
sido el problema, no puede ni debe permitirse
que siga causando daño. El seguir culpando
a los demás mantiene abierta la herida;
sólo el perdonar la cicatriza. George
Herbert, poeta de principios del siglo
XVII, escribió: "Quien no perdona
a los demás destruye el puente por el
cual debe pasar si desea alcanzar el cielo,
ya que todos tenemos necesidad de ser
perdonados".
Qué hermosas son las palabras que el Salvador
pronunció cuando estaba a punto de morir
en la infame cruz: "...Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen" (Lucas
23:34).
El perdón
Hay personas que tienen dificultad para
perdonarse a sí mismas y se concentran
en lo que consideran sus defectos. Me
gusta el relato de un líder religioso
que, junto al lecho de muerte de una mujer,
trataba en vano de consolarla. "Estoy
perdida", decía ella. "He arruinado
mi vida y la vida de los que me rodeaban.
No tengo esperanza".
El hombre advirtió que sobre el tocador
estaba la foto de una joven hermosa. "¿Quién
es?", le preguntó.
El rostro de la mujer se iluminó: "Es
mi hija; lo único hermoso de mi vida".
"¿La ayudaría usted si ella tuviera
dificultades o hubiera cometido un error?¿La
perdonaría?¿La seguiría amando?"
"¡Claro que sí!", exclamó la
mujer. "Haría cualquier cosa por
ella. ¿Por qué me lo pregunta?"
"Porque quiero que sepa", le
dijo el hombre, "que, hablando en
sentido figurado, Dios tiene una fotografía
de usted en Su tocador. Él la ama y la
ayudará. Invoque Su nombre".
Y así desapareció la cuña escondida que
impedía la felicidad de aquella mujer.
En momentos de peligro o de prueba, ese
conocimiento, esa esperanza y esa comprensión
brindan consuelo a la mente alterada y
al corazón dolorido. Todo el mensaje del
Nuevo Testamento infunde un espíritu de
renacimiento al alma humana. Las sombras
de la desesperación se disipan bajo los
rayos de la esperanza, el dolor sucumbe
ante el gozo y el sentimiento de encontrarse
perdido entre la multitud de la vida se
desvanece con el conocimiento certero
de que nuestro Padre Celestial es consciente
de cada uno de nosotros.
El Salvador confirma esa verdad al enseñar
que ni un pajarillo cae a tierra sin que
pase inadvertido para el Padre, y entonces
termina ese hermoso pensamiento diciendo:
"Así que, no temáis; mas valéis vosotros
que muchos pajarillos" (Mateo 10:31).
Hace algún tiempo leí en un periódico
la siguiente noticia de la agencia Associated
Press: "Un anciano, desde su juventud,
había compartido con su hermano una cabaña
de un solo cuarto, cerca de Canisteo,
estado de Nueva York. En el funeral de
su hermano, reveló que, tras una fuerte
discusión ocurrida en su juventud, acordaron
dividir la habitación por la mitad con
una línea trazada con tiza y que ninguno
de los dos la había cruzado ni se habían
dirigido la palabra desde ese día, hacía
62 años". "¡Qué cuña escondida
tan grande y destructiva!
Alexander Pope escribió: "Errar es
humano; perdonar, divino" (An
Essay on Criticism, 1711, segunda parte,
línea 525).
Tomemos
la iniciativa
En
ocasiones nos ofendemos con mucha facilidad;
otras veces somos demasiados tercos para
aceptar una disculpa sincera: Subordinemos
el amor propio, el orgullo y la ofensa,
y digamos: "¡Cuánto lo siento!".
Seamos lo que una vez fuimos: Amigos.
No leguemos a las generaciones futuras
los resentimientos y el enojo de nuestra
época. Quitemos todas las cuñas escondidas,
que lo único que hacen es destruir.
¿Dónde se originan las cuñas escondidas?
Algunas provienen de las disputas sin
resolver, las cuales conducen a malos
sentimientos, seguidas por el remordimiento
y el pesar. Otras tienen sus comienzos
en las desilusiones, la envidia, las discusiones
y los daños supuestos. Es necesario resolverlos,
olvidarlos y no permitir que se conviertan
en una llaga que se infecte y que al final
destruya.
Una enternecedora dama demás de noventa
años fue a verme cierto día e inesperadamente
comenzó a relatar varias cosas que lamentaba.
Me contó que hacía muchos años, un agricultor
vecino, con el cual ella y su esposo en
ocasiones discrepaban, le pidió permiso
para tomar un atajo por sus terrenos y
así llegar a sus tierras. Ella detuvo
su narración y con vos temblorosa me dijo:
"Tommy, yo no le permitía que cruzara
por nuestros campos, sino que le obligaba
a que diera toda la vuelta --aún a pie--
para llegar a su propiedad. Estuvo mal
y lo lamento. Él ya no vive, pero como
quisiera decirle: `Lo lamento mucho´.
¡Cómo desearía tener una segunda oportunidad!"
Mientras la oía, recordé las palabras
de John Greenleaf Whittier: "De todas
las palabras, habladas o escritas, son
éstas las más tristes: `Podría haber sido´"
(Maud Muller, The
Complete Poetical Works of Whittier, 1892,
pág. 48).
De 3 Nefi, en el Libro de Mormón, recibimos
este inspirado consejo: "...no hará
disputas entre vosotros...
"Porque en verdad, en verdad os digo
que aquel que tiene el espíritu de contención
no es mío, sino es del diablo, que es
el padre de la contención, y él irrita
los corazones de los hombres, para que
contiendan con ira unos con otros.
"He aquí, ésta no es mi doctrina,
agitar con ira el corazón de los hombres,
el uno contra el otro; antes bien mi doctrina
es ésta, que se acaben tales cosas"
(3 Nefi 11:28-30).
Salvar la distancia
Hace muchos años, Roy Kohler y Grant Remund
prestaron servicio juntos en cargos de
la Iglesia. Eran buenísimos amigos; ambos
eran agricultores y lecheros. Entonces
surgió un malentendido que causó cierto
distanciamiento entre ambos.
Tiempo después, cuando Roy Kohler cayó
gravemente enfermo de cáncer y le quedaba
poco tiempo de vida, mi esposa Frances
y yo fuimos a verlo y le di una bendición.
Más tarde, mientras hablábamos, el hermano
Kohler dijo: "Quisiera contarles
una de las experiencias más hermosas de
mi vida". Entonces nos relató el
malentendido ocurrido con Grant Remund
y del distanciamiento que había tenido
lugar. Su comentario fue: "No nos
podíamos ni ver".
"Tiempo después", continuó Roy,
"yo había terminado de almacenar
alfalfa para el invierno que se avecinaba,
cuando una noche, como resultado de una
combustión espontánea, la alfalfa se incendió,
quemándose completamente, así como el
granero y todo lo que había en él. Me
sentía desolado", dijo Roy. "No
sabía qué hacer. La noche era oscura,
con excepción de las brasas que poco a
poco se extinguían. Entonces vi que se
acercaban por la carretera, en dirección
de la propiedad de Grant Remund, las luces
de tractores y de maquinaria pesada. Cuando
`el grupo de rescate´ entró por la entrada
de mi granja y me encontró hecho un mar
de lágrimas, Grant dijo: `Roy, es increíble
el desastre que te ha quedado para limpiar;
pero no te preocupes, mis muchachos y
yo estamos aquí. Manos a la obra´".
Y juntos se ocuparon del trabajo. La cuña
escondida que los había separado por un
corto tiempo desapareció para siempre.
Trabajaron toda la noche hasta el día
siguiente, junto con otra gente del lugar
que se había unido a ellos.
Tanto Roy Kohler como Grant Remund han
fallecido. Los hijos de ambos prestaron
servicio en el obispado del mismo barrio.
Atesoro de verdad la amistad de esas dos
extraordinarias familias.
Ruego que seamos un ejemplo en nuestros
hogares, y que seamos fieles en guardartodos
ls mandamientos para que, de esa forma,
no guardemos cuñas escondidas; antes bien,
recordemos la admonición del Salvador:
"En esto conocerán todos que sois
mis discípulos, si tuviereis amor los
unos con los otros"
(Juan 13:35).
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