| Mediante
este mensaje deseo ofrecer oportunidades
de desarrollo y de felicidad a todos los
miembros, tanto casados como solteros.
Si desean sujetar las riendas de su vida
y tener éxito, sea cual fuere su estado
civil, les recomiendo que se propongan
conocer a su Padre Celestial. La mejor
manera de lograrlo es a través de la oración,
del estudio y de la observancia de los
mandamientos. Recuerden siempre que Él
les ama y que les guiará y apoyará si
le piden que les acompañe en su diario
vivir.
Inclúyanle al tomar sus decisiones; cuenten
con Él cuando realicen inventario de su
valor personal; acudan a Él en oración
cuando se sientan desalentados, pues les
testifico que Él atiende nuestras peticiones
de ayuda.
En su profundo discurso sobre la oración,
el profeta Zenós observó: “Y me oíste
por motivo de mis aflicciones y mi sinceridad”
(Alma 33:11).
Nos conmueve profundamente y nos preocupa
el detectar un común denominador en las
manifestaciones de muchos de nuestros
miembros solteros, ya que para algunos
de ellos la soledad y el desaliento son
su más constante compañía. Una gran persona
que cuenta con un buen obispo, un buen
hogar, un buen maestro orientador, un
buen trabajo y circunstancias cómodas,
dijo: “No me faltan cosas que hacer, sino
alguien que las hagaconmigo”. Eso es algo
que nos preocupa enormemente, dado que
al menos un tercio de los miembros adultos
de la Iglesia están solteros.
Sin menoscabar el dolor que la soledad
produce a algunas personas solteras, el
presidente Gordon B. Hinckley ofreció
cierto antídoto al respecto cuando aconsejó:
“Creo que, para la mayoría de nosotros,
la mejor medicina para la soledad es el
trabajo y el servicio en beneficio de
los demás. No minimizo sus problemas,
pero no dudo en decir que hay muchas otras
personas cuyos problemas son más serios
que los suyos. Procuren servirles, ayudarles,
animarles. Hay muchos jóvenes y jovencitas
que fracasan en los estudios debido a
la falta de un poco de atención personal
y de ánimo. Hay mucha gente mayor que
sufre, que vive en la soledad y con temor,
a quienes una simple conversación llevaría
un poquito de esperanza y esplendor” (1).
No olviden que todos hemos sido solteros,
estamos solteros o volveremos a estar
solos, por lo que ser soltero en la Iglesia
no es nada extraordinario. El estar casado
también entraña retos y responsabilidades.
Tal vez hayan oído de la joven novia que
dijo: “Cuando me case, terminarán mis
problemas”. A lo que su sabia madre replicó:
“Sí, querida, pero tal vez comiencen otros”.
Evaluemos nuestro progreso
No conviene que nos obsesionemos tanto
con el deseo de contraer matrimonio que
nos perdamos las bendiciones y las oportunidades
de progresar mientras estamos solteros.
Además, considero de gran utilidad el
establecerse metas, pues sin metas no
es posible evaluar nuestro progreso. No
se frustren por la ausencia de victorias
evidentes; ciertas cosas no se pueden
evaluar. Si su objetivo es alcanzar la
excelencia —si cada día se esfuerzan por
dar lo mejor de sí mismos mediante un
uso más sabio de su tiempo y sus fuerzas
para alcanzar metas realistas—, lograrán
el éxito, tanto si están casados como
si están solteros.
Refiriéndose a los miembros solteros,
el presidente Harold B. Lee (1899–1973)
dijo en cierta ocasión: “Entre ustedes
se encuentran algunos de los miembros
más nobles de la Iglesia: los fieles,
los valientes que se esfuerzan por vivir
los mandamientos del Señor, por edificar
el reino sobre la tierra y por servir
a sus semejantes” (2).
Con demasiada frecuencia somos desconsiderados
e insensibles con los sentimientos de
estos espíritus selectos que hay entre
nosotros.
Un líder del sacerdocio bien intencionado,
preocupado por una de estas selectas mujeres
solteras cuyo corazón añoraba una vida
más plena y menos solitaria, preguntó:
“¿Por qué no se casa?”. A lo que la hermana
respondió con buen humor: “Me encantaría,
hermano, pero los maridos no crecen en
los árboles”.
Si bien muchos adultos solteros se adaptan
bien a la vida y sus problemas, siguen
necesitando la amorosa atención de la
Iglesia y de sus miembros para reafirmarse
en su utilidad y en el amor que Dios tiene
por cada uno de ellos. El hincapié adecuado
y pertinente que la Iglesia hace en el
hogar y en la familia suele provocar que
algunos miembros solteros que no tienen
ni compañero ni hijos se sientan excluidos.
Una de esas personas escribió: “Muchos
miembros de la Iglesia tratan a las divorciadas
como si fueran leprosas. He vivido varios
años en un determinado barrio de Salt
Lake en el que cada Navidad se celebraba
una fiesta para viudos, y jamás me han
invitado. Siempre he llevado una vida
buena y creo que el Salvador me habría
invitado. Conozco a personas que han pasado
por el dolor de la muerte y del divorcio,
y dicen que el divorcio es peor que la
muerte”.
Otra persona escribe: “Créame que con
todo el hincapié que la Iglesia pone en
las familias y en los hijos, lo tenemos
muy claro que no encajamos. Qué enorme
placer es haber sido aceptado como una
persona normal”. Nadie debería sentirse
aislado por el hecho de estar soltero.
Deseamos que todos sientan que pertenecen
a la Iglesia en el sentido que implica
el mensaje de Pablo a los efesios: “...ya
no sois extranjeros ni advenedizos, sino
conciudadanos de los santos, y miembros
de la familia de Dios” (Efesios 2:19).
No sólo pertenecemos a la Iglesia del
Señor, sino que también nos pertenecemos
los unos a los otros.
Toda la sociedad, incluso los miembros
adultos solteros, tienen un especial interés
en los padres, las madres y las familias.
Hace unos años el presidente Boyd K. Packer,
Presidente en Funciones del Quórum de
los Doce Apóstoles, declaró a los miembros
solteros de la Iglesia: “Hablamos mucho
sobre la familia y puede que alguna vez
la amargura les lleve a decir: ‘Tanto
hablar de las familias, pero si yo no
tengo familia y...’. ¡Alto ahí! No terminen
la frase diciendo: ‘Cuánto me gustaría
que dejaran de hablar tanto de las familias’.
Oren para que sigamos hablando de la familia,
de los padres y las madres, de los hijos,
de la noche de hogar, del matrimonio en
el templo, del gozo de tener un buen cónyuge
y de todo lo demás, pues todo eso también
será de ustedes. Si dejáramos de hablar
de ello, ustedes, y todos los demás, serían
los más perjudicados” (3).
Me uno a ese sentir. Con el tiempo, todo
eso será de ustedes.
Busquen a los necesitados
Todos recordamos la parábola del buen
pastor que dejó a su rebaño para ir en
busca de la oveja que se había perdido
(véase Lucas 15:3–6). Puede que lleguemos
a perder a algunos de nuestros miembros
solteros si no les tendemos una mano.
El buscar a personas que necesitan nuestra
ayuda supone diferentes alternativas.
¿Qué podemos hacer individualmente para
tender una mano a las personas solteras?
Una forma de hacerlo es esforzarnos por
ser más inclusivos. Cuando veamos a alguien
que esté sentado solo en una reunión de
la Iglesia, podemos sentarnos a su lado
o invitarle a sentarse con nosotros. Cualquiera
puede ofrecer su amistad. De hecho, a
todos nos vendría bien recordar el consejo
del presidente Hinckley concerniente a
los conversos y aplicarlo a las personas
que están solas: necesitan un amigo, un
llamamiento y ser nutridos por la buena
palabra de Dios. Creo que podríamos agregar
un punto más a esta lista: un buen maestro
orientador. Los maestros orientadores
diligentes pueden compartir sus mensajes
de tal modo que estén orientados a las
necesidades de los miembros solteros.
Además, pueden brindar amistad, aliento,
aceptación y, en lo que concierne a las
hermanas solteras, la oportunidad de recibir
bendiciones del sacerdocio.
Resulta fácil tildar a alguien de soltero
y no ser capaces de mirar más allá de
esa clasificación. Los solteros son personas
y desean que se les trate como a tales.
No todos ellos están solos porque les
guste. Seamos, como dijo el salmista:
“Padre de huérfanos” y recordemos que
“Dios hace habitar en familia a los desamparados”
(Salmos 68:5–6). Todos pertenecemos a
la familia de Dios y un día regresaremos
a Él, a las mansiones que tiene preparadas
para Sus hijos.
Cómo pueden ayudar los líderes
A continuación se presentan algunas pautas
para los líderes de la Iglesia: “El obispado
puede organizar uno o más grupos de miembros
solteros, que no tengan hijos en el hogar
ni vivan con los padres, para llevar a
cabo las noches de hogar” (4).
Y además: “Se debe ofrecer a los miembros
solteros actividades de estaca y de barrio
tales como charlas fogoneras, bailes,
participación en coros, seminarios de
preparación para el sacerdocio, seminarios
de preparación para el templo, visitas
al templo, actos culturales y deportes”
(5).
En las reuniones de liderazgo, los líderes
de la Iglesia deben reflexionar con regularidad
en las necesidades de los miembros solteros
y darles llamamientos y asignaciones de
importancia e incluirlos en las actividades.
Los líderes de los quórumes y de la Sociedad
de Socorro deben ser sensibles a las necesidades
de los miembros solteros, particularmente
cuando las lecciones traten temas como
el matrimonio y los hijos. A los miembros
solteros se les debe recordar y nutrir
espiritualmente.
Sean felices ahora mismo
El ser solteros no implica que deban posponer
la felicidad. El presidente Harold B.
Lee (1899–1973) dijo una vez: “La felicidad
no depende de lo que pase fuera de uno,
sino de lo que sucede en el interior.
Se mide por el ánimo con el que hacemos
frente a los problemas de la vida” (6).
Les recuerdo que hay muchas personas solteras
que brindan una fuerza muy necesaria a
sus familiares y demás personas mediante
el apoyo, la aceptación y el amor que
ofrecen a sus sobrinos, hermanos y otros
parientes. Así que, en cierto modo, las
personas solteras pueden participar, dentro
de lo que corresponde, en la crianza de
los niños; y al hacerlo, pueden llegar
a ejercer una gran influencia, ya que
muchas veces ellos pueden decir cosas
que los padres no pueden decirles a sus
propios hijos.
Por último, aconsejo a quienes sean solteros
que oren con frecuencia porque nuestro
Padre Celestial, que es el que mejor les
conoce, sabe de sus talentos y puntos
fuertes, así como de sus debilidades.
Él los ha puesto aquí en esta tierra en
esta época para que cultiven y refinen
esas cualidades, y les prometo que Él
les va a ayudar. Él conoce sus necesidades
y, con el tiempo, recibirán la bendición
de tener la compañía prometida. ■
NOTAS
1. “Una conversación con los mayores solteros”,
Liahona, noviembre de
1997, pág. 20.
2. Strengthening the Home, folleto, 1973,
pág. 8.
3. Conferencia para el sacerdocio de Melquisedec
de la AMM, junio de
1973; citado por James E. Faust en “Happiness
Is Having a Father
Who Cares”, Ensign, enero de 1974, pág.
23.
4. Manual de Instrucciones de la Iglesia,
Libro 1: Presidencias de estaca
y obispados, 2006, pág. 142.
5. Manual de Instrucciones de la Iglesia,
Libro 1, pág. 142.
6. “A Sure Trumpet Sound: Quotations from
President Lee”, Ensign, febrero
de 1974, pág. 78.
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