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El
Señor nos pide que seamos receptivas a Él sin retraernos
en nada. Nos dice: No te afanes ‘por tu propia vida’; procura
‘mi voluntad y el cumplimiento de mis mandamientos’ (Helamán
10:4).
La renovación del corazón resulta cuando hacemos y damos
todo lo que podemos y después entregamos nuestro corazón
y voluntad al Padre”
(Kathleen H. Hughes, ex primera consejera de la Presidencia
Gral. de la Sociedad de Socorro, Liahona, noviembre de 2004,
pág. 111). |
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Maestras
Visitantes |
Mensaje
Diciembre 2007
| Por medio de la oración,
lea este mensaje y seleccione los
pasajes de las Escrituras y las enseñanzas
que satisfagan las necesidades de
las hermanas a las que visite. Comparta
sus experiencias y su testimonio e
invite a las hermanas a las que enseñe
a hacer lo mismo. |
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| Convirtámonos en un instrumento
en las manos de Dios al ejercer la caridad |
¿Qué
es la caridad?
Presidente Howard W.
Hunter (1907–1995):
“‘Un mandamiento nuevo os doy’, dijo [el Salvador]…
‘Que os améis unos a otros… En esto conocerán
todos que sois mis discípulos, si tuviereis
amor los unos con los otros’ (Juan 13:34–35).
A este amor que debemos tener hacia todos
nuestros
hermanos y hermanas de la familia humana,
y al que Cristo tiene por cada uno de nosotros,
se le llama caridad o ‘el amor puro de Cristo’
(Moroni 7:47). Es el amor que motivó el sufrimiento
y el sacrificio de la expiación de Cristo.
Es la cumbre más
alta a la que puede llegar el alma humana
y la expresión más sublime del corazón humano…
“El Salvador nos ha mandado que nos amemos
unos a otros como Él nos ha amado, que nos
vistamos ‘con el vínculo de la caridad’ (D.
y C. 88:125), como Él lo hizo. Se nos exhorta
a purificar nuestros sentimientos, a cambiar
nuestro corazón, a
hacer que nuestras acciones y nuestra apariencia
externas concuerden con aquello
que
afirmamos creer…
“Aquellos que están llenos del amor de Cristo
no procuran obligar a los demás a que sean
mejores; los inspiran a ser mejores; los inspiran
a buscar a Dios. Debemos extender la mano
de la amistad; debemos ser más misericordiosos,
más tiernos, más tolerantes
y tardos para la ira…” (Véase “Un camino más
excelente”, Liahona, julio de 1992, págs.
68–69). |
| ¿Cómo
me ayuda la caridad a ser un instrumento
en las manos de Dios?
Éter 12:28:
“…la fe, la esperanza y la caridad conducen
a mí, la fuente de toda rectitud”.
Élder Joseph B. Wirthlin, del Quórum
de los Doce Apóstoles:
“…una vez que vemos con el ojo de la fe
que somos hijos de un amoroso Padre que
nos ha dado el don de Su Hijo para redimirnos,
experimentamos un gran cambio en nuestro
corazón; sentimos el deseo de ‘…cantar la
canción del amor que redime…’ [Alma 5:26],
y nuestro corazón desborda de caridad. Al
saber que
el
amor de Dios ‘…es más deseable que todas
las cosas… y el de mayor gozo para el alma’
[1 Nefi 11:22–23], deseamos compartir con
los demás nuestra dicha; deseamos servirles
y bendecirles” (“El cultivar atributos divinos”,
Liahona, enero de 1999, págs. 30–31).
Anne C. Pingree, ex Segunda Consejera
de la Presidencia General de la Sociedad
de Socorro:
“Podemos alterar la faz de la tierra una
familia y un hogar a la vez, mediante la
caridad, nuestros actos pequeños y sencillos
de amor puro.
“La caridad, el amor puro del Salvador,
es ‘la clase de amor más sublime, noble
y fuerte’, y el cual pedimos al Padre con
toda la energía de nuestros corazones que
podamos poseer. El élder Dallin H. Oaks
nos enseña que la caridad ‘no es un acto
sino una condición o estado del ser [en
el que uno se convierte]’. Nuestras ofrendas
diarias de caridad están ‘[escritas] no
con tinta, sino con el Espíritu del Dios
vivo… en [las] tablas de carne [de nuestros
corazones]’.
Poco a poco, nuestros actos caritativos
cambian nuestra naturaleza, definen nuestro
carácter y, al final, nos convierten en
mujeres que tienen el valor y la dedicación
para decir al Señor: ‘Heme aquí, envíame’
(“Caridad: Una familia y un hogar a la vez”,
Liahona, noviembre de 2002, págs. 108–109).
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